Uno.

Un hombre mirando por la ventana. Está enyesado, de una pierna, en una silla de ruedas. Tiene escasa movilidad. Es un fotógrafo sumamente activo, ahora en la pasividad absoluta. Mirar, todos miran. Pero él hace de esto su pasatiempo, su divertimento, hasta que algo sucede. Pasa del voyeurismo de cualquier habitante de un departamento a la paranoia del que se enfrenta a algo extraordinario y tiene en la mesa de luz los relatos de Poe y Conan Doyle. Un policial clásico, o desactualizado, como dice su chica, Lisa Freemont.

Ahí ya está todo el relato: un hombre imposibilitado de grandes movimientos, mirando por su ventana aquello que hacen sus vecinos. Jeff es un artista: un pequeño dios, un narrador. Hace de los distintos mundos secretos y privados que observa, su mundo y de cada vida una ficción ordenada y coherente. Juega, se apropia de esas historias, para sí, para darles un sentido. Le cuenta a Stella, la enfermera de la A.R.T., los diferentes acontecimientos de estas vidas para, de algún modo, construirse la suya: esos fragmentos que logra observar son las distintas posibilidades de su vida futura.

Es un fotógrafo y, al igual que un detective, su tarea es la de develar, revelar eso que ocurrió bajo las persianas del departamento de en frente. Blow-up.

Dos.

Desde el contrafrente va seccionando esas secuencias cotidianas. Una le llama más la atención: primero por ver ahí su posible futuro de hombre casado que llega cansado de trabajar y se encuentra con los reproches de su mujer, después por el hastío y sus consecuencias. (Si hubiese tenido como vecino a Barreda, se hacía un festín). De repente, todo se vuelve misterioso, y él intenta darle una causalidad a los hechos. Él no ve todo, no puede verlo. El espectador tampoco (salvo en un momento, cuando se queda dormido): parece posicionarse detrás de él, como en un complejo juego óptico, de cajas chinas.

Tres.

Al principio nadie cree en lo que cuenta. Lo contradicen, plantean otras hipótesis. No hay verdad, hay ventanas. Y asuntos detrás de las persianas.

Cuatro.

El punto de vista crea el objeto: sin él ahí no habría vidas, sin él ahí, mirando, siendo testigo, no habría crimen. Porque el crimen necesita de alguien que lo corrobore -un cómplice, un testigo- para materializarse más allá de la conciencia de su hacedor. Alguien que le dé sentido y pueda responder a la pregunta “¿por qué alguien mataría a su mujer con las ventanas abiertas?”. Alguien que en el preciso instante en que deja el anonimato para convertirse en testigo pierde su pasividad cotidiana y deviene en protagonista de un suceso que puede aparecer en los periódicos, un suceso extraordinario en letras de molde. Es precisamente ahí donde su mirada es la narración: al estar el relato incompleto, al estar impedida, recortada la mirada, debe poner a funcionar el complejo sistema paroico del hombre: el engaño, la sospecha, el crimen.

Joaquín Correa – De la redacción

N. del E.: “Rear window” (conocida como “La ventana indiscreta” en español) fue dirigida por Alfred Hitchcock y protagonizada por James Stewart y Grace Kelly.
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