Péplum es un género fílmico popular, que puede conceptualizarse como una película de aventuras ambientada en la Antigüedad, en especial -aunque no excluyentemente- la greco-romana. El término fue acuñado por la crítica francesa en los años ‘60, usando metonímicamente el nombre de una prenda de vestuario muy frecuente en tales filmes, la llamada “peplum” (del griego peplo), especie de túnica sin mangas abrochada al hombro. El héroe viste generalmente una túnica simple y no porta armas; su gran defensa es su fuerza sobrehumana. También hay un tratamiento irreal de los elementos mitológicos, sin ninguna preocupación por la exactitud y la erudición. Y en general, el ambiente es distendido, de aventura.

La excesiva reiteración de argumentos, y la evidente pobreza de medios de los filmes péplum, terminaron por extenderle la partida de defunción. Así, en 1964 se rueda la que se considera la última película de la honrada péplum, por reunir a los grandes héroes del género en un mismo filme: Hércules, Sansón, Maciste y Ursus (1).

También es de destacar el éxito de las series de televisión “Hércules: Sus viajes legendarios” y “Xena: La princesa guerrera” en plenos noventas, series que en el fondo eran reediciones de las antiguas películas péplum, con efectos especiales modernos y tramas apenas modificadas. De la misma forma, en el año 2000, el director Ridley Scott volvió a la gloria con su filme “Gladiator”. En esencia, el argumento está calcado de “La caída del Imperio Romano”, y en espíritu, es en realidad un péplum de alto presupuesto.

Después de realizar esta breve síntesis de las características del cine péplum, quiero comenzar a analizar lo que realmente me llevó a este post: ver como el péplum reproduce la idea de decadencia presente hasta el día de hoy en múltiples análisis del fin de la antigüedad.

El péplum ofrece a los espectadores una visión de la antigüedad marcada por el maniqueísmo; el bien y el mal se enfrentan en el pasado en un panorama social, político y económico en el que no encuentran su ubicación las tonalidades intermedias. Los grupos gobernantes, las élites socioeconómicas y militares, salvo honrosas excepciones, son los propietarios casi exclusivamente de la maldad en todas sus manifestaciones. Por el contrario, los pobres, los esclavos, los más desfavorecidos albergan en sus corazones un generoso catálogo de virtudes.

El género del péplum ha transmitido, a lo largo del último siglo y a niveles masivos y populares, una visión del mundo antiguo reduccionista y reaccionaria. La gran pantalla primero y luego la televisión han observado básicamente a la antigüedad como el contexto o el caldo de cultivo en donde se gestaba el cristianismo; que nacía allí, pero que seguía su camino hacia el presente. El cine ha popularizado e insistido en la idea de decadencia de la antigüedad, profundizando en la misma senda abierta, en época moderna, por parte de la novela histórica del siglo XIX.

Su discurso infantil y carente de sentido crítico casi por completo, recrea un mundo antiguo polarizado alrededor de los caracteres excesivos: héroes casi “santos” y emperadores sin juicio; mujeres fatales y cristianas fervorosas; héroes, o más bien superhéroes, con capacidad de acción que fatigan un paisaje fundamentalmente urbano e incapaz de tomar cualquier iniciativa independiente.

El mundo antiguo y la civilización romana  se derrumbaron estrepitosamente. En la pantalla, no caben conceptos como los de transformación o de cambio estructural y de mentalidad. La historia rápida que destila el celuloide reproduce la tradicional historiografía de los héroes, una historia hecha en base al gran personaje, marcada por el acontecimiento.

Lo extraño, en la antigüedad popularizada por el cine, es que el mundo antiguo hubiera sobrevivido tanto tiempo, regido por gobernantes que no gobiernan, defendida por militares traicioneros, sostenido por un pueblo siempre enajenado en las diversiones (2) y abandonado por unos dioses tan vacíos como los malos efectos especiales que los representaban.

La decadencia del mundo antiguo que nos ofrece el celuloide abarca todos los ámbitos y, por supuesto, el de la moral y las costumbres sexuales. El cine sólo permite dos opciones, dos caminos excluyentes: o una práctica sexual con fines exclusivamente reproductores, o directamente la orgía, la consagración cinematográfica de la degeneración. El primer camino produce hijos, futuro, esperanza y victoria, el segundo, únicamente soledad, al tiempo que prepara el final para la degeneración de los villanos.

Como podemos ver, esta enseñanza moral que pretende darnos el péplum toma elementos de la tradición historiográfica decimonónica, especialmente de la famosa hipótesis de Edward Gibbon, solo que las reformula eliminando la idea del cristianismo como motor de la decadencia, situándolo como el horizonte deseable. Sin embargo, lo que si reproduce (y creo que en el caso del péplum italiano es aún más marcado) es el conservadurismo y la impugnación de la importancia de las condiciones socioeconómicas, un elemento lógico para un discurso tan conservador como popular.

                                                                                          Emmanuel Juan –De la redacción

 (1) Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili).
(2) Es curioso, pero los ciudadanos romanos jamás son representados en ninguna actividad laboral, solo los esclavos realizan trabajos.
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