A veces uno cae muy profundo, las palabras no salen, maldice a la creatividad. Eso le recuerda “algo”, señal que las cosas se encuentran entrelazadas, para asombro de muy pocos, o de muchos. ¿Vasos comunicantes? ¿Espacios comunes? ¿Qué tiene que ver Cortázar con Shakespeare? ¿Hemingway con Aristóteles? A priori muy poco, o simplemente nada. Es uno quien crea los paralelos, las relaciones. A veces éstas vienen inducidas por los autores y los llamamos intertextos. Aunque muchas otras somos nosotros quienes damos forma a esas vinculaciones. Walsh podría ser así un cultor del paradigma indiciario, junto a Ginzburg, Holmes y Watson. Orwell y Bradbury historiadores del siglo XX, de una sociedad sin libros regida por el Big Brother. (1)

¿Hacia dónde vamos con esta sección? Se lo podríamos preguntar a tantos otros que no sabían cómo comenzar… ¿Por qué “nota al pie”? Homenaje a Walsh, probablemente. Evocación de los innumerables pies de página que se van comiendo poco a poco nuestras anotaciones, seguramente. ¿Por qué hay que aclarar todo? alt + i + f + l+ i. Ni hablar de los conceptos poco entendibles y la necesidad de definirlo todo; tal cosa quiere decir tal cosa y así. (2)

Literatura, historia, dactilografía… Original y copia. La obsesión por lo nuevo, por lo original. Salir de lo conocido, instaurar la novedad. Sí. Pero también hablar con los muertos, traerlos acá. Tratar de entenderlos, interpretarlos. Darles voz. Traducirlos. Porque siempre hay un muerto que habla. Que pide ser escuchado. Que quiere dar su testimonio.

Antes o después: entender al traductor. Entenderse. Conocer el rol, sus implicancias, riesgos y deberes. Leer no sólo a los escritores anteriores, sino también a sus traductores. Y así, uno cae en la locura, pretende escribir, tira hojas al tacho, borradores, palabras sin sentido. Ni hablar del peor mal, la hoja en blanco y comenzar de cero. (3)

Lo mismo nos pasó ahora, al escribir estas líneas. (4)

Joaquín Correa y Benjamín Rodríguez – De la redacción

(1) Aquí comienza la “tiranía de las relaciones”, el explicar una cosa por la otra, donde se pierde la originalidad y se cae en la “cita sin comillas”, todo aparece como dado y no nos queda otra cosa que el arte de la traducción, explicar con otras palabras lo antes dicho por alguien.
(2) Círculo vicioso, probablemente. Traducir era asunto distinto que conocer dos idiomas: un tercer dominio, una instancia nueva. Y después el secreto más duro de todos, la verdadera cifra del arte: borrar su personalidad, pasar inadvertido, escribir como otro y que nadie lo note. Comprar una Remington 1954, de las mejores de ese entonces.
(3) Desearía que usted se quedara con el Appleton. Es una edición algo vieja, y está bastante manoseada, pero no tengo otra cosa con que testimoniar mis sentimientos hacia usted. Se traba una singular intimidad con los objetos de uso cotidiano. Creo que últimamente lo conocía casi de memoria, aunque no por eso dejaba de consultarlo, sabiendo en cada caso lo que iba a encontrar, y las palabras que de antemano es inútil buscar. Tal vez usted sonría si le confío que, literalmente, yo hablaba con Mr. Appleton. ¿Cómico, verdad? Uno llegaba a saber cómo se dice una cosa en dos idiomas, y aun de distintos modos en cada idioma, pero no sabía qué era la cosa.
(4) -No se asuste- dijo tendiéndome la pila de carillas nuevamente ordenadas-. Ahí tiene una mesa. Estudie las correcciones. Eran casi todas justas, algunas indiferentes, unas pocas me hubiera gustado discutirlas.  Con un golpe de sangre en la cara, aprendí que actual no quiere decir, actual, sino verdadero. (Sorry Mr. Appleton) Pero lo que me llenó de bochorno fue la implacable tachadura del medio centenar de notas al pie con que mi ansiedad había acribillado el texto. Ahí renuncié  para siempre a ese recurso abominable. Todo dicho, usted vio en mí posibilidades que nadie habría adivinado. Por eso acaté sin resentimiento aquella admonición final que, en otras circunstancias, me habría hecho llorar: -Tiene que trabajar más.
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