Existe un gran merchandising sobre Malvinas, sobre la Guerra de Malvinas. Que produce mucho. Que vende mucho. ¿Por qué? Pienso lento y me doy dos respuestas: porque le tenemos respeto a los ex combatientes y sentimos una deuda con ellos y la causa defendida, o porque somos cínicos, desinteresados, consumidores vacíos del presente y no le tenemos respeto a los ex combatientes ni sentimos una deuda para con ellos y la causa defendida, pero aún así nos duele –mínimamente, es cierto- la conciencia y sentimos, tal vez, un poco de consideración. En ambos casos, la respuesta es la misma: comprar un producto de Malvinas, consumirlo en mayor o menor grado de atención y reflexión, y después a otra cosa mariposa.

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Guarisove en un corto de Bruno Stagnaro de 1995, inmediatamente anterior a Pizza, birra y faso, film elevado al rango de manifiesto y poética del denominado Nuevo cine argentino, lleva como subtítulo “Los olvidados”. Y allí, en ambas denominaciones, tenemos las dos voces de la historia: por un lado la ceguera y las bravuconadas de un colimba autoascendido a coronel frente a un pastor inglés que, tranquilo, dice “War is over” y el argentino cargándolo, tachándolo de hippie á la Lennon, le repite y grita, en caliente y porteño: “Guarisove las pelotas viejo”; y del otro, a unos chicos preocupados por sintonizar el partido de River – Boca en una trinchera.

¿Qué pasa con esto? Sencillo: una generación, o más, y se siguen repitiendo las mismas imágenes, ya devenidas en cliché a-críticos, desgastados y hasta rebosantes de color local. Las armas trabadas, los rasgos provincianos de los combatientes (esos “pibes”), el maltrato psicológico de los superiores, las condiciones climáticas, la falta total de información, el olvido, la ponderación de la fuerza (los huevos, el aguante) del ejército argentino frente a los ingleses tan profesionales, tan pecho fríos. Y hasta el infaltable “vamos ganando”. Ok, hay un distanciamiento de Stagnaro a partir del cual se intenta el ridículo, la génesis del humor y hasta el espacio de la crítica. Pero bajo el mismo discurso.

Gamerro dijo que “la guerra de Malvinas fue, en principio, una guerra de ficción: ficción imaginada por la dictadura y escrita por la revista Gente.” Y no podemos salir, todavía, de esa escritura. Si con la vuelta de los soldados nace otra versión de los hechos, que es consolidada por los diversos estudios históricos, esa versión no sale del estrecho margen instaurado por el relato del Terror de la dictadura, no puede salir y su respuesta máxima es la inversión. Es curioso ver la inexistencia de un relato “fantástico”, por ejemplo, que trate el referente “Malvinas”, siendo que ésta es una de las grandes tradiciones en la literatura argentina. En cambio, dichas producciones se encuentran fuertemente ligadas a lo referencial y a la reproducción de los hechos, perdiendo la distancia que posibilita un real enfoque crítico. Si no varía la forma, el contenido explicitado una y otra vez, caerá dentro del mismo discurso. Stagnaro, tan crítico en sus films, no hace más que reproducir las imágenes de Gente, invirtiéndolas, mostrándolas con sorna, como sea, pero careciendo de una postura fuerte que sea capaz de oponer otro relato al ya establecido, o al menos dibujar el camino de su posibilidad.

La crítica real, no careta, está en el distanciamiento, en el cambio del modo de ver, crítico, autorreflexivo y comprometido. Creo que algo así dijo Borges hace ya casi un siglo. Estamos hablando de distancias, y si respecto de Malvinas es corta temporalmente, debiera ser profunda ideológicamente.

Joaquín Correa –De la redacción

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