La famosa placa de Crónica TV alerta a los desprevenidos habitantes del país que estalló el verano. Al parecer, el calor que brota de la coyuntura del asfalto no ofrece, para dicha redacción,  la suficiente evidencia empírica para convertir en redundante su titular alarmista. El calor desnuda a los cuerpos ocultos, tras innumerables vestimentas, poniendo en evidencia lo disimulado durante el último invierno. Los efectos de las enormes cantidades de carbohidratos, glúcidos o sacáridos consumidos transformaron nuestra apariencia, sin que nuestra conciencia se haya percatado de ello.

Tomar la decisión de modificar la cuestión, sea que nos preocupemos por nuestra salud o apariencia, es casi tan difícil como tirarse de un avión, con el 50% de probabilidades de que no se abra el paracaídas. Ir al gimnasio, en la mayoría de los casos, se convierte en una expresión de deseo, una amenaza, realizada cuando nos damos cuenta de los excesos cometidos durante el último fin de semana. La nota de hoy se basa en el arduo trabajo de campo realizado en un gimnasio, recoge las apreciaciones de un enviado especial y considera algunos aspectos de éste circunstancial despertar de los cuerpos, ocasionado por el verano y la premura de asistir a la costa atlántica.

Los gimnasios, para los que no estamos familiarizados con ellos, son como una especie de tribu perdida en el medio de África. Las personas se comportan de una forma peculiar, se crean subgrupos alimentados por la crítica insidiosa, la hipocresía ronda las clases de salsa, rumba, reggaeton y latino (sí, leyó bien, latino, aunque nunca supimos qué es eso, incluye todo tipo de música que permita mover las caderas y quemar grasas en el intento, cuya gurú es Catherine Fulop).

Cabe aclarar que nos referimos a aquellos gimnasios de tipo comercial, incluidos bajo la rúbrica enunciativa de “gym”, y no a los espacios donde entrenan los profesionales del deporte. El día comienza muy temprano, los colores claros y brillantes predominan la decoración, publicidades de cartón a escala natural indican cómo deberíamos vernos, la música, en inglés, por supuesto, se asemeja a un compilado de clásicos de los años ‘60, ‘70 y ‘80 que se puede disfrutar en YouTube. Rápidamente, aparece un/a  instructor/a que nos guía por el entramado de máquinas que modelarán nuestro cuerpo o, al menos, eso es lo que te dicen. La combinación de música de los ‘80, la adrenalina que produce la bicicleta fija y la emoción que se siente al ver los sofisticados controles, que indican los kilómetros recorridos,  hacen que nos creamos un semental italiano que soporta lo que sea al ritmo de  “Eye of the Tigre” (tema de la película Rocky); lamentablemente a los 5 minutos caemos en la cuenta de nuestro deplorable estado, cuando nos quedamos sin aire y necesitamos un descanso. A nuestro alrededor escuchamos ruidos supra-humanos que ocasionan algunos interrogantes: ¿Lo estamos haciendo bien? ¿En qué estará pensando el tipo que bracea frente al espejo con dos mancuernas? Si está tratando de volar ¿no sería más fácil que lo haga sin el peso extra? ¡¡Vamos!! No podemos ser los únicos que pensamos que el tipo que está haciendo sentadillas con un palo sobre sus hombros, sacando cola, no se siente un payaso. ¡¡No muchachos!! Por mucho que la miremos y pensemos en ella, la instructora, sólo nos habla por la relación contractual que une al cliente con el establecimiento.  Incluso, si la dejamos, nos convencerá de asistir a sus clases de Pilates de las 22 hs.; argumentando que ya estamos mucho más flacos (aunque nuestra balanza diga lo contrario) y con un esfuerzo mayor tonificaríamos los músculos. Acaso  ¿Sólo importa nuestro dinero? ¿No somos sus clientes favoritos? ¿Será que tiene que llenar un cupo para que no le cierren el curso?

Las conversaciones permiten conocer el estado civil de las personas y sus objetivos en el gimnasio. Las divorciadas y solteras quieren estar presentables para el mercado de citas. Los hombres casados, fueron condenados por sus esposas, aunque disfrutan piratear con la mirada. Las señoras mayores fantasean con bailar por un sueño y hacer realidad sus anhelos de juventud. Los/as clientes habituales están en su propio mundo, esperando que el espejo les devuelva la imagen, mediáticamente creada, considerada ideal. En fin, llegó el verano, nos vemos igual, pero con menos plata.

Martín Bravo –Columnista invitado

Juan Gerardi – De la redacción

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