Martín Perez Calarco tiene el oído parado, como quien dice, además, claro, de una buena memoria. Ambas cosas se conjugan en el detenido análisis de una verdadera canción popular, para desentrañar los posibles significados (o previsiones) de la voz del pueblo. Nota al pie no sólo, entonces, se encierra en los libros, sino que sale a la calle, las manifestaciones, la cancha y denuncia ese algo de fascismo propio del lenguaje.  (por Joaquín Correa, responsable de sección).

“Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música

que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

J.D.P. 12 de junio de 1974.

“…sólo eran falsas las circunstancias,

la hora y uno o dos nombres propios”.

J.L.B. “Emma Zunz”

La voz de una multitud puede clavar en el corazón de la historia una consigna política que perdure más, incluso, que la vida de los fervorosos manifestantes. De todas las que recuerdo, me interesa una de progenie peronista -si es que esta palabra no está definitivamente estallada y vaciada como la “rosa” de Umberto Eco-; confieso de antemano que la tomé de un libro.

Lo que nos ocupa no es un conflicto en la valoración ideológica de un enunciado como la ya tradicional indignación expansiva ante el conocido “alpargatas sí, libros no” sino una curiosidad de otra índole.

En alguno de los tomos de La voluntad, Caparrós y Anguita recogen el canto “Perón, Evita, la Patria Socialista”; entiendo que es una consigna de amplia difusión, no circunscrita a un acto puntual, y procedente de sectores revolucionarios del aglutinante movimiento. La multitud condensa el deseo utópico en el concepto de “Patria Socialista”, en “Evita”, en “Perón”. La consigna se despliega como celebración o como reclamo. En presencia del líder, la aclamación de su nombre lo ratifica con entusiasmo; en su ausencia, lo reclama -cuando la hinchada de Boca arroja al mundo el grito “Riquelme, Riquelme”, si el Diez está en la cancha, lo celebra, si no juega, pide por él-; los nombres propios, en esos casos, son símbolos, operan como tales. Para el caso del signo “Perón”, el exilio y la proscripción explicarían el reclamo, y “la vuelta”, la celebración. Para el nombre de “Evita”, en cambio, el reclamo tiene valor de invocación, de la muerte sólo regresan los mitos, proféticamente, a su vuelta se hospeda en la voz de sus “millones” de seguidores. Decía, entonces, que el contenido de la consigna expresa un deseo con carácter de utopía. El contraste con el devenir histórico nos pone en la cara la dilución de ese “fundamento para la esperanza” que esas voces se construían al precio de divorciarse de la realidad. Quizá sea cierto, también, que aquello de “combatiendo al capital” admitía entretejer alguna vana ilusión.

Hasta ahora apenas si ha quedado esbozado el valor de la frase en su contexto inmediato, resta ensayar otra aproximación.  En un trabajo titulado “Retorno a un suspenso”, Enrique Acuña cuenta que cuando en las jornadas de mayo de 1968, en París, una mano anónima estampó el graffiti “Las estructuras no salen a la calle” en alguna pared universitaria, Lacan expuso su interpretación de los hechos: “que hay acontecimiento cuando los hechos sociales tocan la dimensión del acto analítico que por definición se desconoce a sí mismo, no es un eslabón más de la historia – cosificado por la cultura- sino que inventa algo inédito”. Sin ser un evento de la misma naturaleza, algo de eso sobrevuela nuestra consigna, algo del orden del lenguaje, algo, también, referente a la imposibilidad de reconocerse. Me pregunto cuántas veces alguien se habrá referido (al menos en broma) a la ambigüedad de la consigna “Perón, Evita, la Patria Socialista”. Lo cierto es que el divorcio entre la consigna y la realidad dejaría de ser tal con sólo reconsiderar la transcripción de lo escuchado; digamos, apenas con reconocer otra clase de palabra en uno de los términos de la misma cadena significante, advertir un verbo en presente indicativo donde el hábito nos inclina a escuchar un nombre propio, y borrar las comas. La nueva transcripción implica notorios cambios gramaticales. La sucesión “Perón, Evita, la Patria Socialista” entendida como una oración en la que el verbo (“son”) estaría elidido y el sujeto tendría dos núcleos, sufriría un cambio sustancial dado que el sujeto ahora pasaría a ser sólo “Perón” y “evita” el núcleo del predicado verbal, la Patria Socialista, aquello que el sujeto “evita”, se tornaría objeto directo, sobre él recae la acción. El cambio ortográfico-gramatical deja como saldo una alteración sustancial en el significado, casi un sentido contrario (1): Perón evita la Patria Socialista. Como una fatalidad, como si el genio maligno que propuso Descartes y el azar de los nombres se hubieran conjurado, al mismo tiempo que proclamaba una utopía aquella multitud enunciaba la imposibilidad fundamental de su realización a causa de su propio líder.

Admito que con el diario del lunes y sin una “estructura de sentimiento” que me vincule a aquel proceso es más sencillo aventurarse en la lectura; no obstante, es irrefutable que la propia lengua se extiende como una trampa que exige que atendamos a sus maneras de arrinconarnos. El fenómeno descrito sigue ahí, interpelándonos, mostrando ese algo de fascismo que Barthes le atribuye al lenguaje. Con el tiempo, quizá, todo esto se explique como un mero juego de manos del copista.

Martín I. Pérez Calarco – Columnista Invitado

(1) Si  se interpretara la consigna como una mera enumeración de tres términos (cuyo significado podría ser un reclamo), las alteraciones gramaticales serían aún más drásticas.

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