“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.”
Groucho Marx

De algún tiempo a esta parte la política argentina está sumida en una marcada polarización entre el partido (“movimiento”) en el gobierno y los grupos opositores. El pulso está marcado por una flexible compulsa dicotómica entre un indefinido “kirchnerismo” y un aún más indefinido arco opositor. Entre ellos se endilgan las más variadas finalidades ideológicas, conductas corruptas e intereses inconfesables, pocas veces trascendiendo la mera difamación o los intercambios de improperios. El concurrido puente que une a ambos sectores está siempre nutrido por una variada gama de dirigentes, desertores o convertidos, que pasan sin demasiado esfuerzo de un grupo a otro en función de ciertas diferencias que repentinamente se vuelven “insalvables”. Esto no provoca más que una fugaz alteración ante las repercusiones del pasaje de bando, y así sus secuelas se disuelven con la misma premura con la que los dirigentes deciden sus nuevos posicionamientos.

La construcción de un relato de intransigencia y combate franco entre ambas catervas por el futuro del país resulta en ese marco verdaderamente risible. La grandilocuencia con la que se alude al “proyecto” o al “modelo” se da de fustes con las acomodaticias y mezquinas conductas de muchos de los dirigentes políticos que riñen en la esfera pública. La volatilidad de sus actitudes y de sus opiniones sobre ellos mismos, sus compañeros de ruta, sus contrincantes o sus aliados remarca la contradicción que existe entre el cuadro que se quiere reflejar y la evidencia de sus acciones inconexas. Esta disputa no presupone, desde mi perspectiva, una sociedad civil expectante y victimizada sino, muy por el contrario, una, tan responsable, titubeante, histérica y esquizofrénica como sus dirigentes más visibles. Observamos esto para no recaer en las viejas consignas de desentendimiento civil con respecto al devenir crítico de la realidad social, política y económica.

Parece innecesario hacer un racconto de los dirigentes que se alinearon en uno u otro bando; sin mayor esfuerzo nos aparecen los nombres de Felipe Solá, Mario Das Neves, Eduardo Lorenzo, Ariel Basteiro, sin antes pasar por el polémico ministro Aníbal Fernández (auto-definido como “duhaldista portador sano”) o el ya ridículo caso de la “ex – todo” Patricia Bullrich. En ese panorama fluido y flexible de la política argentina parece difícil a priori detectar diferencias tales que ameriten el grado de obcecada beligerancia que se exhibe cotidianamente, aunque, sin embargo, esta compulsa adquiere cada vez más adherentes y fanáticos nuevos. Son justamente estos recién llegados adherentes los que se ven obligados a defender con uñas y dientes su nueva pertenencia.

La repentina y súbita conversión es sucedida por una militancia beligerante que desconoce su propio pasado inmediato. El fervor de los conversos hace de la política un terreno indescifrable y vehemente; las acusaciones cruzadas se asemejarían a un paso de comedia si no fuera porque se arguye la existencia de un “modelo” que no puede ser cuestionado. La adhesión a tamaña causa permite sin más desatender las conductas de  los propios compañeros de ruta, con frases como “con los buenos no basta” o creencias tales como “nuestros enemigos nos hacen buenos” creen poder fundamentar todo. Lo curioso es que el pasaje de cuadros de un lado a otro y la lavilidad de las fronteras partidarias e ideológicas no promueven un cuadro pluralista sino que, muy por el contrario, desatan pujas estériles y luchas cuya bajeza y elementalidad las asemeja a los intercambios de  cánticos en las  canchas de fútbol.

Así viejos militantes de izquierda no dudan en asumir que han reencontrado su esencia junto al Frente Para la Victoria, a pesar de tener que compartir la “filiación” con personajes a los que otrora repudiaban y apoyar prácticas que consideraban poco más que criminales. Otros no dudan en reagruparse con cualquier dirigente o expresión política en tanto posea la condición y las credenciales de opositor, sin que esto parezca alterar su fisonomía política. Unos y otros se muestran selectivos para destacar sus virtudes y defectos políticos, pero prefieren ensalzar los aciertos con fervor y relativizar los yerros con decoro. Esta cómoda operación facilita la pertenencia a cualquier colectivo con la garantía primera de poder abandonar el barco cuando este parezca naufragar. El fervor de los conversos limita las visiones críticas o las adhesiones parciales, genera una disputa insoluble y efímera. Los fanáticos de hoy podrán serlo de otros mañana. Parafraseando al genio de Groucho Marx: si no gusta su ideología tienen muchas otras que mostrar.

Fernando Manuel Suárez – De la redacción

Anuncios