En esta oportunidad presentamos en la sección 8 mm, dedicada al Séptimo Arte, un brillante artículo de David Fernández Vinitzky acerca de uno de los directores más controvertidos de la cinematografía estadounidense reciente: Mel Gibson. El autor nos propone indagar sobre el transfondo ideológico de los films emblemáticos de dicho realizador, desde una perspectiva sumamente polémica acerca de los tópicos que predominan en su obra, con un guiño directo al público de la “América profunda”. Asimismo, este abordaje a la filmografía del actor de “El patriota” nos acerca a la crisis actual de la industria hoollywoodense. (Pedro Berardi, responsable de sección)

Uno tira el nombre como si nada, o el de alguna de sus obras, y la discusión brota con facilidad pasmosa. ¿Discusión? Sepan disculpar el fallido. No hay discusión. Todos saben exactamente qué tienen que decir cuando se pone en el tapete el nombre de Mel Gibson (Nueva York, 1956). Mel Gibson es un nazi. Mel Gibson es un loco. Mel Gibson es un nazi loco.  Es posible, y más que probable, pero el repetirlo como un mantra impide tomar la perspectiva necesaria para realizar un análisis focalizado del que puede ser uno de los directores más infravalorados de los últimos años. Vayamos por partes.

Siendo ya una estrella en su rol de intérprete, arrancó su carrera como cineasta con  “The man without a face” (El hombre sin rostro, 1993), una correcta película cuyo único gancho era ver a un sex symbol de la época completamente desfigurado (A no subestimar este recurso, basta ver los casos de Charlize Theron o Nicole Kidman posteriormente). Es cuanto menos gracioso que su ópera prima tenga como principal trasfondo la tolerancia, especialmente teniendo en cuenta la imagen que el director se labraría en el futuro.

Lo realmente jugoso en su currículum, en un sentido tal vez demasiado literal, arranca recién con “Braveheart” (Corazón valiente, 1995) por la cual ganaría varios premios de la Academia, incluyendo mejor película y mejor director, y continúa en sus obras siguientes, “The Passion of the Christ” (“La Pasión de Cristo” 2004) y “Apocalypto” (2006).

Tal vez sea pecar de una sobrerracionalización flagrante, pero estas tres películas posicionan a Gibson como uno de los cineastas políticamente más actuales que puedan encontrarse, al menos en la gran industria hollywoodense. Si uno toma esta improbable trilogía encuentra en ellas una fuerte descarga en contra de aquello que el director considera lo más peligroso para la norteamérica actual: el Estado.

Tras ver “Braveheart” es fácil sentir que la clave de la historia es la lucha de los escoceses por su independencia. Pero las declaraciones e intenciones del protagonista son transparentes desde el comienzo: Wallace, siendo incluso un hombre instruido, tan sólo busca su granjita en las highlands y tranquilidad para formar familia con su mujer sin que un noble inglés tenga el tupé de tocarle los huevos. El Estado, para Wallace, es el conde inglés que abusa del “derecho de pernada”, es Edward Longshanks que ara las tierras gaélicas con los cuerpos de los campesinos, es, incluso, el noble escocés demasiado empecinado en conseguir nuevas tierras y títulos ingleses como para escuchar los lamentos de su pueblo.

En “The Passion…” el tema tal vez sea demasiado claro. Aquí el rol del Estado es unívoco. Religiosamente podemos observarla como el martirio del hijo de Dios. Desde una visión más terrenal, para Mel Gibson, el Estado se condensa en cada latigazo, en cada herida que se infringe sobre el cuerpo del Nazareno. Y el recurso del sadismo descarnado, que en Pasolini era un manifiesto contra el fascismo, se torna aquí denuncia contra el exceso e inoperancia de un Estado desbocado.

