El teatro musical (mal generalizado como “comedia musical”) es un género considerado a todas luces como menor. Un producto artístico híbrido, que contiene elementos propios del teatro, la música y la danza. Asociados casi automáticamente a un célebre barrio neoyorquino, los musicales continúan estando un escalón por debajo en su valoración artística con respecto a las obras nacidas del seno de las artes “puras”. Es posible que a esta postergación se deba que sus más exitosas incursiones estén asociadas a temáticas controvertidas, retratando ambientes sórdidos o cultivando un humor poco más que corrosivo. Desde “Chicago” (Bob Fosse) hasta “Los Productores” (Mel Brooks), pasando por “Cats” (Andrew Lloyd-Webber) o “Mack the Knife” (Bertol Brecht y Kurt Weill), muchas de estas obras han dejado una huella indeleble en la cultura contemporánea.

Por lo general, las obras musicales más resonantes han cultivado el registro de la comedia, ya sea en alguna variante más liviana (“Hairspray”) o sórdida (“Rocky Horror Show”), de allí la generalización de comedia musical. Algunas excepciones han provenido del género de la ópera-rock, como pueden ser la obra conceptual de grupo The Who (“Tommy”) o la blasfema “Jesucristo Superstar”. Por fuera de estos, probablemente sea “El Fantasma de la Ópera” la obra dramática musical más reconocida. En la Argentina, el género de los musicales está asociado a un nombre propio (en realidad a un dúo de apellidos), y a una obra en especial que se distingue de todas las antedichas. La obra en cuestión es “Drácula”, y sus autores Pepe Cibrián y Ángel Mahler.

Con 20 años en cartel, aunque de manera descontinuada, “Drácula” resulta un fenómeno excepcional desde el punto de vista del éxito de público y las características de la puesta. Como su obra cumbre, “Drácula” fue para la dupla Cibrián-Mahler el mayor éxito nunca alcanzado. Una adaptación de la celebérrima novela de Bram Stoker completamente producida en la Argentina, lo cual lo hace única en su especie, más allá de las siguientes incursiones de Cibrián en el mismo género con mucho menor éxito y trascendencia. Una obra equilibrada, con una delicada narrativa, efectiva en la recreación de climas y con algunos números solistas inolvidables. Una interesante innovación sobre el libro de Stoker, fiel en los aspectos sustanciales e innovadora en aquéllos aspectos necesarios para darle un sello propio a la obra musical, muy distinta al fiasco cinematográfico dirigido por Coppola del cual sólo se recuerda la casi humorística caracterización de Gary Oldman en el papel del conde rumano (por no mencionar la peor actuación de Sir Anthony Hopkins y las siempre lamentables ¿interpretaciones? de Keanu Reeves).

La reposición de la obra de Cibrián en 2011, tras 20 años de su estreno, no mostró grandes innovaciones, pero sí un elenco juvenil talentoso que supo hacer un digno papel tras la figura del siempre imponente Juan Rodó encarnando a Drácula. Volviéndose inevitables las odiosas comparaciones, el nuevo reparto pasa la prueba con holgura. Las coprotagonistas femeninas Candela Cibrián (Mina) y Luna Pérez Lening (Lucy) invierten las señas particulares de las protagonistas originales, su lucimiento vocal quizá sea menor a sus predecesoras, pero logran interesantes matices interpretativos que no abundaban en la puesta original. Interpretar a Jonathan Harker (Leonel Franzesse) siempre resulta contraproducente para el lucimiento de los actores, un personaje opaco que bordea la pusilanimidad, y aquí sí la comparación parece dejar mal parado al nuevo intérprete (brillante Martín O´Connor en la original) aunque siempre queda K. Reeves para redimirlo.

Quizá el principal problema de esta nueva puesta se evidencia en el reparto masculino restante, no por falta de talento, sino porque el fisic du rol de los actores no coincide en absoluto con el que los personajes demandan: así, personajes que debieran verse mucho más hoscos, avejentados y curtidos -tal es el caso del Posadero o el Cantinero-, se ven tan joviales y acendrados que se diluyen algunos otros méritos de su interpretación. Probablemente era el personaje de Van Helsing (Germán Barceló) el que más duda generaba a ese respecto en la previa representación, pero el actor logra suplir con una lograda presencia escénica y una contundente potencia vocal a la sutil interpretación que durante años llevó adelante el veterano Pehuén Naranjo. El elenco femenino no sufre esas dificultades, y cada una de ellas cumple con justeza el momento, durante alguno de los actos, en que les toca lucirse como solistas. Renglón aparte merece la emocionante actuación de Adriana Rolla en el papel de Nani, que también tenía la vara muy alta por la soberbia actuación de Laura Silva en la versión original.

“Drácula” es una obra sólida y emotiva, que nada tiene de menor. Una puesta austera pero imponente (los cambios de escenografía al compás de la música es uno de los rasgos más representativos y característicos de la obra) que, sumado a los muy vistosos vestuarios y los cuidadosos maquillajes, logra impactar al público. Una excelente adaptación de una novela que se vuelve algo completamente original gracias a la subyugante música de Ángel Mahler y las elocuentes letras de Pepe Cibrián. Una obra que cuenta una historia de forma original e imperecedera. Como en aquella oportunidad, hace veinte años, supe con certeza que sería algo que jamás iría a olvidar.

Fernando M. Suárez – De la redacción 

Anuncios