Las comunicaciones, calan hondamente en la cotidianidad de nuestras vidas, crean nuevos espacios de sociabilidad en los que la virtualidad de nuestros actos y pensamientos se publicitan de la manera más efímera. La calle, la esquina, el club, la visita, el llamado telefónico y los encuentros fortuitos son reemplazados por opciones variopintas de expresión que interponen sistemas preformativos del esquema comunicacional.

El hombre en su absoluta capacidad creadora, ha agregado, a su miope existencia, un nuevo tiempo. Al presente, pasado y futuro, se incorpora un querer ser. Un tiempo y espacio que depende de nuestro accionar; pudiendo desaparecer materialmente, sin que nuestra existencia se vea afectada.

Hemos escuchado que el hombre vive en un “siempre presente”, inacabable, desde donde interactúa con el pasado y el porvenir. La acción del hombre rompe la tensión existente entre el pasado y el  futuro sin alterar la imagen que tenemos acerca del tiempo; ironía del pensamiento humano al momento que constatamos la forma en que exponemos nuestro accionar a la multiplicidad de opciones que proponen los medios para nuestro desarrollo espacio-temporal.

Pensar en las redes sociales como ese tiempo y ese espacio en el que, fuera de la frivolidad inherente al esparcimiento, exteriorizamos lo que pensamos, opinamos y creemos acerca de una variedad de cuestiones que van desde el gusto musical, literario, periodístico y político, hasta la exhibición de nuestros sentimientos y funciones corporales es, por lo menos, intrigante.

Redes sociales, como Facebook y Twitter,  interpelan al usuario con preguntas tales como: ¿Qué estás pensando? o ¿Qué pasa? Es decir algo que inevitablemente lleva a la reflexión, se mediatiza en la instantaneidad del comentario (limitado, claro está, por una cantidad de caracteres). Alguien, con cierta razón, podría contestar… ¿qué te importa?, o reaccionar, encolerizadamente, ante la inquietante cita de una canción romántica, que no hace más que dar cuenta de la poca originalidad de quien la utiliza, y responder, amigo/a o seguidor/a, … ¡dejá de dar vueltas y habla por vos mismo!. Tu situación, seguramente, dista de la idealización con la que los acordes musicales convierten las relaciones personales en algo verosímil.

Claramente,  en un mundo en el que la información es un elemento vital (consumiendo, progresivamente, una mayor cantidad de ella), éste tipo de medios facilitan la interacción. Lo que se simplifica en la instantaneidad del “nick”, estado, mensaje o comentario tiene, tras de sí, una complejidad que oscurece ese curioso acto del pensar. Decimos pensar en un sentido amplio,  debido a que no siempre se expresa un razonamiento o una reflexión que sea digna de llevar ese nombre.  Las inquietudes en torno a obviedades como “Yo nunca vi a mi profesor de gimnasia correr” o “Andate a la re puta madre no es un insulto, es una recomendación turística” son resultado del ingenio puesto al servicio de la distracción. Sutilezas con las cuales interpretamos nuestro cotidiano.

Ahora bien, parecería ser que este tipo de interacción se basa en la premisa implícita, aceptada por todos, que lo que allí se expresa constituye una realidad ficcionada, un recorte de nuestras propias vidas, una carta abierta en donde el lector puede expedirse sobre lo expuesto. Un lacónico “me gusta”  forma parte de un andamiaje acerca de la relevancia de lo dicho, o contado, y anima a proseguir en dicha línea a quien lo recibe.  ¡Seamos honestos!… Qué sentido tendría,  si no es el de la aceptación, exponer cuestiones personales como: fulanita “está soltera”, menganito “tiene un relación”. Lo impersonal de dichas frases, y aún el desconocimiento de muchos de los contactos, lleva a que todo se resuma en un chusmerío tan sofisticado que despertaría celos en las señoras que pasilleaban los conventillos del siglo pasado.

Hoy la virtualidad, de la cual no renegamos, propone una dinámica que se condice con la aceleración de los tiempos cuyo presente entra en contradicción con el pasado y el futuro, quebrando la concepción temporal del movimiento rectilíneo uniforme.

La vida se ha mediatizado o se ejerce de una forma diferente en la era de las comunicaciones. Allí radica la cuestión. A simple vista la consecuencia más visible es, sin duda, una nueva concepción del tiempo. La necesidad de estar conectados, de extender nuestras actividades, responder a nuestra vida afectiva, entre otro orden de cosas, ha ocasionado que depositemos la pausa, el encuentro, la organización de nuestras tareas y vivencias en los medios que, sólo con un  movimiento, permiten a las personas  integrarse en un espacio temporal cuya materialidad está dada por el espacio virtual que nos pertenece.

Juan Gerardi – De la redacción

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