Tradicionalmente nos acostumbramos a computar años, décadas y siglos basándonos en abruptos cortes históricos. Y es por ello que no nos parece nada raro pensar los años ’60 como el periodo donde el sexo, las drogas y el rock´n´roll conquistaron la cultura estadounidense como un factor disruptor de las tradiciones y valores más conservadores de esa sociedad.

Sin embargo, casi siempre se ha visto con cierta simplicidad y esquematismo a este fenómeno: se piensa en una joven generación que encuentra su forma de protesta más acabada en la subversión de los valores centrales de sus padres mediante el impulso del sexo libre, la incursión en nuevas realidades a través de lo más variados estupefacientes, y la génesis de un poco de ruido con unos cuantos instrumentos eléctricos.

Si bien tales actos de disconformismo verdaderamente existieron, pareciera que esa imagen ha creado una especie de mistificación de una década cargada de conflictividad, donde confluyeron diversos movimientos civiles y culturales. Para el caso, tomaremos como ejemplo a la “generación Woodstock” (o Hippismo), una de las tantas expresiones culturales (contraculturales más precisamente) que florecieron en ese entonces.

El movimiento hippie se expandiría desde su California natal con mucho esplendor: el Verano del Amor de 1967 en San Francisco (mucha psicodelia beatle) y decae estrepitosamente por algunos desafortunados sucesos: a) durante el recital que en diciembre de 1969 brindan los Rolling Stone en California, la banda de motociclistas Hell´s Angels -empleados como “seguridad” del evento- causa la muerte de un joven negro (las imágenes tomadas demuestran que no fue un accidente); b) fallecen íconos indiscutidos: Jimi Hendrix en septiembre de 1970, Janis Joplin en octubre de ese mismo año y Jim Morrison en julio del ´71.

Pero, paradójicamente, su momento de mayor apogeo cultural e ideológico también es a fines de los ’60. Así es como, en agosto de 1969, pudo realizarse en una granja de Nueva York uno de los festivales más grandes y recordados de la historia del rock mundial: Woodstock. Durante 3 días de paz y música convergieron en un mismo espacio más de 400.000 personas, con la intención de escuchar a una gran diversidad de músicos. Sería la última muestra del gran alcance de la cultura “flower power” en Norteamérica.

¿Cuáles son las lecturas que pueden hacerse sobre este hito del rock? ¿El hippismo representaba un verdadero movimiento contracultural o sólo fue una corriente que no pudo escapar de su primigenio “utopismo” pacifista? Asimismo, ¿qué fue lo que impulsó a que muchos jóvenes abrazarán el pensamiento pacifista y la cultura del amor libre?

I – Brecha generacional

Promover el amor libre en los sesentas no era una cuestión menor. Consideremos que para ese mismo momento, los habitantes negros del sur de Norteamérica no podían compartir ciertos espacios que eran exclusivos para los blancos: colectivos, restaurantes y escuelas estaban diferenciados, y ni hablar de que pudieran votar!!!; así que pensar en mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, utilizar anticonceptivos, o manifestar cierta ambigüedad sexual (y jugar con ello) representaban grandes pecados ante los ojos conservadores.

Fue un corte abrupto, pero a la vez transicional. El gran problema de los jóvenes es que se vuelven adultos. Y esto implica que los cambios deseados tienen que ser lo suficientemente profundos y a la vez factibles de llevar a cabo. La apertura sexual aún hoy cuesta apreciarla, pero tampoco podemos afirmar que la discriminación racial haya sido saldada. De todas formas, el avance fue significativo. Lo destacable es que miles de jóvenes encontraron nuevos espacios de expresión, tanto en el ámbito de las universidades (Berkeley a la cabeza de la militancia estudiantil), como en el ámbito artístico (la literatura y la música principalmente).

II – Antisistema

Hacer de este mundo, un lugar mejor… era la premisa con la cual la cultura “hippie” impregnó la época. Reclamaban un cambio, envueltos en una sociedad insensible ante los hechos que ocurrían de discriminación y violencia. Por ello rechazaban todo lo que el sistema les brindaba. Hubo años de protestas por los derechos civiles, con movilizaciones y sentadas en edificios públicos o participando en convenciones partidarias (únicamente, creo, del Demócrata).

Pero otros llegaron a la conclusión de que la mejor manera de no pertenecer a ese “mundo” era salirse de él (o por lo menos mantenerse en los márgenes). Y así las comunidades hippies se convirtieron en la expresión de convivencia pacifica entre los humanos, y entre ellos y la naturaleza. Espiritualmente constituir una comunidad era lograr la realización plena de los ideales “hippies”. Materialmente, fue el gran fracaso “hippie”. Lo que se pensó para toda la vida no sobrevivió por muchos años. A lo que se sumaron algunas contradicciones menores, como las suscitadas con el consumo y la mercantilización de aquellos productos típicamente “hippies”. Todo se vuelve mercancía en el capitalismo, no hay con qué darle!

III – Pacifismo

El marco político en el cual está ceñido “Woodstock” (el “clima de época”) tiene como primera ligazón un hecho externo (pero a la vez muy nacional): la Guerra de Vietnam, en la que Estados Unidos interviene directamente en 1965 y que prolongará hasta 1974, con la retirada sin laureles de los últimos marines del territorio de lo que fuera la antigua Indochina. La paz, entendida como consigna política, confrontaba directamente con la idea de patriotismo. La polarización durante la Guerra Fría era tal que la interpelación a rechazar una guerra contra el enemigo comunista te volvía, indefectiblemente, en comunista.

Dentro de los que rechazaron la guerra desde los primeros días, se encontraba un sector del hippismo fuertemente politizado. Fueron los propulsores de la realización del festival para así demostrar al mundo la fuerza de este movimiento. Y el destacado (más aun que los militantes que disertaron durante esos tres días) fue Jimi Hendrix, con un solo de guitarra que hizo estremecer a la concurrencia tocando el himno nacional como forma de protesta.

Pelos largos, rechazo de los valores familiares, poca voluntad de someterse al mercado de trabajo: constituían las imágenes contestarías de una generación que no pretendía tener algo en común con sus mayores. Pero que tampoco era ajena a lo que estaba sucediendo en Vietnam ni de lo que le estaba ocurriendo a miles de estadounidenses que marchaban al frente. Los ojos conservadores miraban con recelo a esta generación “despreocupada” (como dijo Reagan, el hippie es “un tipo con el pelo como Tarzán, que camina como Jane y que huele como Chita”): sexualmente afeminada por sus pelos y sus vestimentas, vaga y sin futuro por su apatía hacia el sistema y comunista por su rechazo de la guerra. Simple y esquemático (como todo pensamiento conservador) el hippismo se nos presentó como una versión gay del comunismo holgazán… Pero parece que su ideología, discursos y prácticas recorrían otros rieles…

Joaquín Marcos – De la Redacción

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