Decidí contactarme con Federico Lorenz (historiador, docente e investigador) luego de haber leído varios de sus artículos y, sobre todo, su libro Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes debido a la gran cantidad de inquietudes que me surgieron a partir de su lectura. Las islas Malvinas son las protagonistas de estas crónicas escritas después de una estadía allá. Las cartografías del espacio y el tiempo se mezclan, para decirnos cuán presentes están las Islas dentro nuestro.

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“¿Se puede volver a un lugar en el que nunca se estuvo?”: así arrancás Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes. ¿Pudiste responder a esa pregunta una vez que volviste de las Islas? Antes que eso, ¿cómo es, qué implicancias tiene para vos, preguntarse sobre Malvinas?

Después del viaje tengo la certeza de que sí. La verdad es que una gran cuestión que me traje de vuelta es la sensación de la arbitrariedad de las barreras temporales y físicas. Las Malvinas en este caso, pero otros espacios significativos porque en ellos encarnamos historias y experiencias son territorios que trascienden todo el tiempo las formas convencionales que tenemos de pensar los límites: geográficos, temporales, entre los vivos y los muertos. Tal vez sea un poco místico plantearlo así, pero esa es la sensación. Entonces, la cuestión de la pertenencia –o la propiedad- pasa por un plano completamente diferente. No tengo, sinceramente, respuestas a esas ideas, que por ahora son impresiones que me traje.

En cuanto a la segunda pregunta, preguntarse sobre Malvinas, en esta clave, es hacerse preguntas acerca de la política que hemos construido desde el final de la guerra, y este es un interrogante que trasciende por mucho la “cuestión Malvinas”, es decir, la disputa por la soberanía.

 

El viaje a las Malvinas se dio en unas condiciones muy especiales, gracias a las cuales podés presentar en tus crónicas dos voces que pocas veces ocuparon un mismo espacio: la de los ex combatientes y la de los habitantes de las islas… Volver a Malvinas implica, además y por sobre muchas otras cosas, acercarse al dolor, acercarse a la muerte, no sólo en el espacio mismo, sino en las experiencias de los ex combatientes y de los habitantes de allí…

Creo que eso es uno de los aspectos que más me conmovieron en relación con el viaje. Muchas veces, la idea de las múltiples voces, o las múltiples perspectivas, son más bien declamaciones antes que constataciones. Es decir, muchas veces las memorias funcionan como “capas superpuestas”, antes que como el tejido denso y contradictorio que son realmente, en parte por nuestras propias limitaciones para exponernos a una perplejidad que por constante, puede ser paralizante o molesta antes que estimular el crecimiento intelectual y la comprensión. Le agrego a lo que decís el plano de pensar todo el tiempo “en el Continente” mientras se está en las islas, como un marco de referencia para comprender lo que se está viendo y viviendo en el archipiélago. De allí que el viaje es más denso en tanto más elementos tengamos para darle esa densidad. Y esto tiene que ver con la educación, con la predisposición a comprender, pero sobre todo, con la actitud de escucha sin la cual es imposible ya no “comprender” nada, sino más sencillamente percibirlo.

 

Sí, y en cierta medida eso también se ve en una densidad, digamos, personal. Quiero decir, vos mismo sos el reflejo histórico de esa densidad y hasta de las trabas por establecer nuevas visiones sobre Malvinas, desde la recuperación de las cartas enviadas por alumnos de los colegios argentinos hasta la extrañeza inicial de parte de tus colegas por la dedicación a Malvinas. ¿Es por eso que tus llamadas de atención hacia la educación son tan frecuentes en las crónicas? ¿Te parece que falta todavía analizar el rol de la escuela durante la guerra y, más aún, sobre la última dictadura militar?

Pienso que en general tenemos socialmente un problema para reflexionar acerca de los niveles de responsabilidad que como sociedad tenemos en relación al pasado. Con Malvinas esto se torna más evidente porque se combinan una serie de factores: un hecho producido por la dictadura que tuvo un importante consenso (y que tras la derrota algunos leyeron mal como apoyo a los dictadores); un compromiso afectivo con los soldados movilizados; otra vez los jóvenes puestos en el centro de la escena en relación con la vida y la muerte… Esto te lleva directamente a la educación, al lugar de la escuela. Los que fueron a Malvinas aprendieron la patria en la escuela, aprendieron sus deberes en el sistema de educación pública, que fue el que luego procesó la memoria dolorosa de la derrota y la primera posguerra. Frente al abandono estatal sobre todo de los primeros años, fue también la escuela donde los más directamente atravesados por la guerra encontraron un espacio de visibilidad, en la adhesión popular a la guerra, a la causa, en el afecto hacia sus soldados. Entonces, ¿cómo no pedirle hoy a la escuela, en el contexto actual de las luchas por la memoria, una palabra clara al respecto? ¿Cómo no pretender que los avances en materia de derechos humanos y justicia en otros terrenos se extiendan a Malvinas? Y eso es especialmente urgente en la escuela, donde Malvinas muy fácilmente puede empalmar con el relato heroico y autosatisfactorio de las luchas por la independencia, que construyen identidad pero lo cierto es que no problematizan algo tan elemental como que fue una guerra “patriótica” producida por una dictadura que en nombre de esa misma patria masacró a compatriotas privándolos de todo derecho.

