Mansiones antiguas, castillos olvidados, riquezas disminuidas por el paso del tiempo, prestigios eternos, habitaciones silenciosas de enormes dimensiones y jardines imponentes parecen componer el escenario donde transcurren las historias del escritor húngaro Sándor Márai. La reciente lectura de dos de sus novelas (“El último encuentro” y “La herencia de Eszter”) me ha llevado a reflexionar respecto a algunas cuestiones de su prosa y de sus tópicos principales.

Sándor Márai nació con el comienzo del siglo pasado en la ciudad de Kassa, en ese momento perteneciente al Imperio Austro-Húngaro (hoy en las fronteras de Eslovaquia). El derrotero del autor no es menos interesante que su obra: se declaró antifascista, escribió artículos contra el nazismo y con la ocupación soviética de Hungría emigró, radicándose finalmente en Estados Unidos, en paralelo a la prohibición de sus textos en su tierra natal. Con la caída del Muro sus trabajos empezaron a ser recuperados y muchas de sus obras traducidas a varios idiomas. Nos remite a su patria evocando cierto esplendor imperial que las guerras dejaron atrás y que muestra como añejado, en pequeñas piezas de anticuario; de igual manera lo hace con aquellas viejas familias “aristocráticas” del Imperio que se ven reacomodadas con el fin del tiempo de la monarquía y la llegada de nuevos aires frente a los ritmos que ella implantaba.

Estas dos novelas tratan básicamente de encuentros, sí, de últimos encuentros que no son fruto de una rutina establecida, al contrario, la rompen como piedra arrojada sobre la quietud de un estanque. Los años han pasado y sus personajes viven una tranquilidad aparente que se verá cortada por la llegada, en ambas novelas, de visitas largamente esperadas. Cuentas pendientes, de eso se trata, y también de decisiones tomadas en el pasado, de sentimientos que se han quedado inmóviles en el tiempo, como portarretratos de aquellos años felices.

En “El último encuentro” el general espera la llegada de Kónrad, tras largos años sin verse, compañero de la academia militar del Imperio Austro –húngaro. Algo los separó en el pasado y los distancia en el presente: decisiones, diferencias sociales y el amor de una mujer hicieron (hacen) que el encuentro se vuelva necesario. No hay forma de remediar las cosas, pero la conversación se torna precisa. “La herencia de Eszter” transcurre por senderos similares: Lajos ha estado siempre enamorado de Eszter, pero ésta a pesar de sentir lo mismo, no lo acepta y Lajos termina contrayendo matrimonio con Vilma, hermana de la protagonista. El tiempo ha transcurrido, Vilma ha muerto, y Lajos retorna a la casa de Eszter a tener una última conversación sobre lo que pasó y lo que vendrá. Ambas historias transcurren en un día, de allí la importancia que cobra el mundo psicológico de los personajes: sus reflexiones, sentimientos y pensamientos que Márai hace nuestros.

La similitud de ambas historias da señas claras de las preocupaciones del autor. El paso del tiempo obliga a esos personajes a aprender a (con)vivir con ese conflicto del pasado y, a pesar de todo, proseguir. Es que algunas decisiones no tienen vuelta atrás, sobre todo si las hojas del almanaque se han caído una tras otra. Convivir con ese instante toda una vida, dada la inevitabilidad de volver el tiempo atrás o viajar en él para corregir ese error, es sin duda el desvelo del autor en ambas novelas. Sándor Márai demuestra una ductilidad magistral para abordar estos temas. Lo dicho y lo no dicho son parte central de la prosa del escritor. Los personajes callan cuestiones, las arrastran con los años y sólo algunas de ellas salen a la luz, para compartirlas con el lector. Márai no nos dice todo, sus personajes tampoco, y allí radica la atracción que ambas novelas generan. Mucho menos hay un “vivieron felices para siempre”; llegado el caso un “vivieron para siempre” demostrando que las preocupaciones del autor pasan por la búsqueda de la verdad y no tanto de la felicidad. En palabras de Márai: “Uno siempre conoce la verdad, la otra verdad, la verdad oculta tras las apariencias, tras las máscaras, tras las distintas situaciones que nos presenta la vida”.

El destino se torna inevitable. Eszter y el general lo saben, con los años a cuestas han comprendido esa verdad intrínseca y la han asumido. Márai también llegó a percibirlo. Alejado de su Hungría natal, se quitó la vida pocos meses antes de la caída del muro, desolado por el paso del tiempo y víctima de esa fortuna ineluctable. Como Márai llegó alguna vez a decir: “uno acepta el mundo, poco a poco, y muere”.  Es que, también en palabras suyas, ahora nuestras, “uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes”. Como Eszter, como el general.

Benjamín M. Rodríguez – De la redacción

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