i.

El silencio. El silencio es el punto de partida.

A lo largo de su producción, el trabajo con el silencio se ha hecho progresivamente más consciente, deliberado, fuerte, explícito, denso. El silencio valorado en sí, y no como oposición al sonido, sino como el lugar donde éste se produce, como el lugar que es indicio de la existencia del sonido. Si normalmente pensamos al silencio desde los sonidos, si tomamos en cuenta su existencia a partir de la ausencia o del resto del sonido, Gabo Ferro propone otra cosa: escuchar al silencio, dejar habitar al silencio, permitir que tome cuerpo, materialidad. No en oposición al sonido, sino como otra lógica posible. El silencio no impuesto, el silencio en sí, el silencio en su espacio, tal vez sea mucho más democrático que las palabras y los diálogos: en el silencio uno se encuentra consigo mismo, su subjetividad e identidad. Luego sí, la salida al mundo y los demás, pero transformado.

Me daba cuenta que el silencio es el fantasma de los sonidos. Y que si bien una historia que yo pueda estar contando remite a una cosa puntual y que todo sabemos que puede haber en la historia un bajo profundo que remite a tu propia historia personal, en el silencio está tu propia historia, con tu nombre, tu apellido, los personajes tuyos, tu propia cara, tu propia vida, todo lo que te pasó y lo que pensás que te va a pasar y lo que te está pasando. Y a veces eso es insoportable.

Creo que la música de Gabo es movimiento puro en pos de su anulación y destrucción en el silencio. Narración y contemplación. El escucha distraído, inocente es cooptado por la voz, atraído a su universo particular y convencido de su existencia. Las pausas entre relato y relato, las anécdotas o chistes entre canción y canción, los silencios en varios lugares, configuran pequeñas rupturas del sonido, de la seriedad del sonido, son breves atisbos del final: el sentimiento de desnudez, abandono absoluto del final de su canto es la prueba de que allí, en ese momento, pasó algo, hubo una experiencia. El sujeto se concentró sobre sí, tanto que sólo al salir de esa atmósfera se da cuenta de su inmersión. Se da cuenta que ese sí mismo es su realidad y lo de afuera le parece mera ilusión: deteniendo el tiempo, aceptando de cierto grado la presencia del silencio, el espectador entra en el universo (páramo y desierto) que le propone esa voz ahí delante y sólo cuando ella se retira y le dice que todo ha concluido, el espectador entiende que eso también es la realidad, que eso conforma también a la realidad, que eso es lo que perdió de vista en el frenetismo de lo cotidiano. La angustia por lo perdido, por lo desperdiciado, la angustia del yo cuya mirada ha perdido su precisión en el dominio de lo ajeno. La música de Gabo es la resistencia de la subjetividad en el tiempo.

ii.

Gabo Ferro tuvo que quedarse mudo para cantar así. Su producción actual surge del mutismo, sus canciones son así porque surgen del mutismo. Y lo conocen.

iii.

El silencio es anticapitalista: no hay consumo. El silencio de Gabo, la zona que crea y nos propone es una efímera alternativa a la enajenación, porque allí el sujeto es sujeto, porque allí el sujeto lleva por fin su nombre, porque allí el sujeto finalmente es por sí mismo. Los deberes sociales que definen y segregan en clases quedan fuera de la voz: el deber del consumo y el deber ser de lo normal se anulan no cuando se oye la primer nota, sino cuando el espectador toma en serio su rol, y lo revierte sobre sí mismo, entendiendo la interpelación de la voz.

iv.

Por eso es difícil escuchar a Gabo por la calle. Porque si le prestamos atención, si le damos el espacio que reclama la atención pura, la experiencia de la audición abierta y expectante seremos atropellados por un auto, nos llevaremos puesto a un hombre ciego, o pisaremos una baldosa floja. Porque el tiempo de hoy – aquí nos reclama, mientras que esa voz tiende lazos hacia lo otro, lazos que le resultan malditos al tiempo del deber ser ciudadano. Atender a la voz es sumergirnos en nosotros mismos y las resonancias interiores que esa voz despierta: de modo similar al despido de Astier, la exigencia de “brutos para el trabajo” no acepta personas que sean otra cosa que engranajes productivos.

v.

Hablar del silencio, desde y con el silencio es quitarle, al mismo tiempo, su característica autoritaria y plantear otra posibilidad, lógica y justificación. De allí su rol de historiador: hablar del pasado en el presente, de lo público y lo privado, de la sangre y la enfermedad. Viene a decir: es posible otra pedagogía del silencio, que lo tome no como arma o manifestación del terror (lo acallado, lo silenciado) sino como medio para el re-conocimiento de los individuos.

Cuando el silencio se oculta, cuando se tapa, surge el residuo, queda en lo material el residuo: una especie de resto que molesta e impide la coherencia de la realidad. La historia no como algo muerto si no como algo que nos llega: las oposiciones al poder dejan marcas en los cuerpos y en la calle: símbolos de lo silenciado, resistencias del silencio. Ahí, la memoria como algo siendo. La memoria y la persistencia del silencio son la esperanza de otra cosa. Por eso, la memoria de Estela de Carlotto surge en una canción suya, por eso el resto manifiesta su presencia en el recuerdo.

vi.

Escuchar a Gabo Ferro, detenerse a escucharlo representa una actividad sumamente comprometida, en principio egoísta, luego, en la reunión con lo social, transformadora. Porque si tenemos en cuenta que “la estructura mental que funciona a base de contrarios tiene una gran rentabilidad ideológica” (R. Barthes) la anulación de los opuestos, el develamiento de las estructuras y representaciones que rigen nuestros movimientos es, más allá de su objetivo principal, el más arriesgado.

Joaquín Correa – De la redacción

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