La conversación, fuera de la edición mensual de Palabras Transitorias, se hace eco de la llegada de un artista que podría ser visto como una síntesis de la propuesta de este blog: Gabo Ferro, músico e historiador, vuelve a la ciudad para dar otro de sus particulares conciertos: lugar de reunión, de sentimientos encontrados. Para esperarlo, para anticiparlo antes de su presentación del viernes próximo, 8 de julio, en la sala Melany, esta es su voz:

– Cuando hablo de vos, de tu música, terminan diciéndome “bueno, pero entonces: ¿qué hace?”. Creo que ahí radica gran parte de la fuerza de tu trabajo, lo inclasificable, lo que no cierra, lo que excede cualquier clasificación impuesta. Las definiciones que te imponen van desde “rock”, “folk”, “indie”, “melancool”. Me gusta decir, al final, que sos un cantautor. ¿Vos cómo te ves?

Etiquetar tiene la pretensión de sedar. Quien te fija en una clasificación – si lo sabrán en los museos – te clausura para quedarse en paz, para no sorprenderse con la cosa ni que la cosa te sorprenda, es casi una operación de anulación del artista y de su obra. No escapo ni busco la etiqueta; la desconsidero completamente y quien quiera obviarse la escucha de las canciones que la disfrute. La clasificación es hija de la vieja modernidad y devino útil para los campos duros pero no para el arte que recurre a ella para la circulación comercial; no le sirve para nada más. En cuanto a las definiciones que citás puede haber un poco de cada una dependiendo de qué lado de la cosa intentes definirte; desde el estético, desde el de la producción, el de la circulación, el de la divulgación de tu trabajo y etcs. varios. Cantautor se acerca, aunque no sé siquiera si respondo a su definición de diccionario.

Lo que no puede dejarse de lado al momento de hablar de tu obra, de tus intereses, de tus proyectos, es el compromiso. Ya sea desde las canciones o bien participando en recitales abiertos en defensa de una determinada temática (la legalización del aborto, recientemente), tu voz se hace presente. E incluso parece ir en sentido contrario a la tendencia dominante de la música actual.

Involucrarse ética y estéticamente – por decisión propia o no – te coloca en un sitio definitivo. Este determinismo puede espantar asistentes a conciertos y compradores de discos, cosa que asusta a muchos. Quienes ven este tránsito de la música y la palabra como una salida laboral no involucran su persona (¡y menos a su personaje!) con estos temas pero, digámoslo de una vez, no es posible permanecer indiferente frente a las cosas y mucho menos frente a aquellas que tocan cuestiones relacionadas con el dolor o la injusticia. El material de nuestro trabajo – además de cierta técnica –son nuestras sensaciones, nuestros cuerpos, nuestros sentimientos y las reacciones de todos contra todos y de todo contra todo. Esta materia conforma la historia. En ese caso en particular que citás ¿qué compañera, qué madre, hermana, prima, amiga o mujer – conocida o desconocida – no ha pasado por ese tránsito en estado de culpa y para colmo cargada como delincuente por decidir sobre su propia física y su propia historia? ¿Se colocó “sola” es ese status? Esto también es cosa de hombres. Cierta clase política debe asumirnos ya como una ciudadanía adulta capaz de decidir sobre sí misma en todos los campos y de cargar con su propia conciencia. Es hora ya de dejarnos solos.

Hace apenas unos días se cumplieron treinta años del primer informe de la ONU sobre el sida. Ahora que mencionás al cuerpo y la voz, lo recuerdo. Y más aún, con la injusticia. Tu tarea de investigador en historia y tu trabajo como músico están estrechamente ligados y son atravesados por esos puntos: el cuerpo, la voz, la justicia, el silencio…

Todo lo que pasa pasa por el cuerpo. Pertenezco a la primera generación de quienes fuimos adolescentes en los 80s y comenzaron su vida sexual-genital cuando el estado argentino aún no había lanzado ni media campaña informativa – y mucho menos preventiva – sobre el VIH/SIDA. Un estado-ignorante, en silencio, desatento, confesional o servil es también en estos campos un estado terrorista; asesino. Quedamos algunos de tantos. Nosotros nos volvemos viejos y nuestros primeros muertos quedaron eternos de 16 o 17 años. Siempre hay y habrá un recuerdo para ellos; un lugar en la imaginación para recrearlos pelados, madres o realizados en sus sueños. Mi generación carga también con la angustia del sobreviviente y esto motoriza y atraviesa toda nuestra sensibilidad.

Un cuerpo histórico, entonces; estamos hablando de cuerpos no ya que atraviesan la historia, sino que ella misma los lleva por delante. Y creo que todo esto que decís está en tus canciones, y muchos más en tus interpretaciones. Está ahí, arriba del escenario, es tu voz y lo que genera en el espacio. No ya un recital de música, si no un concierto. Un concierto de muchas cosas ahí arriba…

Muchas y muy antiguas. Me gusta remitirme a lo ancestral de esta circunstancia que llamamos concierto. Hay algo que se pierde en el tiempo del hombre en que unas cuantas personas se reúnan para escuchar a alguien que deja de hablar para decir algo con melodía para culminar juntando las manos –no un artefacto… nuestras manos – para producir el ruido colectivo que llamamos aplauso. Desde allí hasta hoy todo eso llega al momento del encuentro.

¿Algo de eso volverá a suceder el próximo viernes en la ciudad? ¿Qué recordás de tus conciertos acá? ¿Qué anécdotas o experiencias guardás de ellos?

Espero que sí. Al menos trabajo para que eso suceda pero yo sólo aporto la mitad de la cosa. Soy el brujo que abre el portal; la sirena que encanta. La otra mitad para el viaje viene de la platea, el ánimo de querer atravesar la puerta, de dejarse encantar. Mar del Plata es una ciudad muy cargada para mí y cada concierto tuvo efectivamente su carga propia – y hasta su anecdotario – pero es una lista larga.

Joaquín Correa – De la Redacción

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