Literatura infarto juvenil

i.

Detesto trabajar en verano. Desde que soy docente y tengo un tiempo considerable de vacaciones, más. Pero dar clases particulares puede resultar ameno, pensando sobre todo en el dinero rápido y en mano que obtengo luego de cerrada la puerta. Los únicos elementos negativos son la pérdida del tiempo de la siesta y los libros que debo leer. “Los ojos del perro siberiano” de Antonio Santa Ana es uno de ellos, que vengo evitando desde que doy clases y que aún así me sé de memoria y hasta el hartazgo gracias al suplicio de las mesas de exámenes y sus preguntas pelotudas.

ii.

El argumento de la novela es sumamente sencillo, y bien podría ser la historia de un libro tal como “El sida para pendejos” o “¿Cómo vivir con un sidoso?” o “No te tomes el bondi o vayas a la cancha porque la mersa tiene sida”. El hermano mayor “se agarra” sida, y por eso lo echan de la casa. El menor quiere saber de qué se trata y lo busca y empieza a tener una relación antes inexistente. Los padres se lo prohíben. El hermanito está maravillado, el hermano mayor finalmente se muere. Ahora bien, con eso Campanella hace una película y mientras nosotros salimos llorando del cine él se llena de guita. No es eso lo que molesta, a mí particularmente, sino la atmósfera menemista de la novela. En ningún momento se fija temporalmente la acción, pero si vamos uniendo ciertos núcleos densos de sentido, tendremos toda una cosmovisión que se acerca al canon de los noventa: una familia que vive en una casona de San Isidro, el hermanito sufre la incomunicación con la madre y el autoritarismo del padre, hay cierto favoritismo por el primogénito, la tradición familiar se ve en el Colegio (la idea del más caro, es el mejor también está presente) y el rugby, la abuela tiene una casa de campo y otra en Barrio Norte, el amiguito veranea durante todo enero en Punta del Este, las máscaras, la hipocresía, las fiestas y las vacaciones son tópicos recurrentes. Y aún así podría ser sumamente deleznado por los planes de estudio, tal como “Amigovios” o “Montaña rusa” se pasan por Volver, o plantearle a los pibes qué mundo hay detrás de eso, qué idea del Sida hay detrás del texto. Elegir un texto entre infinidades es una postura ideológica, elegir éste es una pelotudez.

A mi alumnita le encanta, pese a que yo le digo que en la novela “son todo´ re careta”. Leo en alguna parte:

Vos sos un chico inteligente, no se te escapará que a esos lugares va cualquier clase de gente –e hizo una especial entonación en las palabras “cualquier clase”-. Que además suele haber peleas y mucha violencia. (p. 63)

(…) no se opondría a mi pasión, desde ese momento iríamos juntos a la cancha cada vez que yo quisiera, obviamente a platea, que es donde va la gente decente y no a la tribuna popular, como habíamos ido Ezequiel y yo, que es a dónde van los vándalos. (p. 68)

Lo mismo que comenta en el Ñ del sábado 29 de enero de 2011 uno de sus columnistas:

(…) Hacemos chistes acerca del simpático acomodador de autos, pero al pie del médano nos recibe la barrabrava de Boca. Son los dueños de la playa mientras hacen tiempo para el superclásico. (…) De un celular sale una cumbia rabiosa y nos vamos. En 500 metros la travesía antropológica cambia. Los dueños de la playa no tienen prontuario en su mayoría.

Cuando Pigna (Verano Planeta, ay Pinamar) hizo el “Gen argentino”, se olvidó de Menem.

iii.

El epígrafe de la novela dice: “¿No cree que es eso precisamente lo que la literatura debe hacer, provocar desasosiego?”. Ponerle de antemano una finalidad al texto es el fin de la literatura, su muerte: “La literatura renuncia a ciertas formas de eficacia inmediata para las que habría que pagar el precio del efectismo o de la sencillez” (Cfr. infra “Hay una zona de la memoria histórica que proviene de la literatura, entrevista a M. Kohan). El afán pedagógico-moralizante de una mal entendida “literatura juvenil” subestima al lector, le da algo sumamente digerido, preelaborado. Como la comida de Mc Donalds.

Los libros y la música en el texto son un factor de distinción social: los libros se compran en el shopping y su finalidad es liberarse de la angustia, la música viene en “compact disc” y es clásica o Dire Straits. Un lujo a tono con la época.

iv.

Lo que está detrás de todo esto es: ¿quién hace los planes de estudio?, ¿cuáles son las injerencias de las editoriales?, ¿hay, realmente, una política de gobierno distinta que en los noventa?, ¿qué alumnos se quieren?, ¿qué idea de literatura se está dando? Etc.

v.

Leí la novela para ver qué se decía del Sida, qué pasaba. Tenía en mente la hipótesis de Gabo Ferro: “En la Argentina hoy este fluído [la sangre] está ausente de los discursos políticos dominantes. Se habría refugiado en los cuerpos herméticos a causa de la enfermedad que justamente la ha devuelto prepotentemente a la historia: el sida.” Fui prestando especial atención, entonces, al modo en que aparecía, cómo era representado. El cuerpo enfermo es separado del cuerpo familiar y a partir de allí sólo es un nombre, una ausencia, un fantasma, un silencio: “Hay cosas de las que es mejor no hablar” le responde la madre; Ezequiel, el hermano mayor, dice: “La gente no entiende nunca al que es diferente. En una época los metían en manicomios, en otras en campos de concentración –suspiró-. La gente le tiene miedo a lo que no entiende”; los mayores miedos son al contagio, a la sangre derramada; pensarse dentro de la misma familia es hacerse cargo de una “culpa”: “Yo era el hermano del sidoso”; el único que lo acompaña es un perro, que él salvó del sacrificio. Entonces, y más allá de que el modo de hacerle frente a la enfermedad y el temor al contagio sea la segregación, hay una idea de pureza de sangre de alta clase social distinguida que puede pensarse bajo el esquema sarmientino y más próximamente a la idea de subversión y bebés apropiados de la última dictadura. El narrador protagonista, el hermano menor, nunca deja claro su punto de vista, y es muchas veces sometido al autoritarismo del padre. Su juego es un comodín: él tampoco decide mancharse las manos. Ni aún por el hermano, “sidoso”. ¿Es ése el desasosiego, el fin de la literatura?

Joaquín Correa – De la redacción

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