A raíz de las elecciones pasadas, me puse a pensar en la forma en que se comportan las personas. Pasar toda una jornada en un colegio donde asisten miles de almas a ejercer su derecho al voto, me mostró una serie de actitudes que no dudaría en calificar como las típicas vivezas criollas, esas que nos hacen quedar mal frecuentemente. Al personalizarlas, me abstengo de hablar de  esa mentira categórica que denominamos “sociedad”, porque sería una postura acrítica pensar en que todos somos iguales y hacemos lo mismo. Tampoco quiero mencionar “la argentinidad” o ese ser nacional “piola”, algo ventajista, para referirme a determinadas formas de acción individual, porque en los colectivos perdemos de vista las responsabilidades.

Junto al tradicional folklore eleccionario (chicanas políticas en plena veda electoral, robo, faltante, manipulación o prestidigitación  de las boletas y gente sospechosa pululando por los pasillos), me encontré con personas que se comportaban vilmente. No se trata de señalar, con tono moralizante y ejemplificador, las normas de comportamiento, pero ¿es necesario creerse con derecho a atropellar a las personas con una pretendida autoridad tan insignificante como la fotocopia que la avalaba? ¿Demostrar el mínimo interés para con las dificultades planteadas por los electores? ¿Desatar un escándalo con la intención de imponer la ciega razón que impide ver las cosas en su justa medida? Al parecer, para determinadas personas, que buscan excusas en su propia inventiva, sí.

Estas personas se caracterizan por el doble discurso de quienes actúan despreocupadamente, sin importarles el resto, pero que se enfurecen cuando alguien intenta hacer lo mismo con ellos. Esos que transgreden las normas, pero que no soportan las injusticias de la sociedad en la que viven. Los mismos que putean cuando van manejando y se les cruza un auto, claro está, mientras ellos hablan por celular. Los que se preocupan por la virginidad de la hija cuando va tener su segundo nieto. Aquellos que compran cosas “choreadas” y se sorprenden cuando les desvalijan la casa o le roban el auxilio del auto. Esas personas que idealizan el sistema, al punto de despersonalizarlo, y no reconocen que son las acciones “anónimas” las que lo ponen en crisis. Así, no me resultan extraños spots publicitarios como el de Campo Popular que,  tras declarar “esta democracia no sirve”, pide el voto de los ciudadanos para integrarla.

Si se está tan seguro de los “aplausos y la ovación” que acompañan el proyecto al que se pertenece, no deberían levantarse falsas sospechas sobre el accionar del resto de las personas mientras se comete lo señalado. Acaso esa forma de actuar no deslegitima y pone en tela de juicio aquello que, supuestamente, se defiende. ¿Por qué silenciar esta incongruencia? Acaso la izquierda está dispuesta a decir “nosotros” podemos salvarla. Sinceramente, no lo sé. Quizás sea el momento de “pasar al frente” y reconocer que más allá de las conducciones políticas hay una buena cantidad de personas que no se hace cargo y prefiere decir una cosa al tiempo que hace otra. (Como los que engañan a sus parejas diciendo que están en una “reunión” mientras piratean con sus amantes en el telo más recóndito, a quienes mienten diciendo que es una situación transitoria).

“Yo confío en vos” y “vos confías en mí”, pero cada uno busca su propio beneficio en una cuenta de suma cero en la que, siempre, alguien va salir perjudicado. Es esa falsedad de intenciones la que lleva a crear una paranoia al borde de la histeria. En esa vorágine pude observar cómo personas mayores eran maltratadas por no comprender de qué se trataban las elecciones primarias y qué categorías tenían que seleccionar. Personas que buscaban referentes en las fuerzas de seguridad y encontraron la antinomia de “servir y proteger” (¡¡¡Qué raro en un acto democrático la mala predisposición!!!). Personas que con el diario del jueves, porque el lunes les resultaba poco, hicieron proselitismo sin importar las restricciones. Ok. Ya Sabemos que van ganando, no me rompas las pelotas!!!! En este sentido, prefiero escuchar a la dueña de la derrota, testaferro de Duhalde y Alfonsín, con sus críticas apocalípticas y escatológicas.

No se trata de una cuestión de partidos políticos sino de personas. No son los candidatos los que vienen a cometer actos infames como dejar esperando a una persona discapacitada porque los fiscales, cuyas internas se debaten la posibilidad de llegar a Octubre, están “encubriendo” sus respectivas listas. Nada más cercano a las viejas elecciones en la campaña donde el juez de paz podía dirigir los destinos de la votación. En aquél tiempo como ahora los sistemas eleccionarios tienen sus ventajas y desventajas pero son los individuos los que pueden fortalecerlos o debilitarlos.

El ejercicio de la democracia es una responsabilidad inconmensurable. Considero que no es un día para demostrar cuál es el más vivo obteniendo una ventaja espuria, sino para defender las instituciones que convalidan el ejercicio de la vida pública.

  Juan Gerardi – De la redacción

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