Roberto Fontanarrosa solía comentar que con personajes como el almirante Guillermo Brown, los estadounidenses hubieran hecho cincuenta películas.

Un irlandés que escapa de su país a fines del siglo XVIII en una travesía de meses por el océano, y termina sumergido de lleno en las guerras de independencia sudamericanas era, para el gran poeta rosarino, un ejemplo inapelable de alguien que no soportaba a su esposa, pero además, una figura desperdiciada por la cinematografía nacional.

Fontanarrosa desconocía –y admitía no haber indagado mucho al respecto– si existía o no algún largometraje perdido o alguna obra de culto basados en la biografía errante de Brown. Pero él hablaba de otra cosa: no entendía cómo a nadie se le había ocurrido hacer una producción pretenciosa, épica, de nivel y al mismo tiempo capaz de ser estrenada en cines con pochoclo y butacas cómodas sin retazos de cuero vintage.

Cualquier mortal que bucee aunque sea superficialmente en la vida de otros protagonistas de la historia argentina, especialmente en la de figuras como San Martín o Belgrano, puede pensar lo mismo: Hollywood se haría un picnic con ellos.

Muchos de quienes disfrutaron el estreno porteño de “Belgrano”, la película que Juan José Campanella produjo en el marco de los festejos oficiales por el Bicentenario, deben haber sentido que al menos en este caso, la industria cinematográfica nacional hizo lo que tenía que hacer.

Luego del exitoso estreno en el Monumento a la Bandera, en Rosario, las autoridades del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y la Unidad Bicentenario decidieron proyectar el film en Plaza de Mayo el sábado 18 de diciembre último. La idea, que estuvo a punto de ser abortada por una lluvia amenazante, fue acertada. Y fue, además, la primera vez que pudo verse cine en ese lugar, según comentó el titular del Sistema Nacional de Medios Públicos, Tristán Bauer.

Cerca de 10 mil personas llenaron la plaza desde el mediodía para esperar que la pantalla gigante dispuesta delante de la Pirámide de Mayo, de frente al Cabildo, exhibiera la película dirigida por Sebastián Pivotto y protagonizada por Pablo Rago.

A la hora señalada, la “sala” al aire libre estaba colmada de reposeras y gente sentada sobre alguna esterilla o directamente sobre el cansado pasto de la plaza. Desafiando quizás más de lo necesario el alerta meteorológico, el comienzo del film se demoró más de una hora, tiempo que fue convenientemente ocupado con un popurrí de videos y músicas de previsible estética “seisieteochista”. Luego fue el turno del himno, y aunque alguno pudo haber sentido que tanta carga épica “nac & pop” podía rozar lo alambicado y hasta lo cursi, la ceremonia funcionó como un prólogo más o menos llevadero.

Y luego pasó lo que todos esperaban que pasara. La Plaza quedó muda durante una hora y media para disfrutar de una gran película: repleta, como corresponde, de lugares comunes, golpes bajos y recursos narrativos efectistas, pero soberbia.

El film logra mantener la tensión entre la historia real y la trama, con un protagonista que pelea contra las tropas realistas, contra las sublevaciones de su propia tropa, contra el tiempo y la sífilis, y que lucha además con sus propios fantasmas en un hilo narrativo que desfigura con acierto la cronología.

Quizás demasiado aporteñada, la actuación de Pablo Rago es, de todos modos, notable. Menos convincente es la interpretación que Valeria Bertuccelli hace de María Josefa Ezcurra.

Más complejo es el caso de Pablo Echarri, quien, fiel a su estilo, actúa de él mismo, aun cuando interpreta a San Martín, y sin embargo, en este caso, no está mal, y logra, con su altanería afectada, momentos de gran emotividad en los diálogos que sostiene con Belgrano: ancianos hiperquinéticos de cuarenta años, los dos grandes héroes analizan la marcha de la revolución frotándose homeopatías de todo tipo para estirar la vida útil de sus cuerpos arruinados luego de largos años de revolución y guerra.

Con menos escenas de batallas y cargas de caballería que las que podían esperarse en los escenarios tucumanos elegidos para la filmación, la película entera flota sin embargo en un vértigo bélico, que atrapa y conmueve, que humaniza a sus protagonistas y que dimensiona la complejidad de la faena revolucionaria y la estela que ella dejó.

El “Negro” Fontanarrosa hubiera aplaudido de pie con los ojos rojos, tal como hizo casi toda la plaza en la noche encapotada.

Alfredo Ves Losada – Enviado Especial

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