Cuando uno visita un país o una ciudad desconocidos, la idea de recorrer museos surge casi como un reflejo. Incluso aquellos que nunca hayan sentido algún interés por el arte, la historia, las ciencias naturales o los dinosaurios, saben que en cualquier agenda turística abundan como una obligación las recorridas por los más variados museos. En algunos casos, esas visitas funcionan como una especie de imposición intelectual y son encaradas con cierta resignación, pero en la mayoría de ellos, la opción se transforma en una alternativa definitivamente placentera.

Visitar museos, ya sea por mero compromiso intelectual, por imposición, o por sincero interés, es, entonces, un capítulo ineludible de cualquier viaje.

Del mismo modo, el contraste inmediato surge cuando uno piensa en aquellos muesos que podrían conocerse sin necesidad de tomar un avión o un ómnibus. El ritmo de vida moderno, el desinterés, cierta indiferencia o simplemente la falta de información, suelen arrojar otra verdad irrefutable: uno no suele dedicar el mismo interés, tiempo o atención a las obras de arte, la fotografías, los lienzos, las arañas en formol o los plesiosauros expuestos en galerías y pabellones de los museos de la propia ciudad.

La llave que suele romper esa paradoja suele ser, cómo no, algún visitante extranjero: los turistas suelen conocer mucho mejor la oferta cultural de la ciudad propia que uno mismo. Y en el caso de Buenos Aires, la opción de funcionar como un guía en pantuflas para eventuales visitantes (familiares, amigos, colegas) puede ser una buena excusa para reparar aquella desaprensión por la oferta cultural local.

En ese sentido, uno descubre una de las últimas opciones que se incorporan a la oferta cultural porteña: el Museo del Bicentenario. Se trata de un espacio que intenta conmemorar el bicentenario de la gesta de Mayo. Sin embargo, el museo no comparte la visión de la conmemoración histórica que acompañó los festejos y conmemoraciones del 2010. Si en este caso, la celebración dio lugar a una variedad de discursos que incluyeron desde los historiadores profesionales hasta la representación artística del grupo “Fuerza Bruta”, en el caso de este museo la interpretación histórica del bicentenario se asemeja más a un collage, un cambalache. Una suma de muchas cosas que no terminan de cuajar en una visión armónica o coherente del bicentenario.

La sede se construyó en lo que era la antigua Aduana Taylor. Un edificio construido en 1854 que fue demolido poco tiempo después y del que se conservaban aún, en la parte trasera de la Casa Rosada, algunas ruinas. Lo que quedaba de la Aduana fue restaurado y cerrado para que funcionara como museo. Algunas partes del antiguo edificio pueden, incluso, verse en la exhibición, como algunas carretas o el mecanismo por el cual las mercancías que entraban por el puerto eran descargadas.

Ahora bien, en el mismo recinto donde se muestran las carretas, se exhibe un auto que comenzó a fabricarse en Argentina en 1954 (segundo gobierno peronista). El fondo de esta exposición de “medios de transporte nacionales” es una colección de cuadros pertenecientes la Casa Rosada. Los más notorios: uno en el que están retratados, vestidos de gala, Evita y Perón, y otro que se llama “San Martín, Rosas, Perón” que proyecta una línea histórica ya visitada por el revisionismo nacional.

Coronando la nave central del Museo, en el centro de los cuadros y los transportes se encuentra la “vedette”. El Mural que Siqueiros pintó en el sótano de la casa de Botana y que, después de haber sido recuperado y restaurado, es puesto en exhibición al público. Más allá del valor artístico y estético del mural, su presencia sólo se justifica en el Museo para resaltar la figura de los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner y su obra de recuperación.

En el ala izquierda del Museo, se puede recorrer una serie de salas conectadas entre sí donde se exhiben algunos objetos históricos y se proyectan imágenes en pantallas LCD sobre temas como las invasiones inglesas,  el federalismo, la Campaña del Desierto, el gobierno de Perón, la vuelta a la democracia en el ’83 y la obra de gobierno de Néstor y Cristina Kirchner.

Puede que el Museo del Bicentenario necesite tiempo, pero de todos modos vale la pena visitarlo, aunque más no sea para entender que la historia y la política van siempre de la mano, incluso en un espacio tan pretendidamente aséptico como un museo.

María Laura Mazzoni  y Alfredo Ves Losada – De la redacción

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