En esta oportunidad, Albergue transitorio, recoge los comentarios de Facebook referentes a los empleos de verano y quienes posibilitan su existencia, los turistas. Se agradece a todos aquellos que compartieron su verborragia expositiva, nos quedaron claros sus padecimientos.

Al llegar el verano, Mar del Plata cambia su apacible fisonomía por las luces de los teatros, el bullicio de las playas y la completud de sus lugares más inhóspitos. Una manada de turistas, provistos de las tradicionales heladeras portátiles,  acrecienta el sentir nacional al reproducirse el incontable número de tonadas y acentos provinciales. Un año de trabajo y/o estudio parecería ser  lo suficientemente agotador para convertir, a nuestros volátiles visitantes, en  merecedores de unas vacaciones a todo dar. Soñadas al comenzar la primavera, planificadas al calor de diciembre, en enero son una realidad incuestionable, que se materializa al hundir los pies en la arena caliente.

Mar del Plata abre el telón, comienza la temporada alta, es el tiempo de la ciudad y el de sus habitantes. Una ciudad muestra su mejor cara, la del descanso, los paseos, la playa, el casino y los espectáculos de todo tipo, sin olvidarnos, claro está, de la comida. Qué turista, que se precie de tal, no se da una vuelta por los tradicionales restaurantes del puerto y comete al unísono dos terribles pecados capitales, la avaricia y la gula. Entonces sí, ahí  habrá hecho todo lo necesario para contar a su regreso, para presumir ante sus amigos, familiares y vecinos. Todos aquellos que se quedaron en la ciudad de origen y que, con una sonrisa forzada, prometieron cuidar la casa y alimentar al perro (aquel pobre animal que al regreso se lo ve  flaco, pulgoso y con deseos  de atacar a cualquier miembro de la familia que muestre desinterés ante su presencia).

Quienes hacen la feliz, aquellos que trabajan brindando bienes y servicios, se enfrentan a un espécimen único. Un espécimen que es lo que parece, pero parece lo que no es. Personas que abandonan su condición humana para ser turistas, que entran en un letargo emocional sin solución de conflicto, impelidos a realizar una carrera contra el tiempo cuya meta es la acumulación de actividades sin gozo alguno de las mismas. El turista no espera, desespera, el tiempo es fundamental. Sin notarlo, trasladan consigo la furia contenida en meses de trabajo cuando están, normalmente, del otro lado del mostrador. Insultarán a sus esposas/os cuando intenten calmarlos, crearán momentos memorables para un psicólogo cuando sus hijos acudan en ayuda emocional,  y no escatimarán en saliva para verter los más elaborados improperios a quienes se crucen en su camino.

Ahora bien, no quisiéramos generalizar, están aquellos que se toman todo a la ligera  y su tiempo se detiene en la inmensidad de cada pregunta: ¿Qué va llevar? ¿Más café? ¿Alguna otra cosa? ¿Le entrego su cuenta? Se transforman en preguntas existenciales. Incapaces de responder al instante, necesitan meditarlo, consultarlo con la familia, sus amigos o conocidos de fila. Claro, desconocen la regla inversamente proporcional que asigna 5 turistas desquiciados por cada 1 que se toma las vacaciones para relajarse y lo logra. Los intolerantes no dudarán en hacer responsable al empleado por la demora causada, agitar las banderas del conflicto y esperar la más mínima insinuación de rebeldía contestaria para llevar adelante su política violenta.

Entre todos los turistas se destacan los Porteños. Donde sea que ingresen, así tengan una persona por delante de ellos, intentan convertirse en el centro de la atención; se adelantan a consultar el precio de cualquier objeto con el fin de marcar su presencia. Utilizan apelativos denigrantes para cualquier persona, y se creen generosos dejando 50 centavos de propina. Demuestran la mínima consideración por el otro, creen tener la razón en todo, porque vienen de la ciudad, cómo si la capital del país fuera una nación extrajera. Se sorprenden al ver el transporte urbano con tarjetas y hacen comentarios, cuya sinceridad deberíamos poner en duda, como “ustedes tienen de todo para hacer acá”. Claro, resulta muy difícil pensar que todos los espectáculos gratuitos, la oferta de servicios, la limpieza de los espacios públicos son una pantalla de tiempo limitado.

Los trabajos de temporada, una ayuda económica indispensable para realizar otras actividades durante el año,  exponen a los marplatenses a la explotación más rudimentaria. Los convierten en  esclavos, sometidos a un uso horario foráneo. Agotados por los reclamos de los clientes y las inquisitoriales preguntas de los empleadores, los trabajadores de temporada sueñan con cometer  el más infame acto de vandalismo acusando, sentenciando y ejecutando a sus opresores. La  Feliz, todos los años, cobra sus víctimas, para demostrar que sigue siendo el destino más agradable para pasar las ansiadas vacaciones. Sería bueno que pensemos que esa ciudad la hacen sus habitantes y todos mostremos un mínimo de consideración para con ellos.

Juan Gerardi – De la redacción

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