En el marco de las IV Jornadas de Trabajo y Discusión sobre el siglo XIX que se desarrollaron en Mar del Plata, nos pusimos en contacto con el historiador Fabio Wasserman*, investigador del CONICET y del Instituto Ravignani y docente de la Facultad de Filosofía y Letras dela UBA. En esta oportunidad fue dificultoso lograr nuestro cometido. No porque Fabio fuera alguien inaccesible, todo lo contrario. Nuestros precarios medios de grabación conspiraron una y otra vez contra nuestras ganas de entrevistarlo. Los intentos fallidos por grabar la entrevista nos llevaron a optar por enviarle las preguntas por mail y esperar sus respuestas para, de alguna manera, lograr traerle a nuestros lectores lo que, pese a las dificultades, habíamos conversado con él.

A

En función de tu experiencia en distintos tipo de actividades y proyectos vinculados con la divulgación histórica y a la capacitación de docentes, nos gustaría saber cual es tu opinión con respecto a esta triada: investigación-divulgación-capacitación.

Como investigador uno de los desafíos o problemas que más me interesa plantear es el de la relación entre conocimiento y sociedad. En ese sentido, y aunque sé que es inevitable apelar a la idea de divulgación, debo decir que no me convence del todo cómo se la utiliza y qué presupuestos hay tras ella. Se supone que hay alguien que produce o domina un determinado saber que debe transmitirlo al resto de la sociedad y para ello tiene que simplificarlo y hacerlo accesible. Y punto. El problema se reduce entonces a una dimensión técnica: cómo expresar y transmitir en forma simple algo cuya naturaleza es compleja. Esto supone además que el “especialista” (así se lo denomina en las acciones de capacitación) hace una bajada de línea. Simplificando diría que esto supone un sujeto activo (el especialista) y uno pasivo (el destinatario de la divulgación o la capacitación). Como se cree que el interlocutor tiene escasa capacidad, se le hace una papilla como si se tratara de un bebé. Pero eso para mi constituye una forma de desprecio o, como decía un amigo, instala una distancia mortal.

Estos problemas se ven mejor cuando esos conocimientos ponen en discusión o critican valores e identidades de los destinatarios de la capacitación o la divulgación. Esto lo aprendí haciendo capacitación para docentes de todos los niveles (desde maestras de inicial a estudiantes de posgrado), muchas veces en cuestiones relativas a la identidad nacional en la que explico que no es una esencia, que es una construcción histórica, etc. (la vulgata académica Hobsbawm, Anderson, Gellner, Chiaramonte). Este trabajo me hizo dar cuenta que antes de pensar en cómo simplifico algo complejo, tengo que estar dispuesto a posicionarme de otro modo frente a mis interlocutores y asumir que ellos pueden tener otras ideas que son legítimas y dignas de ser atendidas. Muchas veces los académicos se horrorizan de lo que dicen o piensan sus interlocutores (peor: muchas veces lo hacen en relación a sus alumnos). De ese modo hay una suerte de desprecio que hace imposible todo vínculo genuino. Yo trato de plantearlo como un diálogo. Pero no es algo ingenuo o populista en el sentido de que está todo bien lo que tienen los demás para decir, pero sí que a partir de eso podemos empezar a trabajar. En ese sentido, para que no se malinterprete, creo que uno no tiene que dejar de decir lo que tenga que decir sobre un tema (y tocar el de la identidad nacional no es algo menor por cierto), pero sólo si está dispuesto a escuchar lo que los otros tienen para decir y hacer algo a partir de ello. Tampoco creo que el investigador o especialista esté en la misma posición, ya que domina un área de saber y, para decirlo coloquialmente, puede pasar por arriba a sus interlocutores en una discusión. Por eso, insisto, creo que ese “poder” debe ser usado con cierta responsabilidad que no implique un desprecio hacia los otros. Una última cosa: desconfío bastante de la eficacia de las capacitaciones que están pensadas para ser vistas o leídas (CD, Tele, Internet, Libros, etc.) si no están acompañadas por un laburo posterior. Resumiendo entonces todo lo dicho: no creo demasiado en las acciones que no involucran físicamente al investigador y lo ponen en contacto con los destinatarios de la capacitación o la divulgación. Hay que poner el cuerpo también. Y asumir las propias contradicciones.

Al dedicarte al estudio y la investigación sobre el siglo XIX nos vemos obligado a preguntarte sobre el Bicentenario. ¿Qué te parece que ocurrió con estos festejos? ¿Cuál te parece que fue el rol de los historiadores en este contexto?

Algo de lo antedicho se puede ver en relación al bicentenario. Fue un momento de mucha movilización social. Quienes trabajamos temas ligados a la revolución tuvimos un par de años de mucha demanda (académica, comunicacional, en el sistema educativo) y de mucha exposición (al menos para los parámetros habituales). Creo que lo que sucedió, particularmente con los festejos, fue algo que sorprendió a todos, incluso al oficialismo que no sé si esperaba esta repercusión. Como se dice habitualmente, fue una verdadera fiesta, al menos en Buenos Aires. No tengo tan en claro qué de lo sucedido motivó una revisión del pasado nacional entre los participantes.

