Hay una película, que además de entretenida, me resulta estimulante. La utilizo como herramienta didáctica en la escuela. Contiene el suspenso y el ritmo propio de cualquier película norteamericana, que desgraciadamente tenemos tan incorporados. Digo desgraciadamente porque ustedes ya saben en qué consiste esa desgracia; relegar a sólo una semana de taquilla excelentes películas. Pero el caso de “V de Vendetta” es distinto. Tuvo cierto (no voy a sobredimensionarla tampoco) impacto ideológico, que en el último mes se confirmó con la banda de hackers que apoyaron a Julian Assange. Pero la película de los hermanos Wachowski expresa algunos fenómenos interesantes de la actual cultura política norteamericana, además de ser una, yo diría, casi predictiva hipótesis apocalíptica.

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George Lucas forma parte del bagaje cultural que portan un par de generaciones. Como director, guionista o productor, sus obras son parte fundamental de la cultura popular del mundo occidental (y más allá). En mi caso particular, “Indiana Jones” casi me convierte en arqueólogo (tiempo después me di cuenta de que el trabajo de arqueólogo es mucho más aburrido). Habré mirado incontables veces la saga de “Star Wars”; no una o dos, sino, precisamente, incontables veces.

La primera saga de “Star Wars” cuenta la historia de un joven guerrero enfrentándose a su padre en el medio de una guerra civil estelar que los tiene en bandos opuestos. Ciertos planetas se han rebelado y se enfrentan a un Imperio galáctico. Este sería el resultado de la degeneración de un tiempo dorado. La trama es sencilla y tiene formato de historieta. Lucas confesó que se había inspirado en “Flash Gordon”.

A fines de los ‘90, Lucas se aventuró en filmar la precuela de la saga original. Elaboró una historia más compleja, más “histórica” y levemente política, de la degeneración de la vieja República galáctica. En la nueva saga, este fue un proceso que tuvo como origen la guerra civil, y que se asemeja al que aconteciera en la Roma antigua. El canciller Palpatine, figura maligna, lado oscuro de “la Fuerza”, eximio Maquiavelo, emula a Octavio. El Imperio, forma degenerada de la política, es allí consecuencia de la guerra y la ambición personal – en el caso Romano, de la extensión territorial, principalmente-. Así, la película entreteje una trama tipo “cómic”: una narración donde el nudo se centra en el enfrentamiento entre el Bien (la orden Jedi, la República) y el Mal (los Sith, el Imperio), pero con un tono, como advertimos, sutilmente político. Lo ejemplifica un diálogo del joven Skywalker (futuro lugarteniente del Imperio): el conflicto político lo debe solucionar alguien sabio (como un “Dictator” romano).

El salto cualitativo lo expresa Lucas en la nueva serie televisiva “La guerra de los Clones”. Con trabajo de animación de una calidad asombrosa, la misma sucede entre la segunda y la tercera película de la precuela, durante la guerra civil. La Orden Jedi, generales de las tropas republicanas, debe enfrentarse a las tropas de la Confederación separatista, comandada por los Jedi malignos, los Sith. Pero lo que atrajo a miles (millones, me aventuro) de fanáticos (acción, aventura, efectos especiales, mera erudición), Lucas lo aprovechó para hacer política.

Desde el año 1991, y como tantos otros millonarios de Hollywood, Lucas tiene una fundación. Se ha dedicado a “empoderar” a las escuelas secundarias (ver el portal http://www.edutopia.org/). Seguramente, como hombre exitoso de los mass media, se habrá dado cuenta del poder educativo que tienen estos. Creo que si Althusser viviera, los habría colocado como los hegemónicos aparatos ideológicos, desplazando de ese lugar a la escuela. Ese objeto que obsesiona a Lucas. En este sentido, Lucas, como otros de sus colegas, le ha cargado las tintas presentistas a su serie televisiva, haciendo una, en nuestro parecer, asombrosa pedagogía política. La serie animada “La guerra de los Clones” es un excelente documento para advertir, como lo hiciera también “V de Vendetta”, el estupor que sienten los “demócratas” (en ambos sentidos) hollywodenses sobre su tiempo político. Los hermanos Wachowski, prediciendo la forma que puede adoptar el fascismo en EEUU y en otras partes del mundo occidental; temores más que confirmados luego de las leyes de Arizona. Lucas, advirtiendo sobre la degeneración que produce la guerra de Irak y las corporaciones económicas sobre las instituciones norteamericanas y sus preciados derechos civiles, bajo el cristal de un futuro que ya conocemos los fanáticos de la serie: el Imperio, la negación de la democracia. El conflicto bélico se engarza con las intrigas palaciegas y parlamentarias, siendo el Mal y las corporaciones económicas las únicas beneficiadas por la guerra. Demagogia, guerra, intereses económicos  y miedo se apoderan de la trama de una serie de “Cartoon Network”. Más presentista, imposible.

La acertada sentencia de Marc Ferro sobre el cine, la traslado a “La Guerra de los Clones”: su dimensión agencial. Y en este televisivo Lucas podríamos agregar, un desesperado demócrata dando una batalla que inconscientemente debe creer perdida, ya que Palpatine vence.

Alejo Reclusa – De la redacción

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