Una vez más la sección paraavalancha abre sus puertas a un invitado foráneo, y propicia el debate en términos lejanos a cualquier ideal ascético y neutral. Este interesante aporte de Ezequiel Molinari funciona como respuesta, aunque más no sea indirecta e implícita, a nuestro anterior artículo. Desde una perspectiva no carente de tomas de posición y afirmaciones controvertidas nos propone un ejercicio de comparación histórica que de seguro no se agotara con su breve intervención, y que trae aparejado una serie de discusiones en torno a la factibilidad de definir identidades políticas. Los invitamos a indagar en sus argumentos, discutirlos a través de comentarios y a sacar sus propias conclusiones. (Fernando Manuel Suárez, responsable de sección)

El peronismo no desaparecerá por sustitución,

sino mediante una superación dialéctica,

es decir, no negándoselo, sino intregrándolo…

John Willam Cooke

Si bien es muy pronto para saberlo, en las últimas semanas varios análisis de especialistas han brindado distintos argumentos en función de este interrogante, sobre el cual intentaré proponer una respuesta parcial, ya que es muy difícil debatir sobre experiencias que todavía están en curso.

Estas dos corrientes políticas argentinas, el peronismo y el kirchnerismo, han sido responsables de ofrecer respuestas a las demandas heterogéneas de la sociedad argentina. Las mismas fueron respondidas a través de la refundación y valorización del rol del Estado, el personalismo, la ampliación de derechos y un proyecto de integración latinoamericana. Los mecanismos de transferencia de las riquezas hacia las bases y la experiencia histórica propia de los sectores populares son los íconos políticos que caracterizaron, entre otras, a estas dos corrientes políticas.

El kirchnerismo, como fenómeno contemporáneo, forjó sus raíces sureñas en la nefasta década de los noventa que, luego de una Argentina S.A. y de su dictadura empresarial, supo ver el sol el 25 de mayo del 2003, consiguiendo su espacio luego de la implosión nacional producida en el 2001.

El todavía incipiente kirchnerismo, en las elecciones que le permitieron asumir la conducción nacional, donde accedió con menos votos que pobreza, apareció como el primer experimento político de la etapa democrática que incorporaba ciertos aspectos característicos del peronismo clásico. Los mismos darían lugar luego a la utilización y práctica de los tres pilares del movimiento (soberanía política, independencia económica y justicia social) para la ejecución de sus políticas, transpolando y aplicando estos tres conceptos rectores a una política popular, nacional en lo cultural y socialmente inclusiva, donde se puede apreciar claramente la no renuncia a la identidad peronista, dentro de un colectivo no exento de contradicciones. A pesar de sus marchas y contramarchas electorales, sus innumerables errores, corruptelas, turbiedades y conflictos con diversos sectores, el kirchnerismo ha encontrado apoyo de distintos sectores sociales y actores políticos.

Por ello podemos afirmar que se ha producido una apertura y ampliación notable en sus “seguidores”,  producto de logros concretos que propiciaron su identificación con el proyecto. Medidas tales como la política de Derechos Humanos, la reducción de la desocupación, la liquidación del infame negocio de las AFJP, la nueva Ley de Medios, el fin de la dependencia con el Fondo Monetario Internacional, fueron, entre otras, las que permitieron la incorporación y conformación de un bloque político y militante perteneciente a culturas políticas no peronistas. Los autodenominados progresistas brindan hoy su apoyo al gobierno, el cual ellos mismos reconocen y consideran nacional y popular.

Cabe señalar la fuerte importancia que el fenómeno 678 y sus estrategias de “confrontación permanente” como parte de estrategias telepolíticas. Sin duda ayudó a la construcción de este colectivo más amplio, dado que  permitió un acercamiento a distintos sectores de las clases medias, que encontraron un sentido de identificación con las políticas de orden nacional, ampliando considerablemente el panorama de los apoyos tradicionales que había tenido el peronismo.

Y si nos remitimos a los primeros dos gobiernos de Perón, los cuales podemos caracterizar, entre otras cosas, por la polarización de la sociedad argentina en peronistas – antiperonistas, cabecita negra – oligarquía, del pueblo y el anti- pueblo, encontramos que esa confrontación halla hoy, desde el kirchnerismo, una reedición que mantiene latente esa esencia.  Pero, a pesar de ello, desde una óptica más amplia, dado que el kirchnerismo permitió extender los limites del espectro político propio con la integración de otros sectores que no eran partícipes de la identidad peronista. Esto permitió a muchos sectores definirse como kirchneristas, aún cuando muchos integrantes de esta comunidad política no se reconocían plenamente en las políticas públicas llevadas adelante por el mayor movimiento de la Historia Argentina en sus primeras incursiones de gobierno.

Es por ello que se puede señalar que existe una superación parcial del peronismo, en cuanto a una integración más amplia. Si bien en contextos diferentes, el kirchnerismo ha permitido albergar dentro de sí un arco político amplio, con diversas identidades ideológicas y partidarias dentro del escenario político, pero participando todos en el apoyo a sus propuestas prácticas y haciéndose presentes en sus numerosas manifestaciones públicas.

Sin embargo, es importante señalar que dentro del actual movimiento peronista, el kirchnerismo representa solamente una fracción. No ha logrado, a pesar de los esfuerzos evidentes, la integración total del partido, lo que hace que las principales discrepancias y polémicas se den dentro del seno del movimiento entre los propios peronistas, generando un cuadro complejo de apoyos externos y divergencias dentro del núcleo.

Es por estas razones, paradójicas y complementarias, que entiendo que el peronismo no encontró un desplazamiento histórico por sustitución, es decir entender el kirchnerismo como “el peronismo”. Aunque sí se vislumbra algunos atisbos de superación, a partir de un fervor participativo desde su propio seno. El kirchnerismo ha vuelto nuevamente vigentes ciertas prácticas de la tradición populista propias de la receta peronista: reagrupando, armando y avanzando. Ha  logrado así la incorporación masiva de nuevos sectores, mediante relaciones fluidas con representantes de la amplia e indefinida ala “progresista” y de otros actores no provenientes del movimiento que aún hoy alzan las banderas de Evita y de Perón.

Ezequiel Molinari – Columnista invitado

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