Tras deleitarnos con una interesante conferencia sobre San Martín y el mito del héroe en la UNMdP, el prestigioso novelista y profesor Martín Kohan nos brindó una entrevista. Una vez instalados en un restaurant céntrico de la ciudad le propusimos dialogar sobre la relación entre literatura y memoria histórica, y otros tópicos allegados. Como era de esperar sus respuestas y comentarios resultaron esclarecedores y estimulantes para seguir nutriendo este sinuoso diálogo, a veces apático, entre Historia y Literatura. Diálogo que desde el grupo Salieris decidimos con humildad alentar y que nuestro invitado, con más herramientas y talento, estuvo dispuesto a compartir.

¿Cuál es para vos la relación entre la literatura y la conformación de una memoria histórica?

Creo que la incidencia que puede tener la literatura es siempre una incidencia o una relación muy indirecta y lenta. En algún sentido, su desventaja o su debilidad es también su potencia. La literatura renuncia a ciertas formas de eficacia inmediata para las que habría que pagar el precio del efectismo o de la sencillez. Me parece que justamente lo propio de la literatura, y lo que supone cierto trabajo con las formas, y una relación más indirecta -incluso en la literatura que se hace cargo de una realidad o que se hace cargo de una cuestión política- es el hecho de no procesarla con la inmediatez de otra clase de discurso – para el caso el discurso periodístico – dándole un tipo de incidencia verdaderamente diferenciada. Eso supone una debilidad; si uno lo mide en términos de una inmediatez empírica habría que pensar que la incidencia de la literatura es nula, o está tan cerca de cero que se la puede dar por nula. Básicamente porque en términos de alcance o eficacia social el mundo de los lectores “realmente existentes”, – si uno quiere pensarlos para la literatura argentina, incluso pensando en los libros que tienen éxito de público y por lo tanto un número más o menos amplio de lectores- sigue siendo una cifra cuantitativamente tan escasa que es difícil pensar que se esté constituyendo alguna clase de memoria histórica cuando los lectores “realmente existentes” son de un número tan reducido. Existe necesariamente un desfasaje entre lo que puede ser la experiencia de la lectura y la constitución de una memoria histórica. Pero con un poco más de optimismo, en un plazo más largo, y en una longitud de onda más larga, y también en tiempos más lentos la puede afectar. Yo creo que la literatura va ligada en ese sentido a la mediación, por lo tanto a los plazos más largos,  y también a la lentitud, y con otra clase de formas de sedimentación. Efectivamente la literatura toma formas de sentido, y toca zonas de la representación que por definición se escaparían de otros discursos – como por ejemplo el discurso de los medios – y remite a cierta clase de “verdad”, que no es la “verdad” que se captura inmediatamente, y que en última instancia, en algún lugar, eso queda. Hasta podría tratarse de una memoria que se constituye colectivamente sin remitir exactamente a una lectura, pero en la medida en que la literatura toca cierta clase de verdad que otros discursos no tocan – o no pueden tocar de la misma manera -: hay una zona de la memoria histórica que proviene de la literatura.

Recordando la pregunta de Sartre “¿Para qué sirve la literatura?” ¿Qué opinás acerca del compromiso de los intelectuales con la realidad que los rodea?

En realidad me parece que la utopía de todo “el arte de compromiso”, en Sartre de manera paradigmática, pero en cualquiera de los autores que están pensando en una intervención sobre la realidad inmediata – lo que para Sartre era la “situación contemporánea”-, efectivamente aparece como una utopía del “efecto inmediato”, es decir, afectar algo de manera inmediata. La utopía de Sartre, o de Bertol Brecht en el teatro, sería efectivamente generar una relación casi de causa y efecto, y cuanto más corta la línea que lleva de una causa a un efecto, mejor. Pero me parece que hay una idealización en algún punto, y a la vez, paradójicamente, una subestimación del modo que la literatura puede efectivamente operar, aún cuando se compromete, no estoy pensando en una renuncia a involucrarse con lo político ni una renuncia a involucrarse con lo social, pero creo que un involucramiento, o la palabra clave que es el compromiso, aún un compromiso con lo contemporáneo, se resuelve de manera excesivamente ilusoria si se piensa en una literatura que realmente pueda modificar el estado de cosas con el grado de inmediatez que la utopía del compromiso parecería ambicionar, lo que es verdaderamente afectar conductas o afectar responsabilidades con un grado de ductilidad para la que el arte es por definición refractario. Aunque creo que en esa impotencia está también su potencia, porque obviamente no puede tocar la realidad de manera tan inmediata, y si produce efectos no son efectos que se constaten de una manera tan próxima. Justamente tiene un tipo de alcance que otros discursos más coyunturales no van obtener […]

