La sección paraavalanchas abre prontamente el espacio para la discusión. Una discusión cuya agenda ha sido marcada por un acontecimiento fortuito, pero no por ello menos determinante para la vida política nacional. Las discusiones en torno a la figura de Néstor Kirchner y el denominado kirchnerismo se acentuaron con su deceso, ganaron visibilidad sus simpatizantes y fervor sus detractores. Dada esta situación era lógico que las discusiones se orientaran a esos tópicos, y por ello nos gratifica el aporte realizado por un amigo de la casa como Juan Cassanelli. Desde una perspectiva muy crítica con respecto al kirchnerismo, Juan nos presenta una opinión sumamente punzante y estimulante para futuras intervenciones. (Fernando Manuel Suárez – Responsable de sección)

Podemos apreciar en estos días, luego de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, distintas representaciones sobre su figura, ya sea en intentos de  apropiación –de las más disímiles- o de rechazo, por parte de políticos, periodistas u opinólogos de diversa índole. De todas ellas, especialmente, hay una que llama singularmente la atención, en primer lugar, porque es con la que desde el gobierno y sus aparatos propagandísticos más se viene fustigando, y en segundo lugar –y lo que más importa- porque a través de dicha intencionalidad política percibimos cierto falseamiento de un interesante proceso de nuestra historia reciente como es el de la participación política genuina de muchísima gente y en particular del compromiso social de la juventud que volvió a involucrarse fuertemente en distintas actividades políticas a partir de la crisis desatada en 2001.

Así es que, en esta versión, se nos presenta la figura del ex presidente como la del “dirigente iluminado” que nos devolvió la política, el contenido ideológico, el debate sobre los temas centrales, la pasión, y en fin, la recuperación de la política para la sociedad. Por tanto en este esquema, Kirchner, en tanto hijo de la crisis social y política del 2001, sería el responsable de que los movimientos sociales, sindicatos y luchadores sociales volvieran a insertarse activamente en la vida política de la Argentina (ver especialmente  http://www.elciudadanoweb.com/?p=117970).

Creo, en primer lugar, que debemos al menos dudar de semejante caracterización por diversos motivos. En primer lugar, porque encubre un sentido de la política doblemente restringido y elitista. Ésta considera a los cambios como motores de una sociedad supeditada, sólo, a determinados individuos (en este caso la dirigencia política), y por otro, considera a la praxis política también en el marco de un espacio restringido como es el de la institucionalidad estatal y burocrática.

Ahora bien, vale la pena recordar brevemente algunos episodios de nuestra historia reciente, para evaluar el proceso que involucró a muchos sectores de nuestra sociedad nuevamente en la política.

El punto de inflexión obviamente fue el estallido social de 2001, donde el descrédito y la apatía frente a la política y los políticos, después de una devastadora década de neoliberalismo, fue mutando hacia un sentido creativo donde a través del acto de enunciación de la consigna “que se vayan todos, que estamos nosotros” los ciudadanos reafirmaban su soberanía política ocupando el espacio público y organizándose de forma horizontal y autónoma. Distintos espacios de organización se fueron poblando como las asambleas barriales, las asociaciones vecinales, los movimientos de trabajadores desocupados, los clubes de trueque, etc., siendo el denominador común el desarrollo de formas y experiencias novedosas en la escena política nacional. Lo cierto es que en estos espacios nadie había planificado, ni organizado nada. Ningún partido (a pesar de todos los que se lo endilgaron en sus momentos y hasta el día de hoy) o líder las había propuesto e impulsado: sólo el encuentro con el prójimo había actuado como motor de una sociedad fragmentada por el mercado y la corrupción de los ‘90. En cualquier caso, evaluando el gradual declive de muchos de estos espacios, su principal virtud fue plantear problemas y preguntas (Adamovsky). Tal replanteo profundo a las formas tradicionales de pensar la política hizo que cuando los mecanismos disciplinadores del estado volvieran a encauzarse en 2003, quienes se pusieran al frente del nuevo gobierno ya no podrían utilizar en su totalidad los mismos mecanismos; esto podemos verlo en el discurso de asunción de Kirchner en 2003, donde se anunciaba la constitución un frente político más amplio que se proponía superar el bipartidismo (UCR/PJ). Eran los tiempos en que se prohibía cantar la marcha peronista para no ofuscar a la clase media y a los nuevos aliados, pero también donde los sectores populares y el gobierno encontraron una alianza genuina mas allá de la retórica, con medidas acorde a estos sectores: entre ellas los juicios a los represores, la ruptura del consenso de Washington (culminando con el rechazo al ALCA en 2005), la democratización de la corte suprema, etc.

A fines de 2007 (ya con CFK como presidente) se produjo un cambio de rumbo –justificado discursivamente por la crisis económica que se avecinaba. Kirchner asumió la presidencia del Partido Justicialista, y se tomaron una serie de medidas conservadoras, como el veto a la ley de glaciares, la ley de emergencia económica, el proyecto de blanqueo de capitales y moratoria, entre otras. Ciertamente también a la par de otras medidas favorables como la asignación por hijos, la ley de medios y la ley de matrimonio igualitario. No obstante este cambio de rumbo también incluyó el retorno a los acuerdos con los viejos caciques del conurbano y hasta un acercamiento al ex carapintada Aldo Rico. Dichas medidas bastaron para el retiro de muchos de aquellos sectores populares que mencionamos anteriormente.

En fin, lo que nos interesa señalar, fundamentalmente, es que el kirchnerismo no favoreció la participación política, sino más bien que cercenó muchos de los espacios de participación que lo antecedían y arribó hacia un signo político conservador, antes que a una apertura política hacia la sociedad. Estas medidas –principalmente el retorno al PJ, pero también la firme alianza con la burocracia sindical (responsable del asesinato de un joven militante en estos días), el favoritismo hacia “el capitalismo de amigos”, etc.- fueron acompañadas discursivamente por una clausura de cualquier debate crítico; a través de ciertos enunciados como “la alternativa es mucho peor”, “se le hace el juego a la derecha”, etc., se nos presenta la política en términos binarios e impide cualquier posibilidad de critica necesaria para avanzar hacia una democracia directa donde la participación encuentre un camino como el iniciado en 2001.

Juan José Cassanelli – Columnista Invitado

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