Hace algún tiempo venimos notando, en distintos ámbitos de socialización, que el género masculino está inmerso en un mercado cuya lógica capitalista pone en términos de una transacción lo que otrora discurría por otros carriles. La nota que sigue no admite crítica alguna: ni feminista ni machista, desde posiciones que, con sus aciertos y desaciertos, defienden su pertenencia por oposición y conflicto. Con ello queremos decir que el resultado de charlas mantenidas con grupos de amigos, como las que tienen las mujeres en ausencia de los hombres, no poseen necesariamente una ideología opresiva de fondo. (Sí, me estoy poniendo a salvo por lo que voy a decir utilizando la tercera persona y rechazando la crítica racional)

Desde tiempos inmemorables la mujer ocupa un lugar central en el desarrollo de la vida humana, aunque subordinada, es símbolo de la fertilidad, dadora de vida y creadora de cohesión. Ahora bien, desde aquellos tiempos hasta la actualidad, el hombre respecto a la mujer ha tenido una sola pregunta “¿cómo me la levanto?” Si tenemos en cuenta la frase atribuida a Alejandro Dolina: “Todo lo que un hombre puede hacer, sean proezas y hazañas o, simplemente, hechos destacables, lo hace por levantarse a una mina”, caemos en la cuenta de un doble engaño: por un lado, creer que somos capaces de juzgar nuestros actos (algunos de ellos, tan reprobables, como consolar a una amiga despechada, esperando que cuente con nosotros para vengarse); por otro lado, creer que nosotros elegimos la mujer para la cual nos mostramos (siendo que la mayoría de las veces ni siquiera recordamos su nombre, y dimos con ella por pura casualidad) ¡¡¡ No nos engañemos más!!! La mujer es la que tiene el poder de decisión en una relación. Como ustedes sabrán, y si no lo sabían lo lamento, el hombre propone pero la mujer dispone. Es la que determina el curso legal de la moneda con la cual intentamos acceder al mercado. De allí que muchos sintamos que intentamos comprar con patacones, mercancías a precio dólar.

Ni siquiera planteamos una cuestión de tipo filosófica como “¿Cuál es la mujer de mi vida?”, “¿Cómo comprender mejor a la mujer que me gusta?”, “¿Qué tengo que hacer para no parecer un pervertido e invitarla a tomar un café?” No, nada de eso. Se trata de esclarecer ese instante en el que un sujeto se expone de tal manera que queda indefenso ante la decisión de la mujer en cuestión. Descartamos de este tipo de razonamiento a todos los bananas que se creen con posibilidades de conquistar a cualquier mina, sin importar sus limitaciones personales. Rechazamos, también, el autocompadecimiento solventado en la minusvalía personal de salvaguardar el orgullo en el perfecto anonimato. Eliminamos toda visión romántica que alude al encuentro de dos personas por la gracia del destino, y nos concentramos en vínculos reales.

Nos importan aquellos que desperdician días enteros esperando el encuentro “casual” (lo que muchos jueces entienden como acoso), aquellos que gastan fortunas solventado salidas poco fructíferas (las que no tienen final feliz), aquellos que abandonan todo por compartir un instante con la mujer deseada, aún cuando ella sólo está pasando el rato, esperando ese llamado que atribuye a su madre (esos amigos con esperanzas de no serlo). En fin, todos aquellos que han hecho cosas que jamás confesarían para conquistar a la mujer de sus sueños, la que pronto será su peor pesadilla, cuando los abandone sin acusar factura alguna.

Si algo nos dejó Gabriel Corrado, el referí del matrimonio, es que actualmente todo se resume a una negociación. Conocer a una mujer implica, en los términos de aquel programa de culto, ser capaces de rechazar nuestros instintos naturales y satisfacer cualquier imposición con la esperanza de no fracasar en el intento. Lo cual, según nuestro criterio,  ¡¡¡no es amor!!! En todo caso, se trata de una transacción en la que el hombre es sometido a una subasta pública con cada declaración de intenciones. Tratados como un container de atributos, valuados según la subjetividad de las espectadoras (algunas de ellas sobrevaluadas en sí mismas), nos juzgarán en relación a  sus pretendidos alcances. Es el absurdo implícito en el acto de conquista el que lleva a los hombres a la desesperanza. Si el cliente tiene la razón, en este caso la mujer, la oferta se limita a ampliar su mercado. En consecuencia, somos acusados de aventureros, atorrantes y piratas. Termina por primar, así, una ética de la cantidad y no de la calidad.

Aún cuando la conquista es exitosa y la relación prospera, la negociación continúa ocupando un lugar central en su desarrollo. Asistimos nuevamente con espejitos de colores a comprar tierras ignotas, con la diferencia que allí no nos esperan nativos sorprendidos, sino especialistas del comercio, gitanas de la venta ambulante, operadoras de bolsa, en fin, mujeres. Cuando creemos que todo salió según lo planificado, que fuimos beneficiados en el regateo del amor, ellas habrán ganado el doble haciéndonos creer lo contrario.

Juan Gerardi- De la redacción. 

Anuncios