La nota que sigue admite, para nosotros, dos lecturas ciertamente válidas. Por un lado, puede ser entendida como una respuesta inteligente e inversamente proporcional al post publicado, en esta misma sección, el mes pasado. Por otro lado, reivindicando la identidad propia del análisis, se concibe como una crítica descarnada sobre “nuestras relaciones humanas”  y los vínculos que ellas cobijan.  El mérito de la autora, Mercedes Valentín, consiste en recoger una problemática que ocupa las charlas de café, y alguna que otra previa, expuesta con la verborragia característica de los sabiondos que allí se lucen, y ponerla en dialogo con sus propias circunstancias personales sin caer en eufemismos estereotipados. La adolescencia extendida, el problema de fondo, evidencia una distrofia ocular que distancia la realidad de las expectativas idílicas generadas por muchas personas que por no involucrarse en un presente imperfecto, pero cierto, prefieren esperar un futuro imaginado e incierto. (Juan Gerardi, responsable de Sección)

Luego de hacerme la “chica linda de la cuadra” durante algunos meses, accedí a sumarme en carácter de invitada a esta refrescante iniciativa de Salieris.

De hecho, es a partir de varias conversaciones con algunos de sus miembros que surge esta nota. Cada charla de café o almuerzo atragantado, nos conduce a realizar un análisis despiadado acerca de las relaciones humanas, nuestras relaciones humanas. Lógicamente, NADIE está a salvo de críticas infundadas ni menos de otras sólidamente argumentadas, críticas a veces compartidas y otras veces no tanto. Conversaciones que son parte de  un momento de disfrute, de terapia grupal, en el cual resulta inteligente ser el último en levantar el tuje de la silla (si es que los demás ya pagaron su café, obviamente…).

En reiteradas oportunidades en esas fructíferas conversaciones, alentadoras de egos personales y promotoras de un famoso eslogan de bebida ”analcohólica” gasificada -¡digamos LAS COSAS COMO SON!- he expresado mi desagrado hacia personas que padecen de incontinencia verbal (esto es, cuando la lengua es más rápida, mucho más rápida que el cerebro) y disminución verbal (sin ansias de ofender o discriminar a determinados personajes que  limitan a dos o tres puteadas la forma en que expresan su desacuerdo ante una situación particular, cuando puede ser considerado una falta de respeto a  nuestro riquísimo lenguaje utilizar siempre los mismos insultos). Pero por sobre todas las cosas, expresé mi desagrado por aquellas personas que, en la actualidad, defienden la desfachatada concepción de una “adolescencia extendida” para justificar sus actos.

¿Pero qué es esto señores? Basta de invenciones postmodernas para justificar el estupidismo juvenil actual.Tenés 20 años, NO SOS MÁS ADOLESCENTE!!! Sos un dolobu que quiere evadir sus responsabilidades, esquivando a la señora MADUREZ, sin sentido alguno del compromiso, salvo con la muy querida play station y la barra del bar al que concurrís todos los fines de semana. Lo peor de todo es que existe una sociedad que apaña esta situación (o por lo menos una parte de ella).

Compromiso. Responsabilidad, es lo que nos está haciendo falta como grupo etáreo, y a los hombres en particular, si del género se trata (ACLARO, NO SOY FEMINISTA). Sino ¡pensemos en nuestros abuelos que a nuestra edad estaban re casados y con varios pibes a cuestas! Como no creo en las boludeces postmodernas, puedo contarles lo que sigue.

Decidí nadar contra corriente y abandonar mi amada family game, con mis juegos de La Sirenita y Mario Bros II, para volar a unas 50 cuadras de mi casa natal y emprender una vida nueva, en una casa nueva, con perros y gatos nuevos…y gente nueva. Es después de un par de semanas cuando nos damos cuenta (hablo en plural puesto que contrasté la situación con amigos/as) que la madurez llegó a nosotras. Maduramos cuando procuramos no callar los ronquidos de nuestros “príncipes” depositando velozmente un boken en sus caras, siendo que a las 03: 28 de la matina ya contamos 10.859 ovejitas, para luego empezar a jugar poker con nuestro celular despertador. Maduramos cuando respondemos, ante las 38 preguntas por segundo matutinas (es decir, ni bien abrís un ojo), con un suave elevamiento de alguno de nuestros dedos medio, siendo ésta nuestra única parte del cuerpo que queda sin cubrir por las frazadas. En definitiva, maduramos cuando entendemos que los ”príncipes” (por lo menos los modelos ’80 en adelante, y no incluyo los anteriores por mero desconocimiento) vienen más bien celestes. Apenas un azul tímido….

Una vez que, a muy duras penas, logramos aceptar que desde la más tierna niñez nos han mentido con cuentos y leyendas, iniciamos un arduo camino. Esto es tomar la decisión de dejar pasar el tren, y abordar el siguiente, o establecer una relación comprometida con quien nos deja el toallón mojado arriba de la cama, luego de una ducha no menor a los 45 minutos. Pero ¿por qué optar por la segunda opción? ¿Tal vez porque el próximo “Ken” puede llegar a ser peor del que tenemos? ¿O tal vez, porque a pesar de todo, nos terminamos encariñando con esa estufa humana que nos permite colocar nuestros pies congelados sobre ella sin decirnos nada? Bueno, alguna puteada sí, pero la situación no se altera.

Entonces, si en la vida te cruzas con un roncador compulsivo, pero que es comprometido con la gente y con lo que hace y que además tiene ciertos niveles de madurez, ¡NO DEJES PASAR ESE TREN! Porque sólo te los vas a cruzar una sola vez en la vida, si es que te lo cruzas…

 La sociedad está llevando a nuestros (intentos de) hombres por pésimos caminos… Como una simple reflexión final, sepan muchachos que es harto deserotizante el cuarentón que vive con sus viejos y su tiempo libre lo destina ala WII o colecciona muñequitos inmaculados (cual Andy de The 40-Year-Old Virgin). Por eso, yo propongo que le digas NO A LA ADOLESCENCIA EXTENDIDA, porque hoy son boludones inmaduros pero mañana serán terribles boludones desantropologizados.

Mercedes Valentín – Columnista invitada.

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