Desde sus comienzos, lo que conocemos como “Rock Nacional” se vio a sí mismo como una expresión cultural que venía a cuestionar el sistema existente. Para construir su propia identidad, el Rock fijaba su mirada en ese otro al que venía a cuestionar: la realidad, “el sistema”. A partir de una nueva estética, un sonido particular y, fundamentalmente, singulares letras, este movimiento artístico se edificaba a partir de señalar claramente a su “enemigo”, quien no le permitía expresarse plenamente en los otros órdenes de la vida. Sólo le quedaba, así, la música: el medio para enfatizar su inconformismo con lo que lo rodeaba.

Es casi un consenso general establecer a la década del ’60 como el período de inicio de lo que se conoce como Rock Nacional. A partir del surgimiento del grupo “Los Gatos” se habrían dado los primeros pasos en la conformación de lo que después sería el rock argentino (no es menor la iniciativa de comenzar a cantar temas en castellano). En efecto, en una década plagada de conflictos sociales y políticos, los sectores jóvenes buscaban distintos espacios para expresarse libremente. La dictadura de Onganía, con su política cultural represiva, se constituía en ese enemigo a derrotar. El rock nace en ella y contra ella. Se cantaba por cambiar una realidad opresiva y llena de ataduras.

“Ayer nomás, en el colegio me enseñaron, que este país, es grande y tiene libertad, hoy desperté, y vi mi cama y vi mi cuarto, en este mes no tuve mucho que comer” (Lito Nebbia, Ayer Nomás, 1966).

El tiempo pasó y otra dictadura también. Durante la etapa más oscura de nuestra historia, el Rock Nacional se mantuvo casi en silencio (quizás aquí el atenuante lo representa la “movida under”, donde surgían inicialmente bandas como Los Violadores o Sumo). A partir de los ’80 renacería con más fuerza el movimiento, que encontraba un mayor espacio en ese renacer cultural que fue el regreso de la democracia. A partir de aquí se cantará contra ese pasado reciente, lleno de miedos y silencios y que constantemente amenazaba con volver.

“Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire, los que están en la calle pueden desaparecer en la calle, los amigos del barrio pueden desaparecer, pero los dinosaurios van a desaparecer” (Charly García, Los dinosaurios, 1983).

Con la década del ’90 un cambio profundo se dio en la Argentina. El peso de las políticas neo-liberales implementadas por el menemismo transformó la realidad nacional y el Rock “criollo” cambió también con ellas. Este fue el tiempo del estallido de nuevas bandas, de los recitales masivos en estadios de fútbol, de los megafestivales. En esta “entrada al primer mundo”, el rock local tenía algo para decir también. La otra cara del modelo era lo que el rock veía cuando otros preferían disfrutar de las virtudes del 1 a 1.

“Voy a la cocina luego al comedor, veo la revista y el televisor, me muevo para aquí me muevo para allá, Norma Plá a Cavallo lo tiene que matar, que me vienen con chorizo pero ya va a llegar, que cocinen a la madre del Cavallo y al papá, o a los hijos si es que tiene, o a su amigo el presidente” (Las manos de Filippi, Sr. Cobranza, 1998).

Así llegamos a la década presente (cabe pensar si este quiebre puede pensarse desde un aspecto político -2001-, o desde lo artístico-social -Cromagnon 2004). Las grandes bandas de los ’90, muchas de ellas ya extinguidas, parecieran haber perdido aquel empuje de tan sólo unos años atrás. Un importante número de pequeñas bandas, nacidas a la sombra de aquellas, se disputan un lugar que ninguna parece ocupar definitivamente. Pero tampoco pareciera existir ese enemigo visible de otras épocas. O al menos en sus letras no aparece tan claramente como antes. La banda más emblemática de la época (para bien y para mal) nos ofrece una pequeña muestra, donde la realidad se presenta como abrumadora, sin posibilidad de escapatoria, sin un futuro promisorio a la vista.

“Menos horas en la vida, más respuestas a una causa perdida: de porqué los sentimientos, vuelven con el día, sólo como un pájaro que vuela en la noche, (libre de vos… pero no de mi), vacío, como el sueño de una gorra, lleno de nada, sin saber donde ir” (Callejeros, Una nueva noche fría, 2003).

Martín Tamargo y Joaquín Marcos – De la redacción

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