“En el momento en el que la literatura pasa a estar al servicio de una finalidad no sólo deja de lado la elaboración literaria sino que la descarta para insertarse como discurso de conciencia política directa. No sólo se debilita literariamente, políticamente también lo hace”.

Lo que se verificó, de un modo bastante evidente, es que todas las manifestaciones artísticas que se encaminan o encaminaron hacia lo que se puede denominar “literatura de mensaje”, aquellas que apuestan a la concientización desde lo directo, no sólo dieron resultados estéticos muy pobres, por el hecho de que ese tipo de concientización limita mucho las posibilidades estéticas, sino que además, se demostró ineficaz. En el momento en el que la literatura pasa a estar al servicio de una finalidad no sólo deja de lado la elaboración literaria, sino que la descarta para insertarse como discurso de conciencia política directa. No sólo se debilita literariamente, políticamente también lo hace.

Por otro lado, si uno lo quiere ver en términos de eficacia política en el “arte de compromiso”, es decir, en el modo en el que la realidad social entra en la literatura, en capas de mediación, en tanto que el arte no absorbe eso y lo modula, a través de sus propias formas, eso no va a tener entidad estética. Y luego, desde el arte hacia lo social, los tiempos son los tiempos lentos que afectan un discurso o una representación estética, que por ende afectan una conciencia, que no tiene nunca la relación automática que el compromiso parecería soñar. Lo cierto es que el arte más rudimentario, más directo, explícito, no resulta más eficaz.

Además, existe como una cierta simplificación  muchas veces en ese tipo de manifestaciones…

¡Tal cual! Se suele pagar el precio, de alguna manera, de la significación. En ese sentido, la manera en que Bertolt Brecht entendía el compromiso da cuenta de un universo más acabado de esa complejidad. Entender que los sectores populares no son “tontos”, que no hay que simplificarles el camino, que pueden entender. Es una confianza que también podría discutirse, pero por lo menos no cae en el facilismo, que es en definitiva la gran trampa del populismo. Esto es, en nombre de una reivindicación de lo popular, llevan a una subestimación por parte de los intelectuales hacia esos sectores que están pretendiendo reivindicar.

¿Y con respecto a la coyuntura política que estamos atravesando en la Argentina, qué opinión te merece el lugar que ocupan los intelectuales?

Si uno toma como referencia los últimos años o las últimas décadas de la política argentina, creo que la situación actual, a pesar de las objeciones que uno pueda tener hacia la figura de lo que se conoce como un “intelectual orgánico” por el hecho de que éste se subordine a un poder determinado, sólo tiene una cierta comparación con los primeros años del alfonsinismo. En este sentido, no hay un gobierno que haya requerido o contado con intelectuales porque la propia concepción de la política y su relación con la sociedad hacía de los intelectuales una figura completamente prescindente.

Pienso en la Presidenta de la Nación yendo a la inauguración de la Feria del Libro de Frankfurt. Que vaya y hable alguien de la política, que esté en condiciones de hablar de escritores de un modo tal que yo piense que puedo al menos debatir sobre eso. Me refiero a que no es Menem o De la Rúa leyendo un texto que se lo bajaron de Internet hace 2 horas […] Si bien uno podría entrar a discutir aquellos autores que mencionó la Presidenta, aquellos que, por otra parte, constituyen el “canon peronista”: Leopoldo Marechal o Discépolo […] Pero lo cierto es que ahí había una representante del poder político en condiciones de enumerar una tradición literaria, con la que eventualmente se puede discutir, pero que tiene entidad. Y eso es algo que hasta ahora, al menos en mi percepción, no había ocurrido.

Fernando Manuel Suárez, Joaquín Correa y Martín Tamargo – De la redacción

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