Los historiadores tratamos de sumar nuestras voces, y algo que me pareció muy bueno es que aparte de las convocatorias, hubo producciones propias como la del colectivo “Los historiadores y el bicentenario” que produjo una película y un libro. Y está bueno que haya sucedido porque si bien es cierto que la historia no debería ser monopolio de los historiadores profesionales (bueno, algunos colegas creen que sí, yo no), tampoco creo que no tengamos que decir nada. Está bueno intervenir en el debate público y está bueno hacerlo con cierta autonomía. Lo otro que no sé, volviendo a la pregunta anterior, es si lo sucedido nos hizo reformular nuestros interrogantes. Sería raro que algo de esta magnitud no impactara en nosotros. Y si no impacta, habría que preguntarse por qué.

¿Cómo te definirías? ¿Cómo un historiador de la cultura, de las ideas, de la política? ¿Cuál te parece que son los principales avances en este campo? 

Bueno, en verdad durante muchos años me costó definirme como historiador. Me parecía presuntuoso: cada vez que tenía que llenar un formulario ponía “docente”. Creo que fue después que me doctoré y entré al CONICET que me asumí como tal: finalmente es de lo que trabajo, así que no está mal decirlo. En cuanto a la especialidad diría lo mismo: soy un historiador. Es cierto que me dedico a temas de historia política y cultural y que me siento un poco alejado de, por ejemplo, la historia económica. Pero eso como investigador. Como docente y para mi formación general, leo de todo no sólo de mi subespecialidad. Más aún, te diría que leo más textos literarios o ensayos que historia. Creo que la hiperespecialización termina embruteciendo.

Los avances son tantos que me resulta imposible enumerarlos. Pero hay algo que me parece muy importante y es que se presta más atención a la dimensión subjetiva de la experiencia histórica. Esto le

da mayor riqueza a las indagaciones, porque para entender qué sucedía es bueno tener presente que creían estar haciendo, por qué, para qué, cómo podían pensarlo, dentro de qué marco conceptual, etc. Después, sí, hay metodologías cada vez más sofisticadas, temáticas impensadas hace décadas, etc. Lo negativo de esto tiene que ver con las modas que muchas veces llevan a privilegiar temas o metodologías, cuando lo prioritario es la pregunta que uno se hace y a partir de ella ver cómo la puedo responder, con qué fuentes, con que metodologías. Por eso me fastidian los trabajos que cada dos renglones remiten a bibliografía teórica o metodológica. En vez de ser una fuente de inspiración son una muletilla.

Finalmente, nos gustaría que nos comentaras qué motivó que, junto a otros colegas, decidieran publicar en Página 12 una respuesta a la nota que había publicado Luis Alberto Romero tras el fallecimiento de Néstor Kirchner:     http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156338-2010-11-05.html

Aunque fue una respuesta escrita con otros cuatro colegas y amigos, voy a responder por mí ya que no formamos un colectivo ni una agrupación.

Digamos que no podía creer lo que había escrito Romero (http://www.clarin.com/opinion/Cristina-lejos-Isabel_0_361763896.html ). Me parecía que dejaba de lado toda posibilidad de poder pensar el presente, el pasado y la relación entre presente y pasado. Era un texto más cercano a la diatriba, lleno de imágenes truculentas y cerrándose a la posibilidad de pensar lo que estaba sucediendo. Los problemas de la sociedad argentina quedaban reducidos a la personalidad de Kirchner y de Cristina Fernández. Los paralelismos históricos eran muy forzados y descontextualizados. Más que un texto escrito por un historiador profesional o académico (y junto a su nombre se aclaraba que es un historiador), parecía una carta de lectores de La Nación. Y no me parece que se deba a un problema de género o de espacio. Romero ya había escrito otros textos contra el gobierno en el que había trazado paralelismos que, aparte de forzados, ofendían a mucha gente (entre una movilización kirchnerista y el fascismo por ejemplo), pero este para mi era increíble (un amigo me dijo que cuando leyó lo que escribimos, le pareció que se nos había ido la mano, pero que después leyó lo de Romero y le pareció que nos habíamos quedado cortos). Aparte hubo otros escritos contrarios al gobierno en esos días (incluso de historiadores), pero que trataban de hacer una argumentación razonada y que trataban de darle cierto espesor histórico o social, se referían a conflictos de la sociedad y no reducían todo a un problema de personas.

Digamos que estas fueron las razones por la que lo escribí. Después podemos hablar sobre cómo se lo leyó. Lo que más me llamó la atención es la gran cantidad de colegas que nos felicitaron, apoyaron, etc. Probablemente en esto se mezclen otras cuestiones más allá de la discusión en sí, pues en algunos casos tiene que ver con internas institucionales, odios personales, etc. No me llegaron comentarios negativos, al menos en forma directa, aunque se que a algunos colegas y amigos no les gustó y que lo veían como algo muy personalizado contra Romero, en particular por lo de “gorila”. Diría dos cosas. Creo que hay un tipo de sensibilidad en sectores de la sociedad argentina que puede ser así definida o descripta (y de hecho muchos la asumen orgullosos). Y no creo que haya sido algo personal: estábamos discutiendo con argumentos una posición pública de un colega y lo hacíamos en forma pública.

Igual entiendo que no es un momento sencillo para hacer discusiones públicas porque todo cae en el binarismo de kirchnerismo/antikircnherismo y así fue leído el artículo. Pero si se lo lee bien, se verá que no es una defensa del gobierno o del oficialismo, sino una crítica a cómo se interpreta el presente. De hecho yo no soy kirchnerista ni antikirchnerista (posición que por cierto enoja a muchos amigos míos que sostienen que es una no posición o una falsa posición).

Alejandro Morea- De la Redacción

*Fabio Wasserman es Investigador del CONICET y del Instituto Ravignani.

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