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El tuerto es rey en el país de los ciegos… Podríamos decir que ésa es la base del argumento de La invención de la mentira (Gervais y Robinson, 2009). Así como en Mentiroso, mentiroso donde Jim Carrey, abogado inescrupuloso, no puede pronunciar ninguna mentira, ni siquiera piadosa, en el film que tiene como protagonista al mismo Ricky Gervais el recurso se ve invertido. Es un mundo en el que nadie miente: por algún raro efecto de desarrollo evolutivo ningún ser humano puede mentir, aunque sea pequeñamente. La idea es buena y es llevada hasta los extremos más inusitados. De hecho, no existe el cine de ficción, la televisión pasa todo el día documentales super aburridos y extremadamente fieles. La gente vaga triste por las calles, desolada por la costumbre y la crudeza de las verdades. Ahora, esta sería una película demasiado poco atrayente si no fuera porque el protagonista desarrolla, casi sin querer, la capacidad de mentir. De ser el perdedor típico se convierte pronto en una especie de profeta o gurú planetario, puesto que sus mentiras más absurdas son tenidas como verdades absolutas. Obvio que la mentira trae problemas de otra índole,  que el protagonista tendrá que sortear con mayor o menor suerte.

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Si bien la mentira es base de la mayor parte del cine de ficción, hay episodios de la realidad que merecerían tener un guión fílmico. Es el caso de El adversario (Nicole García, 2002). Basada en la historia de Jean-Claude Romand quien sostiene a lo largo de veinte años una vida de mentira,  creída por todos sus conocidos y allegados, incluida su familia. Aquí la mentira se vuelve realidad; es cruda, duele, lastima, hiere. La película es, a mi parecer, brillante. No sólo porque rompe la linealidad típica de cualquier film, sino, y sobre todo, por la actuación sobresaliente de Daniel Auteuil. Nos tiene acostumbrados, la verdad. Desde Jean de Florette y Manón del manantial, pasando por El muelle, Caché o El restaurante, Auteuil se ha consolidado como un actor de jerarquía, quizá el mejor actor francés de los últimos años. Difícilmente otro pudiese haber encarnado a Romand como lo hizo Auteuil; la incertidumbre, los debates internos, la desolación y el conflicto pugnan en el rostro y en la gestualidad del actor francés.

¿Por qué la sociedad debate en el cine los criterios de verdad y mentira? ¿Por qué la honestidad o la falsedad son puestas tras la lente? En ambas películas éstas cuestiones copan la agenda y son analizadas bajo líneas discursivas bien interesantes y dentro de géneros totalmente disímiles.  Principalmente, se aborda la mentira cotidiana, más íntima, aquella que se filtra en ámbitos bien privados. Hay en el fondo un problema ético, pero también, y en mayor medida en el film de García, un conflicto sobre expectativas. ¿Qué pasa si no podemos cumplir con lo que se espera de nosotros? ¿Qué camino elegimos? Ése es el problema de Romand: frente a esta pregunta eligió el camino de la evasión, de la mentira, quizá el más fácil. Es por ello que ambos films interpelan al espectador, y sobre todo el segundo, lo angustia. Verdad y mentira son criterios fácilmente contrapuestos e identificables, pero en estos films son abordados con mayor sutilidad. Lejos de las historias de buenos y malos, nuestros protagonistas sufren contradicciones, yendo y viniendo, dando por tierra contra las posibilidades de la película típica. De hecho Romand es fuertemente humanizado a través de la relación con sus hijos y esposa; en tanto, el personaje del primer film se encuentra en la encrucijada de volver sobre sus pasos o continuar con la estafa…Parafraseando la canción de Divididos, allí donde el bien y el mal definen por penal, allí donde la mentira es la verdad, allí en ese mundo de opuestos, tenemos estos dos films que rompen esa estructura dicotómica, radicando precisamente en ello toda su riqueza.

                                       Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

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