Había dos formas de inaugurar esta sección: o se hacía una reseña y/o análisis de un cómic de nivel, o se iba de lleno a la génesis del proceso de maduración y aceptación actual del mundo de la historieta: la novela gráfica “Watchmen” (Alan Moore, Dave Gibbons, 1986). Y es que si antes que nada no me refiriera a la opera magna de Alan Moore estaría, simplemente, fallándole a todos los que se acercan a estas líneas.

Debo asumir que quienes han podido leer el cómic son una minoría entre los que llegan a esta publicación, así que me voy a enfocar en los novatos, incluso en los que vieron la película. ¿Por qué decía que les fallo si no comenzaba la sección hablando de “Watchmen”? Debido a que es el hito fundante de la historieta occidental moderna. Los últimos 25 años de cómic son tan sólo una anotación al margen de las páginas de esta obra.  Y no pretendo escribir algo original sobre uno de los exponentes más magníficos de la literatura anglosajona contemporánea, sino realizar un trabajo, en algún modo, evangelizante. Llegar a los gentiles y convencerlos de que le hinquen el diente a este libro. Créanme, vale la pena.

¿De qué la va? Bueno, a  grandes rasgos “Watchmen” nos presenta una historia alternativa de nuestro planeta en la que existen héroes enmascarados. Pero Moore no se contenta con esto, sino que moldea el mundo de su época, presentando un increíble “que tal si” de una década del ’80 influenciada por la aparición de estos personajes cincuenta años antes. Lo precioso aquí es que el autor no propone tan sólo un marco para sus criaturas, sino que diseña un contexto histórico-político modificado por el surgimiento de las mismas, al mismo tiempo que éste condiciona sus acciones, decisiones y sensaciones. Un trabajo exhaustivo para crear un mundo de opresiones, con un Nixon que busca su cuarto mandato como presidente, una guerra nuclear que parece inminente, y la proscripción de los superhéroes (a excepción de los que trabajaran para el gobierno). Y la pregunta omnipresente: ¿Quién vigila a los vigilantes?

La historia inicia inmediatamente después del asesinato de Edward Blake, también conocido como The Comedian (El Comediante), uno de los personajes más importantes de la trama, aunque sus únicas apariciones sean a través de recuerdos del resto del reparto. Cínico, nihilista y brutal, Blake fue miembro de la primera camada de hombres que se disfrazaron para combatir el crimen durante los años ’30, los Minutemen. Expulsado del grupo por un incidente mayor, pasó a actuar para el gobierno, como “héroe” de la Segunda Guerra,  y para distintas operaciones secretas durante la guerra fría. Siguió trabajando para los EEUU luego de que se prohibiera el accionar de estos vigilantes. Su nombre proviene tanto de su disfraz (entre juglar y “joker”) como de su particular filosofía de vida: el mundo es una broma, y solo él entiende el chiste.

El que investiga su asesinato es Rorschach, único enmascarado que sigue trabajando por su cuenta, y, por tanto, es perseguido por la ley. Ideológicamente de extrema derecha, este individuo realiza su trabajo en los bajos mundos, torturando criminales para sacar información y castigando por su cuenta. Es quien comienza a guiarnos por el universo Watchmen,  y el único del que no conocemos su verdadera identidad.

Jon Osterman, mejor conocido como Dr. Manhattan, es el único personaje que posee superpoderes. Capaz de transformar la materia, aumentar y disminuir su tamaño, reconstruirse, y dividirse en distintas copias de sí con una misma conciencia, es la principal causa del universo alternativo en el que transcurre la obra. Manhattan ve el tiempo de forma no lineal, sino en su totalidad, por lo que tiene conciencia de pasado, presente y futuro al unísono, aunque no actúa en consecuencia. Se unió a The Comedian a pedido de Richard Nixon, ganando así la guerra de Vietnam, elevando enormemente la popularidad del presidente y colocando a los EEUU en una situación de poder a nivel internacional imposible de contrabalancear, lo que puso ala URSSen una situación de emergencia nuclear constante. Osterman refleja no solamente la influencia de un superhombre en un mundo real y realista, sino que además nos muestra la relación y el distanciamiento progresivo de un individuo de ese tipo con el género humano.

Laurel Juzpeczik, es Silk Spectre, una heroína ya retirada y en pareja con Jon Osterman. Hija de una de las Minutemen originales (de mismo nom de guerre) su personaje plantea el tema de la identidad. Forzada a ingresar a esta profesión por su progenitora, y casada con lo más parecido a un Dios que el hombre haya conocido, es uno de los ejes del cuestionamiento sobre quiénes son estos superhéroes.

Daniel Dreiberg, AKA Nite Owl, es un ornitólogo experto en diseñar gadgets que tras recibir una herencia millonaria tomó el nombre de uno de los Minutemen para combatir el crimen. Compañero de andanzas Roschcach (el “bueno” del dúo), y retirado en la actualidad de la historia, refleja la situación de “jubilación prematura” de estos héroes, pero en especial la sensación de impotencia de estos ante una inminente guerra nuclear. Tipos que quisieron cambiar (y cambiaron) al mundo ante algo mayor a todo lo antes visto.

Adrian Veidt, Ozymandias, es un acrobático héroe autoproclamado “hombre más listo del mundo” que se retiró antes de la ilegalización de la actividad para explotar su imagen a través del merchandising  y distintos productos, volviéndose así multimillonario. A pesar de ser el hombre de mayor exposición pública en la historia, es a su vez el más apartado del grupo.

Y hay todavía más. Pero la grandeza de Watchmen va más allá de su trama. Su  diseño explota al máximo las capacidades del formato cómic. Moore y Gibbons introdujeron, intercalando paneles, una historieta que uno de los personajes lee, dentro de la historia misma, así como, entre capítulo  y capítulo, aparecen documentos de distinta índole: artículos de revistas, fragmentos de la autobiografía de uno de los Minutemen, documentos de la policía, etcétera.  Esto permite una lectura más profunda de la trama, mientras amplía el universo Watchmen y nos sumerge aún más en el mismo. Cuando, entre suceso y suceso, leés un paper sobre la injerencia del Dr. Manhattan en la política internacional o un perfil psiquiátrico de Rorschach, bueno, es imposible no sentirse dentro de algo mucho mayor de lo que se esperaba.

Y los detalles,… los detalles. Watchmen está plagado de ellos, lo que la transforma en una historieta con una posibilidad de relectura jamás igualada. Desde el capítulo “Fearful Simmetry” donde la estructura de viñetas es perfectamente simétrica, hasta la estética, a medio camino entre retro futurista, que cuadra perfectamente con un mundo que no atravesó el trauma de los ’60-’70 (gran mérito de Gibbons), pasando por las caras sonrientes (insignia de The Comedian) que se suceden, ocultas, por todo el libro.

Este cómic cambió para siempre la visión que se tenía sobre el noveno arte. Introdujo en la historieta anglosajona un nivel literario nunca antes alcanzado (gracias a un Alan Moore que ya había revolucionado el género de terror con “The Swamp Thing”); deconstruyó la figura de los superhéroes, impidiendo que de ahí en más ni Batman, ni Superman, ni nadie pudiera ser desarrollado o leído de la misma forma; y por último creó un símbolo, una obra que podía ser utilizada como referencia y bandera por los amantes del género, permitiéndoles ver a la cara a cualquiera que los mirara mal y, con orgullo, enrostrarle Watchmen, aplacando, al menos por un instante, su complejo de inferioridad.

                                                                       David Fernández Vinitzky – De la redacción

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