 

En una pausa, la directora del colegio donde trabajo me preguntaba, preocupada, a qué atribuía yo el hecho de que los chicos no cantaran el himno durante el acto del 2 de abril. Ella pensaba que era una falta de respeto a los ex combatientes. Yo le respondía con dudas: habría que preguntarse, le dije, cuál es la patria de esos chicos de escuela privada, siendo que es difícil pensar en abstracto a esa edad y que el Estado se ve en lo material: los hospitales públicos, la educación, las quejas frente a la municipalidad. Tal vez evadía una respuesta concreta porque yo tampoco la tengo. Más tarde, leyendo tus crónicas, pensaba en lo que los mueve a los chicos hoy en día, esas nuevas identidades que son, al mismo tiempo, generadas o construidas y apropiadas de un modo similar: los chicos de Cromañón, la resistencia del espacio en Once…

 

Muchas veces, frente a cuestiones como esta que traés, yo pongo el ejemplo de la etimología de la palabra “recordar”: significa “hacer pasar por el corazón”. O sea que por más gestos conmemorativos que hagas, si lo que se recuerda no es significativo desde una perspectiva emotiva, no camina, está literalmente muerto. Entonces, cuando nos enojamos con los jóvenes porque “no respetan”, creo que en realidad estamos proyectando broncas que son por nuestros fracasos y derrotas.  La perplejidad o incomodidad de la directora es una marca generacional; la distancia entre ella que ve una falta de respeto en la aparente indiferencia de los chicos y estos, es una brecha donde transcurren los trabajos de memoria. No creo que se trate solamente de que unos símbolos o nuevas tragedias reemplazan a otras; creo más bien que en los más grandes el peso de lo que se evoca está teñido de la experiencia vital, y que en realidad reacciones como ésas en realidad pueden ser muy egoístas. Un acto de transmisión es, llevado con honestidad, un acto de extrema generosidad: ponemos el pasado, “nuestro” pasado, a disposición de los nuevos a riesgo de que estos no lo consideren relevante, lo banalicen, o simplemente lo lean distinto a como pretendemos… No todos estamos dispuestos a aceptar eso, esa es la verdad.

Al mismo tiempo, esta cuestión, no la planteo desde una actitud “paternalista”. Tenemos derecho a reprocharles a los chicos por ese desinterés, pero en un plano subjetivo, nunca desde una mirada “normativa”. Me refiero a que tenemos derecho a que nos duela que no muestren respeto o no compartan lo que nos conmueve. Precisamente, lo que tal vez no logra un ritual -convocar a los chicos- lo logre la explicitación de nuestro enojo: pueden pensar “si esta tipa reacciona así, debe haber algo valioso en esto que trae y propone, veamos”.

 

Tal vez por ese valor que ponés en el acto de recordar, tus crónicas son muy sensoriales, quiero decir: las imágenes, los sabores, los ruidos, toda sensación es captada por un sujeto historiador que va más allá de las fuentes para situarse definitivamente como un sujeto histórico concreto frente a una situación de gran densidad, una situación muy fuerte porque se dirige directamente hacia nuestra idea de Nación. Vuelvo a Malvinas y esta podría ser la conclusión de nuestra charla, ¿estar en Malvinas es, en alguna medida, adentrarse en nosotros mismos?

 

Pienso que sí, que es adentrarnos en nosotros mismos en distintos niveles. En un plano íntimo, ligado a las experiencias que cada uno porta y que un sitio, un recuerdo, o una sensación, ponen a prueba. Lo que traté de reflejar en las crónicas son los modos sutiles en los que el pasado es parte de nuestras vidas, cómo se manifiesta en situaciones muchas veces nimias que es la experiencia histórica la que carga de sentido. Pero en un sentido colectivo, creo que ya estamos en Malvinas. “Estamos” en el sentido de que hay una gran cantidad de cuestiones pendientes en relación con nuestro pasado, que encarnan en ese archipiélago que además de por la guerra del 82 (y más que nada por ella), está atado a la cultura nacional de formas muy diversas desde hace mucho tiempo. Esto no lo planteo desde ningún esencialismo. No estoy con quienes sostienen cosas como que “hay que recuperar a Malvinas para recuperar ala Patria”. Pienso que hay que mirarse en Malvinas, aunque duela y no guste muchas veces.

Joaquín Correa- De la redacción

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