Habitualmente aquellos que están familiarizados con el conocido juego de mesa T.E.G. (Tácticas y estrategia de la guerra) se darían cuenta que el título de este artículo no tendría sentido. Pues bien, por una vez se me permitirá hacer tal afirmación. Estos dos lugares del planeta, aparentemente sin ningún punto contacto, ni siquiera en un juego de mesa, por única vez comparten algo. Y cómo muchas veces sucede, el cine es el encargado de hacer que esto ocurra. 

Se trata de dos películas, de dos historias que, alejadas una de la otra, sin embargo presentan puntos de contacto. Por un lado, la italiana La vida es bella (La vita è bella; 1997) protagonizada y dirigida por Roberto Benigni; y por otro lado, el film argentino Kamchatka (2001) del director Marcelo Piñeyro. Ambas, nos permiten algunas reflexiones en torno a sucesos del pasado que de alguna manera configuran eso que llamamos memoria histórica.

La vida es bella es un film que si bien se nos presenta como una comedia en un principio, a medida que nos adentramos en la historia y, propiamente en ese campo de concentración nazi, se torna en un drama de los más duros. En efecto, en esa Italia fascista de los años cuarenta, nos encontramos con este pintoresco personaje compuesto por el genial Roberto Benigni. Un joven italiano de ascendencia judía que llega a Roma para cumplir sus sueños: conseguir trabajo, conocer a una mujer y formar una familia. Quizás lo más paradójico de todo sea que nuestro protagonista consiga cumplir con esos sueños, a pesar del contexto que lo rodeaba. Eso tal vez sea una de las virtudes más destacables de esta historia.

Como el propósito no es contar la película (es mucho más recomendable verla), simplemente diremos que Guido (Roberto Benigni), su hijo (Giorgio Cantarini) y su tío (Giustino Durano) son enviados a un campo de concentración nazi, al cual la esposa de Guido, Dora (Nicoletta Braschi), decide acompañarlos por voluntad propia. Allí, nuestro protagonista le hará creer a su pequeño hijo, que todo se trata de un juego. Que todos los condenados a estar en ese campo, en realidad están compitiendo por un premio: un verdadero tanque de guerra. Un inocente juego, una “mentira piadosa” del padre para con su hijo. Simplemente la única posibilidad que existía para sobrevivir a ese horror inentendible.

Por otra parte, Kamchatka es una película que, si bien no tuvo la repercusión y la trascendencia de La vida es bella, ha dejado también algunas cuestiones para comentar. La historia se centra en la Argentina del ’76, donde nos encontramos con un matrimonio (Ricardo Darín y Cecilia Roth) y sus dos hijos (Matías del Pozo y Milton de la Canal) que deben dejar sus vidas cotidianas para escapar a la persecución de la dictadura. En realidad, uno no sabe realmente porqué los persiguen, eso la película no lo cuenta, aunque tal vez no haga falta saber los motivos.

En esta historia también nos encontramos con un recurso utilizado en la película de Benigni: cuando los padres deciden esconderse en una quinta a las afueras de Buenos Aires y les proponen a los chicos un pequeño juego que consiste en cambiarse la identidad. Aquí también la ficción, la fantasía, la imaginación, son el último recurso que queda para escapar de otro horror.

Como podemos apreciar, tanto en un film como en otro, (podemos agregar otra película en un registro similar, como es El laberinto del fauno de 2007) cuando nos encontramos ante aquello que nos resulta incomprensible, ante aquello que excede a lo conocido y cuando, además, son niños los que deben enfrentarse a ello, sólo nos queda la imaginación, la capacidad de crear otras realidades ante la inconmensurabilidad que nos rodea.

Martín Tamargo – De la redacción

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