Otro 24 de marzo pasó. Uno más, el número 35 para ser exactos. Y más allá de todas las cosas que se dicen y se repiten durante su conmemoración, y lejos que querer caer en lugares comunes, la ocasión nos brinda la posibilidad de reflexionar sobre algunos temas vinculados.

Para empezar, quien escribe nunca tuvo muy en claro si es positivo o no la existencia de un feriado nacional en esta fecha. Por un lado, entiendo y comparto la necesidad de recordar (para no olvidar) la fecha que significó la implantación de la dictadura más terrible y sangrienta que viviera la Argentina. Pero, por otro lado, el hecho de que se convierta en feriado, sumado esto al “fin de semana puente” que se generó este año, me parece que, de alguna manera, hace que se pierda un poco de vista lo que se quiere conmemorar en esta fecha. Pienso simplemente en los más de 2 millones de turistas que disfrutaron de ese fin de semana largo. Pienso en el tachero que puteaba el paso de la marcha por las calles de Mar del Plata. ¿Contribuye o no el feriado a recordar? ¿Es sólo un compromiso asumido por las organizaciones políticas y de Derechos Humanos? ¿Cuál sería la mejor manera de conmemorar?

Después de tantas preguntas alguna afirmación se puede hacer. Difícilmente pueda repetirse otro 24 de marzo, al menos con esas condiciones. Videla, Massera y compañía son ya unos viejitos, cobardes, que no representan a nadie. No me preocupan. Son parte del pasado. Pero si creo que existen todavía algunos resabios de esos tiempos. Hace no mucho tiempo el pre-candidato presidencial Duhalde proponía la realización de un plebiscito para decidir si se continuaban los juicios a los ex represores. Por suerte, su iniciativa no tuvo mucho eco. Sería, creo yo, un retroceso de lo hecho hasta acá. Sin embargo, no deja de ser interesante pensar que sucederá el día en que este gobierno sea reemplazado por cualquier otro. Deseamos que una política de Derechos Humanos implementada por el kirchnerismo (matices aparte) se convierta en una política de Estado.

Está claro que la Democracia, como un valor en sí, se ha consolidado en las últimas décadas. A pesar de que Macri piense que este es el peor momento desde 1983… Prácticamente todos los sectores de la sociedad la conciben como la herramienta más importante a la hora de hacer política. Su calidad merece una discusión aparte. Sin embargo, existen todavía algunos sectores que conservan algunos resabios de otros tiempos. El Poder Judicial, con algunos miembros que participaron de la Dictadura y que todavía lo hacen; la Policía Federal y las distintas policías provinciales, que todavía merecen una verdadera y profunda reestructuración (me vienen a la mente el caso de unas semanas atrás, cuando un hombre que simplemente se negó a ser requisado para entrar a la cancha fue molido a palos por la Policía Federal y luego murió a consecuencia de esos golpes); los grandes Medios de comunicación y sus habituales parodias (Clarín siempre fue Clarín); son algunos ejemplos que se me ocurren mencionar. Creo que más valioso que recordar el 24 de marzo es mejorar la Democracia día a día, sólo así será posible evitar su repetición.

Finalmente, una cuestión que nos toca más de cerca a aquellos que intentamos reflexionar acerca de los hechos. Pareciera que a la hora de hablar sobre el Proceso de Reorganización Nacional y lo que significó, existieran tres grandes discursos para explicarlo. Están aquellos sectores que reivindican lo actuado por las Fuerzas Armadas, la “guerra sucia”, la pacificación nacional, etc., (si está de acuerdo con esto, déjeme decirle que se equivoco de blog). Luego están los que hacen una ferviente defensa de “la juventud maravillosa”, de las formaciones guerrilleras y de ese supuesto proyecto superador (nunca se tuvo en claro cual era) que significaba la toma del poder por las armas. Y, finalmente, nos encontramos con “la teoría de los dos demonios”. Ese discurso que surgió con el alfonsinismo y que pretendía conformar un relato que permitiera reconstruir a la sociedad, con la idea de un cuerpo civil ajeno y víctima de dos bandos que se enfrentaban con la violencia como bandera. Considero que ninguno de estos grandes relatos sirven como explicación para llegar a comprender lo sucedido en la Argentina de los ’70. Creo que es una tarea pendiente de los sectores intelectuales y políticos.

Una última reflexión que me vino a la mente mientras marchábamos este 24: ¿sería muy descabellado pensar en una marcha sin ningún tipo de diferenciación política? ¿No estamos todos ahí por lo mismo?

NUNCA MÁS

Martín Tamargo – De la redacción

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