Causa horror y revulsión ver cómo la ciencia ficción con el paso del tiempo forma parte, de un modo alucinado es cierto, del realismo. Cómo convivimos con esas pesadillas del fin cotidianamente y sedados ya por la costumbre. De eso se trata este maravilloso texto de Víctor Hugo Casares, una verdadera nota al pie de los tiempos del capitalismo salvaje y el consumismo idiota, idiotizante (Joaquín Correa, responsable de sección).

La relación entre la literatura y el cine -lo sabemos- es compleja, como suele ocurrir entre parientes más o menos próximos, más o menos lejanos. En lo que al género de la ciencia ficción se refiere, me parece advertir una ecuación inversamente proporcional en su desarrollo cronológico desde las últimas tres décadas del siglo XX, pues, mientras el cine conoce un florecimiento extraordinario con películas como Blade Runner (1982), por ejemplo, en literatura no podríamos encontrar un caso equivalente a El día de los trífidos (1951), Señor de las moscas (1954) o el célebre Fahrenheit 451(1953) de Bradbury. Si esto ocurre porque el incremento de los efectos especiales logran transportarnos hacia dominios perceptuales hasta hace poco inconcebibles, o por otras razones, son explicaciones que no quiero aventurar, pero la cuestión es que, como puede verse, los títulos mencionados son de novelas publicadas en los ´50. Es que naturalmente, los efectos especiales no pueden darse en la escritura cuyos efectos, que también existen, son de otra índole porque, por más fantástico que sea, el mundo posible generado por la ficción nos dice algo sobre lo real. A veces eso que nos dice se proyecta hacia el futuro con una expansión anticipatoria que asusta y si asusta, no es por su dimensión imaginativa, sino porque uno se pregunta todo el tiempo cómo el que escribió eso que estamos leyendo pudo imaginar el mundo que conocemos ahora, pues, aunque su despliegue ficticio no reproduzca exactamente las condiciones del entorno social tal como lo vivimos, sí reconocemos algunos de sus rasgos nucleares.

Eso es lo que ocurre con Mercaderes del espacio (Space Merchants), escrita por Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth en 1953, cuya aparición en español data de 1982, cuando fue traducida para Minotauro. Esta editorial es un referente editorial para el género de ciencia ficción aunque lamentablemente, desde el 2000, no se hayan reeditado sus mejores títulos. La relectura de esta novela provocó lo aquí escrito, de modo que el lector puede provechosamente evitar estas líneas y recurrir a la lectura del texto en la web donde puede encontrársela fácilmente. De todo lo que podría decirse de la novela, elijo dos de sus condiciones básicas, que bien mirado, se unen en una: el humor satírico y la dimensión crítica. La sátira, que a veces roza el humor negro, se desliza –imperceptiblemente al comienzo, pero cada vez más contundentemente en el transcurso de la historia- por el discurso del protagonista quien es también el narrador y como él mismo se autoincluye en su propia visión demoledora, no produce rechazo al lector sino simpatía por este antihéroe equivocado que poco a poco va comprendiendo cómo la estructura del mundo social que conoce ha hecho de él un títere en manos de las corporaciones. Porque de eso se trata: el futuro que se describe –recordemos: ¡en 1953!- no es otro que el de un mundo globalizado e hipermercantilizado, donde los recursos naturales se han agotado hasta el punto de que para recibir una ducha de cinco minutos con agua salada y dos de agua dulce, un trabajador debe empeñarse económicamente para toda su vida. Ni hablar de si uno quisiera comer verdadera carne, genuinas verduras o frutas; los muy ricos recurren a tan dispendioso placer cuando tienen que agasajar a alguien con poder para mantener su posición en la extraña escala social que rige la población mundial y cuyos escalones no son conocidos por quienes se mueven en otro estamento. Esta feroz estructura va siendo descubierta por nuestro protagonista por circunstancias fortuitas –al caer en la pirámide social desde casi su cúspide, pues era un alto ejecutivo publicitario, hasta su base, donde se mueven los “consumidores”- pues la compartimentación de esa sociedad no permite contactos entre las burbujas donde habitan unos y otros. Así, para él hasta que comienzan sus aventuras –y el relato, claro- los “consistas” (palabra cuyo significado no se especifica hasta que lo vamos comprendiendo) son delincuentes subversivos que sabotean constantemente empresas, edificios, instituciones y asesinan sin piedad a inocentes, verdaderos sociópatas peligrosos a los que hay que exterminar o reconvertir –esto último logrado con métodos muy peculiares-. Resulta que los consistas son conservacionistas, una organización clandestina que se propone modificar las atroces condiciones de vida, pues ellas se deben a la codicia de un mundo donde lo único que impera es el interés mercantil, la publicidad y la codicia desenfrenada. Los “consumidores” son el último escalón; trabajan sin descanso para consumir, pues se los provee de alimentos, bebidas y cigarrillos que provocan adicción, de modo que para obtener esos productos que desean compulsivamente, deben pagar empeñando todo lo que ganan; en síntesis: un regreso al trabajo esclavo de los comienzos de la era industrial pero visto con humor y sin dramatismos por el ojo del narrador. Un último detalle que faltaba: los consumidores tienen, además de los productos que consumen, un escape al que son más adictos aún; en sus breves momentos privados, se ponen “en éxtasis” frente a una pantalla cuyas imágenes prestan ese servicio.

¿Qué queda por decir sino la frase que el cine ha popularizado: “cualquier parecido…etc.”? Nada más resta que recomendar la lectura de esta despiadada sátira del capitalismo salvaje y la publicidad, inscripta en una tradición venerable de la cultura anglosajona: la distopía, en la que brillan nombres como Orwell o Huxley y que, por añadidura, es divertida.

Víctor Hugo Casares – Columnista invitado

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