Su última obra, “Apocalypto”, nos regala una escena reveladora: cuando Garra-Jaguar está a punto de ser sacrificado en la cima de la pirámide-templo de la ciudad a la que pertenecen sus captores, arremete un “deus ex machina” que podría pasar por un facilismo. Es una licencia tomada por los guionistas: un eclipse que deja atónitos a todos los que observaban el rito y que le salva la vida al protagonista. Sin embargo la clave aquí es la sonrisa que se dibuja en el rostro del sacerdote mayor antes de anunciar que el eclipse es el mensaje de los dioses para dar a entender que se encuentran satisfechos por los sacrificios. La sonrisa de este hombre desnuda, ante el espectador, la máscara sobre la que se asienta la autoridad en esa sociedad. Este hombre conocía la inminencia del eclipse, y justamente por eso la ceremonia se había realizado en aquel preciso momento.

El Estado es, en ese orden, constricción, coerción y manipulación.

En este sentido, la filmografía de Gibson es un reflejo de buena parte de los movimientos populares de la derecha estadounidense. No es una tarea ardua tejer vínculos entre estas lecturas de sus películas y posiciones como las de la nueva vedette política de los EEUU, el Tea Party (1). Extrañamente es poco lo que se ha dicho sobre la relación de las opiniones racistas de Gibson y de las anteriormente comentadas referencias políticas en sus obras, con  la denominada “América profunda”, los despectivamente bautizados “rednecks” o “white trash” (2).

El mensaje es nefasto, pero hay un mensaje, y eso, en la situación actual de la industria cinematográfica, se agradece. Pero no sólo por eso Gibson es una rara avis. Hay que mencionar que se trata de un cineasta siempre dispuesto a tomar riesgos a nivel artístico. Apuntando al mismo público (el ciudadano de a pie)  al que Michael Moore le ofrece una innumerable seguidilla de chicanas y, del que los medios progresistas se burlan, no sólo les habla en sus propios términos, sino que no los subestima. Mientras los grandes estudios financian remakes de todas las películas decentes hechas en el extranjero, dando por sentado que ninguna película subtitulada podría triunfar entre el gran público estadounidense, este hombre apuesta por películas habladas que prácticamente nadie en todo el país entiende. Películas que destilan épica, sin uso (ya no abuso) de las CGI (3), o con técnicas “old school” del cine “Gore” (4) que llenarían de envidia al mismísimo “Rey del Mal Gusto” Peter Jackson.

Un cineasta valioso, en definitiva, creador de obras arriesgadas y con un trasfondo ideológico que es hijo de su época, y que merecen mucho más análisis y discusión que el lamentable lugar común de nazi loco al que se lo relega en las discusiones.

Aunque, de última, sea un nazi loco.

David Fernández Vinitzky – Columnista invitado

(1) Tea Party hace referencia a un movimiento político de derecha estadounidense surgido a principios de 2009 que aboga por la reducción del Estado. Su nombre surge del Motín del Té, originado hacia fines del siglo XVIII contra la metrópoli, Inglaterra.
(2) Rednecks refiere al estereotipo de persona blanca del sur de los Estados Unidos, asociado a una persona que vive en el campo, lejos de las grandes ciudades, sosteniendo la imagen tradicional del granjero sureño heredero de la Confederación que se enfrentó al norte en la Guerra de Secesión. White trash refiere a otro estereotipo que asocia lo étnico a la pobreza, se caracterizarían por ser el segmento de población blanca con peores condiciones materiales de vida.  Ambas expresiones no refieren a grupos de población sociológicamente reconocidos.
(3) Computer Generated Images: generación de imágenes en computadora, son sus siglas en inglés CGI.
(4) Gore (“Sangriento” en inglés): Género y/o recurso cinematográfico cuyo rasgo principal es la violencia explícita y en muchos casos exagerada, en general a partir de efectos especiales “artesanales” como sangre e intestinos falsos. El principal exponente del género, dentro del mainstream es el director neocelandés Peter Jackson, quien antes de ser un expendedor de hits masivos como “El Señor de los Anillos”, dirigió, produjo y participó como actor en dos hitos del género: “Bad Taste” (“Mal Gusto”, 1987) y “Braindead” (“Muertos de miedo”, 1992).

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