El mes pasado fui a Buenos Aires en varias oportunidades. Mi estado de ánimo no era el mejor (cómo decirlo: tristeza, melancolía, depresión, acedia), así que cada viaje fue una especie de pequeña reanimación emocional. Para no pensar demasiado y salir un poco de las maquinaciones obsesivo-paranoicas, de los planes frustrados, y hasta de mí, tracé un gran itinerario y me llené de cosas para hacer: visitar amigos, ir al teatro, a recitales, a los museos, salir a caminar y esas cosas.

A la vez, no quería dejar de pensar en las cosas en que venía trabajando o dándole vueltas. Debía prestar atención a todo lo referente a Malvinas e ir a tomar nota de la placa colocada en la esquina donde asesinaron a Rodolfo Walsh. La ciudad padecía un frío retorno a los noventa, empapelada por sus candidatos y por varios anuncios de recitales internacionales.

Y sin embargo, nada de esto llamó mi atención más allá del momento de la mirada. Sí lo hicieron dos de los miles y miles de papelitos distribuidos en masa que llegaron a mis manos (1). Íbamos con Bruno para el Colón y en el piso, en las cabinas telefónicas, en las paredes, encontrábamos estos pequeños anuncios:

 

Nos reímos mucho. Bromeamos y cruzamos con sonrisas la 9 de julio.

Guardé dos de esos papelitos en un libro de Roland Barthes que estaba leyendo, y cada vez que lo abría pensaba algo distinto sobre ellos. Creía ver ahí una expresión de lo argentino, muy propia, muy nuestra. La impotencia de los domingos, su depresión obligada y nada en la televisión; una promoción que llama la atención apelando a la categoría de “ganga”, “un regalo” a través del “2×1” increíble, que siempre parece un donativo hacia el pobre consumidor y su “no me alcanza”; el dardo directo al falo soberbio, agrandado y calentón (“Te animás con 2 rubias?”) para que penetre el volante, penetre lleno de amor y semen a las dos rubias de papel; las fotos de ellas, tan rubias, jóvenes, en tanga, tocándose en la cama, en el baño, mirando a cámara, mirándome, con complicidad, con picardía, con una lujuria fingida de barbie. Y aún así, ni las fotos ni sus anuncios lograron siquiera estimularme y convencer a mi amigo para que, erguido, fuera a buscar la dirección en la guía T.

Yo seguía como sonámbulo repitiendo los últimos diálogos de la última relación perdida, leía los mensajes de ella, pensaba en comprarle algo. Y nada. Las chicas rubias no me calentaban lo suficiente como para poder despedir todo este amor deshecho en una eyaculación rabiosa. Me imaginaba formoseñas tan o más chicas que mis alumnas, viejas sin dientes que para hacerte un petiso tardan lo que la gotera de la canilla tarda en llenar una botella de gatorade. No es que los domingos no pudiera, o que no tuviera plata, o que la incitación del volantito tocara mi orgullo de macho argentino. Ni lejos. No tenía ganas, y a eso no hay con qué darle.

El lunes nos quedamos para ver a Devendra Banhart: la contradicción de ser una estrella del indie. El ambiente palermitano era digno de una bengala de Cromañon. En la cola para entrar se produce este diálogo y ya es suficiente para describir a su público:

– Ay chicas, me quiero ir a vivir a Monserrat.

– ¡Ay no! ¿Y por qué a Monserrat? ¡Es un lugar re áspero!

– ¿Te conté que el otro día me robaron? Iba caminando, tomando mi litro de agua mineral y me para un señor que estaba ahí, en la calle, comiendo un “sandwisht” y me dice “nena, me das agua”, y ¡se quedó con mi botella!

– Y a mí, no sabés boluda, iba caminando, fumando, y un mendigo [sic] se me acerca y me saca el cigarrillo de la boca!

Ése era el ambiente: chicos bien, de escuelas Waldorf, de padres montoneros y que si ellos tuvieran hoy que organizar la lucha armada, la harían, sí, pero con levis y blackberries y las consignas del mayo del 68 que vieron en las películas de Bertolucci. Y tal vez lo peor no fuera  eso, si no que la postal del recital presentase a D.B. como el artista que viene a hacer del hippie-chic no “una tendencia urbana, sino una manera de presentarse en el mundo, personal y sofisticada a la vez”. Viene desde Estados Unidos de América para traer el Evangelio del hippie chic y consolidarlo como una manera de ver el mundo, es decir, una cosmovisión, donde los pobres o peor aún, todos aquellos que están fuera de Palermo, sean poco más que extraterrestres, porque hay amor para todo el mundo y debemos darlo más si no tiene dientes, si los mocos le cuelgan hasta los labios, si no tiene zapatillitas y yo a cambio de unas monedas puedo sacarle una foto y subirla al facebook para que mis amigos, mi pequeña comunidad, vean que soy una buena persona. La gente baila despreocupada, toma cerveza en lata, le grita a Devendra y yo no soporto más estar acá.

Vuelvo, y en el camino de vuelta de la terminal a casa, robo este volante del buzón de unos departamentos:

 

A la vuelta del Ekeko pusieron un “supermercado chino” (cito a la ideología bien pensante, que no distingue origen en este “aluvión oriental”). Ellos apelan al mismo nazionalimo, a la misma configuración identitaria que va a lo de las putas y que se cree con derecho a pegarles por solo pagar, o que saca innumerables fotos de la pobreza de todos los días con el único fin de “hacer arte”, y sentirse menos mierda, más argentino. Pienso, cansado, que si nos detuviéramos a leer todos los volantes, afiches y hojas del día y trazáramos con ello una especie de argentino medio, no tendríamos mucha más opción que la resignación.

Joaquín Correa – De la redacción

(1) De su distribución y recepción, dos cosas son llamativas. Una: el modo que tienen sus volanteros de entregarlos: boca abajo, seleccionando al receptor, como si las teorías de Lombroso funcionasen y el rostro de alguien pudiera indicar “putañero”, lujurioso, etc. Dos: Bruno me cuenta que hay obsesivos que van por las calles y se dedican a arrancarlos, como si ensuciaran a la ciudad, como si ensuciaran el ser de la ciudad, su pureza.
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