Para fortuna de los lectores de Palabras transitorias, David Fernández vuelve a deleitarnos con una propuesta incisiva y delicadamente escrita. Esta vez nos sumerge en un tópico central de las sociedades contemporáneas, y una cuestión que ha adquirido relevancia en los últimos tiempos. Con unos breves pero contundentes ejemplos, el autor nos demuestra la manera a través de la cual la opinión pública (con los medios de comunicación como principales estandartes) dedica una desmesurada atención a cuestiones nimias e insignificantes y despliega un arsenal de análisis infructuosos e improcedentes. Desde dos ejemplos sencillos evidencia con maestría las limitaciones de ciertos análisis carentes de profundidad y perspectiva y, por sobre todo, indiferentes ante la realidad que los rodea. Celebramos este nuevo aporte de David Fernández y lo incentivamos a que siga enriqueciéndonos con sus certeras y agudas observaciones. (Fernando Manuel Suárez, responsable de sección)

Por momentos fastidia en extremo. Por momentos es verdaderamente destacable. Por momentos, escasos momentos, breves, intermitentes momentos, es imposible no admirar la generación perenne y dilatación constante por parte de la prensa argentina de temas, situaciones, discusiones políticas que sólo pueden ser consideradas como nimiedades. O parafraseando a una Olga Wornat que destilaba soberbia (y en ese momento, bastante de verdad), “chiquitaje”.

No es cuestión de indignarse. Mucho menos de lanzar otro piedrazo en el ya atiborrado sendero del “periodismo de periodistas”. Estamos en otro nivel señores. El esfuerzo que uno contempla en el día a día tanto del periodismo político como de muchos de los referentes de la dirigencia, o aspirantes a, nacional para exprimir hasta la última gota de jugo de cada nimiedad que asoma cabeza es asombroso y debe ser apreciado como tal.

Y es que, a pesar de lo que a muchos les gustaría oir, este funcionamiento no varía en demasía respecto al que llevamos a cabo en la gran mayoría de las distintas disciplinas académicas. La academia se basa casi íntegramente en el chiquitaje. Se me torna imborrable un consejo de padre médico a hijo estudiante de medicina:”Agarrá lo más chico que encuentres en la disciplina más rara que puedas desarrollar, y estudialo bien. En unos años te van a estar pagando viajes a congresos de todo el mundo.”

El chiquitaje en política posee sus propios matices. La exacerbación de lo anecdótico, como si en ello residiera la naturaleza de una gestión o de un proyecto, funciona de forma tal que termina volviéndose un punto indispensable del entramado político-mediático actual.

Los últimos meses han sido particularmente fecundos al respecto.

Tras el descubrimiento de un avión que transportaba casi una tonelada de cocaína desde Argentina hacia España, a partir de individuos relacionados a sectores de la Fuerza Aérea local, comenzaron a emerger comentarios de tono cada vez más elevado acerca del papel de Argentina en el tráfico mundial. No sólo eso. Varios periódicos se indignaban hace algunos días tras la publicación de un informe de la DEA que posicionaba a la Argentina en segundo lugar entre los mercados de cocaína en Sudamérica. La noticia yerra por duplicado: por un lado, aunque aún vigente, según el World Drug Report de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, la cocaína se encuentra en franca retirada en todo el mundo, siendo reemplazada por productos sintéticos de mayor rendimiento y que incluso pueden ser producidos en cantidades menores en los países centrales mismos. Por otro lado, y he aquí lo más importante, los medios locales no entienden (o no quieren entender) que el corazón del narcotráfico no es la droga, sino el proceso de lavado de dinero. Es el blanqueo de capitales lo que posibilita el comercio de productos ilegales a escala global, y el énfasis sobre el problema debería estar puesto allí, y no en los espejos de colores que representan las incautaciones de droga.

En este tipo de escaramuzas político-mediáticas las respuestas brillan por su celeridad. Con la aparición de un avión militar estadounidense que transportaba hacia la Argentina material no declarado, destacaban entre los productos a ingresar, narcóticos vencidos, armas de guerra, software y distintos tipos de memorias. Sorprendente fue el agite que intentó hacerse enarbolando esta intercepción como un claro ejemplo de la reconstrucción de la soberanía nacional, cuando lo cierto era que se trataba de elementos para entrenar a fuerzas especiales de la Policía Federal. Obviamente, lo que se hizo fue cumplir con la ley, pero no dejan de sorprender tanto el hecho como el revuelo, puesto que nadie duda de que aquel haya sido el primer embarco de ese tipo en ingresar a la Argentina, siempre teniéndose el aval tácito del gobierno nacional. El tema va mucho más allá de plantarle cara al Departamento de Estado norteamericano (quien se mostró más confundido que enojado al respecto), y es que Argentina y los Estados Unidos han desarrollado una concreta, aunque tímida relación respecto de la seguridad nacional, especialmente un tema que ha tocado directamente a ambos países: el terrorismo internacional. El WTC, la embajada de Israel y la AMIA son cuestiones mucho más concretas y con un peso específico incomparable al de un cargamento no declarado. Nadie dice que esté mal lo que se hizo, el punto es el cinismo con el cual se toma un ejemplo ínfimo para destacar algo que no refiere absolutamente en nada al problema global.

Estas son tan sólo pequeñas muestras que ponen en evidencia cómo las cuestiones que llegan a problematizarse socialmente (que son puestas en el tapete de la opinión pública) son, en la gran mayoría de los casos, instancias, secciones, ejemplos completamente parciales de procesos mucho mayores que ven imposibilitados, así, una conclusión definitiva para ellos.

Partidos y figuras políticas, medios de comunicación o representantes corporativos utilizan así estas muestras, utilizándolas una por una como “casus belli” para mantener los debates dentro de las fronteras que cada fuerza puede o tiene la voluntad de manejar. Hay mucha tela para cortar, así como aún más obviedades para enumerar al respecto. Lo cierto es que sin esta metodología el riesgo de mutua destrucción que implicaría el abordaje a fondo de estas problemáticas en la agenda tanto de la opinión pública como política se multiplicaría de forma exponencial y nos llevaría a manchar a intocables, o peor aún, entender la impotencia en la que se encuentra sumido el Estado argentino, así como, en mayor o menor medida, sus contrapartes a nivel internacional.

Es duro. Es difícil. En ciertos casos es directamente imposible y es mejor y más simple dejarlo en manos de sesudos académicos que infructuosamente sigan buscando explicaciones. Por lo menos, siempre queda deleitarnos con el esfuerzo enorme que se hace para que con cada diario de domingo, radio de madrugada o website de la noche, podamos suspirar tranquilos al relojear la nueva información sobre la guerra con Eurasia.

David Fernández Vinitzky – Columnista invitado

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