Esta rara convergencia de ideas, que hemos dado en llamar Albergue Transitorio, se complace en presentar el aporte de un lector silencioso que rompe estrepitosamente su anonimato. Martín Córdoba, atento a lo que sucede, se dice y se comenta, nos sorprende con sus apreciaciones del auto- enaltecido mundo político e intelectual de la universidad. Sugerente y provocativo, argumenta con la dosis justa de ironía y descaro para dar cuenta de su aparente desconocimiento de la “panacea intelectual” (Juan Gerardi, responsable de Sección).

La universidad es un conjunto de unidades educativas destinadas a brindar una enseñanza especializada con el objetivo de formar profesionales. A ella concurren personas de diferentes edades y estratos sociales buscando realizarse, incrementar la competitividad intelectual y, por qué no, encontrar una salida laboral. Sin embargo, y ante todo, la universidad es un ámbito social y político en donde las relaciones interpersonales de amistad, conveniencia y poder  se encuentran significativamente presentes. Es así como alumnos, docentes y autoridades actúan y conviven en grupos institucionales orientados a equilibrar las decisiones y representar sus intereses. En la nota de hoy trataremos de describir las percepciones existentes sobre la interacción entre los estudiantes -inclusive de aquellos que no tocan un libro ni a patadas-, los profes, licenciados, doctores (y hasta algunos declarados médicos cirujanos de las ciencias sociales) y las autoridades, fieles responsables del necesario sostenimiento del sistema burocrático (como también de los maltratos y las insoportables caras de culo).

Al finalizar la temporada veraniega, los que hacen la feliz dejan de percibir que sus cuerpos importan para culminar unas largas vacaciones signadas por orgías de ocio. En la mente de manera instantánea, y como pasaporte a una adolescencia interminable, una postal de Peña y Funes, en esta ocasión, ilustrando un nuevo escenario. A las familiares pintadas de tipo: “vivaelrey.blogspot” o esa otra que decía algo así como “XXXX ladrona”, se antepone una renovada fachada de portones corredizos y pisos de adoquín que se ocupan de disfrazar ese enorme complejo de edificios encargados de recibir (y en gran medida de expulsar) a los jóvenes -y otros no tan jóvenes-, para un nuevo año de bellas horas de estudio. (Che… y con el plan de estudios, los concursos y la renovación de autoridades, al final, ¿qué pasó?)

Los estudiantes se acercan con muchísimas expectativas y objetivos: sea por gusto personal, genuino interés por las herramientas profesionales que brinda la universidad o como excusa para lograr una extendida adolescencia financiada por sus padres y lejos de casa. Pronto van a descubrir que sus días serán resumidos a una ecuación, cuyo resultado es el agotamiento de su última neurona disponible: Universidad + departamento + estudio + fines de semana= ¿?. El descontrol hormonal, ocasionado por lo que en la práctica es un paso hacia a la libertad y la autonomía, se contrapone a la incertidumbre generada en  los engorrosos trámites que determinan el acceso a la comunidad educativa. Una especie de tribunal, que parece hablar un idioma estilo Navi, es el encargado de recibir y anunciar los requisitos que los políticos, las autoridades y los docentes exigen para el ingreso. A medida que transcurren los primeros minutos, las expectativas generadas en torno a esa panacea intelectual (democratizadora del saber y de las oportunidades de las personas) se van desmoronando ante la mala predisposición de los jueces de turno. De esta realidad, podemos observar dos situaciones. Por un lado, están los estudiantes que, despreocupados por su incomprensión del sistema, se relajan entre amigos tomando unos mates y un FERNET por la noche. Por otro lado, están los que cuentan con un poco más de suerte, aquellos que entienden esa  lengua extranjera o reciben la ayuda de conocidos logrando inmiscuirse  en el “amiguismo”, falso e interesado, de los autodeclarados “popes”, esos mismos que con el transcurso de los años, y con la ayuda de algún genio que los apadrinó, se las saben todas.

Estos últimos, serán ¡envidiados! por  sus “amigos” quienes, seguramente (según su ego), también entregarían sus vidas por salir en la página 34 del suplemento de cultura de algún diario local (¡con suerte!). Serán alentados por los profes, licenciados y doctores, esos grandes genios formados en universidades extranjeras, que promueven la competitividad y vaticinan un futuro próspero (¡cagados de hambre y comiendo libros! ¡Qué moraleja eh!). Mientras que los llamados “cuatros de copa” se autoexcluyen de las altas esferas del saber por considerarse ajenos a ese mundo.

Entonces, quienes sean capaces de entender esa lengua extranjera, aguantar el mal humor, los amiguismos por conveniencia y las ridiculizaciones públicas podrán, con un poco de esmero e inagotables jornadas de 28 horas de lectura diaria, tener la suerte de emular las carreras de sus doctos y padrinos. Para mí, quizás, es demasiado. Ingresantes, bienvenidos a nuestra panacea intelectual. Me olvidaba, los que quieran festejar me avisan que arrancamos con unos mates, pero hasta el Fernet no paramos!!!!

Martín Córdoba – Columnista Invitado

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