Pensando que nada estaba hecho,

si aún quedaba algo por hacer.

Lucano. “Farsalia”. II. 667.

Una serie de eventos, ocurridos en las últimas semanas, y las conversaciones mantenidas con algunos de los que pululamos por ahí, viendo ¿qué pasa?, me dieron la pauta de lo que voy a considerar en esta oportunidad. El título, cuyo único mérito es señalar los elementos que originaron la temática de la nota, es también la forma en que surgen aquellas cosas sobre las que habitualmente pensamos, haciéndonos reír de nosotros mismos.

Sobrevoló, en mi cabeza, la imagen que asocia nuestras vidas a los ritos de paso. Vivimos constantemente, consiguiendo, modificando, transformando, pero también, perdiendo partes esenciales de lo que somos para adquirir otros status, formas e identidades. Las etapas terminadas, y aquellas que comienzan, nos permiten pensar en lo hecho y lo que queda por hacer. Posibilitan pensar en lo que somos, en lo que fuimos y en lo que seremos. Hoy, prefiero quedarme con esas instancias liminares, esos espacios fronterizos que hacen del camino realizado algo infinitamente más rico.

La finalización de una carrera, un nuevo trabajo, asumir compromisos, conquistar a una mujer, e incluso, formalizar una relación, ya sea en noviazgo o casamiento, implica pasar de una situación a otra, implica un rito de paso. Miles de preguntas nos asedian, aquellos más hipocondríacos piensan que el corazón se les acelera, el pulso aumenta y el sudor de su frente se derrama como el filo de un cuchillo cortando la tensión de un hilo. Preguntas como ¿Estoy preparado? ¿Esto terminará bien? ¿Lo lograré? ¿Qué hago acá?; o expresiones popularizadas recientemente, como por ejemplo ¡¡Qué mal la estoy pasando!! Son algunos de los interrogatorios, posibles, con los que el ser humano se indaga en busca de la respuesta laudatoria que termina por darse.

Los momentos previos, a cualquiera de los eventos mencionados, se viven como si fueran un gran parto, la vida en las instancias fronterizas es una sala de pediatría. Alegrías y sufrimientos, esperanzas e incertidumbres hacen de esos momentos una mezcla interesante en la que pocas veces nos detenemos, sólo esperamos que el hecho se consuma para regocijarnos en el resultado, sea éste bueno o malo.

En una graduación el espacio fronterizo estaría compuesto por el tiempo que media entre el último final y el reconocimiento social del nuevo status que se expresa en las maquinaciones bélicas puestas al servicio de la bienvenida. El tiempo brinda la posibilidad de conspirar sobre las formas y modos de lanzar sustancias de colores psicodélicos, cuya dudosa procedencia denota la añeja putrefacción obtenida en el tiempo que antecede al evento. (Siguiendo con la analogía del parto, dicha preparación podría asimilarse a la ropa del bebé que se espera)

El momento cúlmine llega con la salida al encuentro del público, que se amontona para celebrar la finalización, el reconocimiento de una etapa que cierra tras de sí un camino emprendido hace tiempo. No muchos dejarán de pensar nuevamente ¿Qué hago acá? y ¿Por qué tanta venganza? Seguramente, allí se notan las relaciones que se hicieron, los momentos compartidos y los afectos ganados, identificables en el grado de improperios físicos planificados al efecto.

Y después, ¿qué importa del después? Si el presente inunda el momento con una mezcla difícil de descifrar, lo que al principio eran los elementos necesarios para una torta, la desinfección de un baño y los residuos del alcohol barato, son ahora un todo complejo.

Un hecho, la graduación de algunos compañeros de la carrera. Un tema, el estudio de los ritos de paso en las sociedades contemporáneas. Un texto, el fragmento de Lucano acerca de lo efímero de las realizaciones y la operatividad del quehacer. Tres elementos que me hicieron pensar en ese momento que antecede al cambio, que limita entre un estado y otro. Hoy es una graduación, mañana un nuevo trabajo y pasado, porqué no, un casamiento. La completud dura el instante en que se enuncia, reiniciando con ella el ciclo de cuestionamiento hacia otro estado. Siempre queda mucho por hacer, cuando aún algo nos falta.

Juan Gerardi – De la redacción

Anuncios