La moda de buscar indicios hace años se trasladó a la pantalla chica. Aquello que hizo célebres a Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, a Sherlock Holmes, Hércules Poirot o Miss Marple, hoy lo vemos  a diario, con el ejercicio del zapping, en muchas de nuestras series favoritas.  Para muestras basta un botón…

Quizá el que más se les acerque a aquellos prestigiosos detectives (obviando las versiones televisivas o fílmicas que fueron, por cierto, muchas) sea Adrian Monk (Tony Shalhoub), un ex agente de policía con un trastorno obsesivo compulsivo pero un agudo ingenio y sentido de la observación. Ni hablar del aggiornado ejemplo del post anterior (The mentalist), que saca a la luz la trasmutación del género.

Pero obviando estos casos clásicos, el paradigma del indicio hoy reina (sino es la “vedette”) en la pantalla chica. Incluso las series famosas de hospitales y médicos hoy tienen su “ojo clínico” con Dr. House, un Holmes también médico que a través de sutiles datos y síntomas consigue salvar a su paciente. También, como Holmes, usa bastón y es adicto a las drogas.

Otros ejemplos han colonizado la pantalla; basta mencionar las múltiples versiones “urbanas” de CSI (Crime Scene Investigation). Las típicas series de policías forenses que a través de la recolección de pruebas en la escena del crimen consiguen dar con los supuestos y posteriores culpables. Siempre en torno a un actor de renombre (David Caruso, Gary Sinise, Laurence Fishburne, etc.) y con el sello de Jerry Bruckheimer (archiconocido productor de Hollywood de cine y televisión) las múltiples CSI cuentan hoy con tres opciones para elegir a gusto y piacere del público: Las Vegas, New York, Miami.

Pero lo que nos interesa abordar en este post es la variante que a este juego de indicios y criminales propone “Criminal Minds”. Creada en 2005, la serie versa sobre la Unidad de Análisis Conductual del FBI, con sede en Quantico, Virginia. La diferencia sustancial con otras alternativas del tipo reside en que los indicios son psicológicos y proceden de las formas de actuar del SUDES (Sujeto desconocido). A partir de una serie de datos e información que el criminal deja en su primera víctima, el equipo especializado formula un perfil del individuo para intentar dar con él antes de que siga cometiendo homicidios, atentados o violaciones según el caso. Pero sólo actúan cuando hay “indicios” (nuevamente) de que se trata de un patrón de homicidios múltiples. Su especialización les exige responder nada más que a casos en que varias muertes se encuentran vinculadas y para ello cuentan con un avión particular que los lleva a la brevedad a cualquier lugar de los Estados Unidos. Obvio que el cansancio tras tantos viajes se va notando, pero sobre todo lo que los agota es la perversidad de la mente humana; muchos piensan en dejar por ello la Unidad, pero el afán de poner a los criminales tras las rejas los mantiene a “casi” todos adentro (con obvias excepciones).

Ahondemos un poco en el equipo. Al frente se encuentra Aaron Hotchner (Thomas Gibson), un ex fiscal, sumamente estricto y frío. “Hotch” divide el trabajo y da las órdenes, es quien carga con el peso político dentro del FBI y quien sostiene la mayor parte de las responsabilidades. Siempre a su lado, como partenaire, un agente de “experiencia” y con años encima. En las primeras temporadas se trata de Jason Gideon (Mandy Patinkin), quien comenzó siendo el protagonista de la serie, pero que luego tras años dentro de la unidad y el cansancio que la tarea acarrea deja su cargo (y la serie) en la tercera temporada. Gideon es el maestro. Pocas veces equivoca un perfil, y tiene un agudo sentido de intuición. Tras dejar el cargo, David Rossi (Joe Mantegna), se incorpora. Un agente del FBI retirado y escritor de libros sobre análisis de conducta de criminales. Al lado de Hotch, Derek Morgan (Shemar Moore) es un experto en crímenes obsesivos que siempre entra en acción corriendo y deteniendo a los distintos sujetos. También desde el comienzo el equipo cuenta con el Dr. Spencer Reid (Mathew Gray Gubler), el más joven del equipo, niño prodigio que cuenta con tres doctorados a su corta edad, una capacidad de leer 20.000 palabras por minuto y una memoria fotográfica. La experta en informática es Penélope García (Kirsten Vangness), quien tiene como objetivo cruzar innumerable cantidad de datos (y para ello hackea innumerable cantidad de sistemas) para dar con el sospechoso. De la vinculación con los familiares de las víctimas y del manejo de la prensa se ocupa Jennifer Jareau “JJ” (A. J. Cook), una blonda bellísima sin formación en análisis de conducta pero con una habilidad para manejar los medios y una sensibilidad que se va desarrollando con el correr de las temporadas. Por último, Emily Prentiss (Paget Brewster) se incorpora al equipo con posterioridad y tras la vacante dejada por la salida de Elle Greenaway (Lola Glaudini). Hija de diplomáticos, domina varios idiomas y lentamente se especializa en crímenes con connotaciones sexuales. Sin ánimo de aburrir a nuestros lectores, el cuadro de personajes es lo suficientemente variado como para que el público escoja su preferido y lo siga a lo largo de los episodios.

Lo interesante del formato es que, a pesar de transitar por la sexta temporada, los capítulos casi en su totalidad puede ser vistos unitariamente; comienzan y terminan en el lapso de una hora. Ahora bien, quien consiga engancharse y cuente con el  tiempo de seguir episodio tras episodio, notará que los personajes evolucionan lentamente, crecen sus temores, sus pesadillas, sus vicios, algunos van y vuelven (como “JJ”).

Por todo lo anterior, “Criminal Minds” se “perfila” (con la licencia del caso) como una serie con mucho futuro, con años en la pantalla y con una gran cantidad de fanáticos. Una realización de jerarquía, bajo la dirección de Jeff Davis y con la producción de Mark Gordon y Ed Bernero, que se emite por la cadena CBS (en Argentina en AXN).

El indicio ha vuelto a la pantalla (Sherlock lanza una risa lacónica y Poirot se acaricia el bigote) en sus múltiples variantes y “Criminal Minds” es prueba de ello.

                                                                           Benjamín M. Rodríguez – De la redacción

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