Siguiendo con lo que nos compete en La Novena Musa, la sección de historietas de Palabras Transitorias, tenemos el agrado de presentar un artículo del señor Alejandro Tolosana, hombre orquesta detrás de los tres discos de Radio AM, cuervo irredento y talentoso segunda punta, quien escribe sobre “Wimbledon Green: The Greatest Comic Book Collector in the World”. Un buen enfoque a tener en cuenta sobre el ombliguista y romántico mundo de los coleccionistas de comics. (David Fernández Vinitzky – responsable de sección)

No creo que sea demasiado descabellado decir que una obra de arte es como un espejo que devuelve al mundo, aunque distorsionada, la imagen de su autor. En este caso, Wimbledon Green: The greatest comic book collector in the world  (del historietista canadiense Seth), en su condición de historieta que habla acerca de otras historietas (aunque apócrifas) y de los curiosos y estereotípicos personajes que giran como satélites en torno a ellas, funciona, más bien, como un sistema de espejos enfrentados que también incluyen al lector en su retrato de un sector particular del vasto “mundo del cómic”.


El recurso central a partir del cual se desarrolla la trama es la construcción de un documental falso (en cine, se lo llamaría mockumentary: documental en broma), cuyo objetivo es retratar a Wimbledon Green, un coleccionista de historietas cuya verdadera identidad y origen constituyen un misterio para la mayoría de sus colegas, quienes, no obstante, desarrollan diversas teorías relacionadas con los detalles improbables de la vida de Wimbledon, surgidas de la admiración, la envidia (malsana) o la enemistad; forjando así, en apenas 125 páginas, su leyenda.

Lo más destacable de Wimbledon Green, The greatest comic book collector in the world, en principio, es que funciona como sátira y a la vez como tributo, relatando tiernamente la devoción que los coleccionistas sienten por su hobby, pero también, con justa ironía, el celo exagerado con el que se entregan a una actividad que los embarca en epopeyas dignas de Homero, los enreda en traiciones que se suceden en efecto dominó y pone de manifiesto, en todo momento, una vanidad extravagante que les es propia y que oscila indefinidamente entre lo adorable y lo grotesco.


Otro aspecto atractivo de este libro es que, contrariamente al hermetismo que sugiere la temática de un libro acerca de coleccionistas de historietas, ámbito que suele ser elitista y que mayormente utiliza un lenguaje basado en códigos rígidos, no hace falta tener un conocimiento vasto (casi diría que no hace falta tener conocimiento alguno) de comics para disfrutar su lectura. Wimbledon Green no es, seguro, un libro concebido para un público numeroso, o mainstream, pero de ninguna manera es un libro inabordable o sumamente denso. Es una publicación que, en palabras de su autor: se originó apenas como un libro de bosquejos o un ensayo, y que posteriormente cobró la importancia de un proyecto publicable; sus dibujos son simples y sus textos fluidos al punto que su lectura es del tipo que fomenta la impuntualidad y provoca el quemado de tostadas, con tal de leer una, dos, diez páginas más, hasta que nos damos cuenta, con la tristeza del coleccionista que completa una colección con la que se ha encariñado particularmente, de que hemos llegado al final de la aventura.

La suma final de todos estos valores, entonces, da como resultado un libro muy entretenido, con todas las virtudes de un posible clásico del género y, además, cuya edición de tapas duras es verdaderamente impecable y (ya que todo tiene que ver con todo, como bien dijo Pancho Ibáñez) le confiere un valor agregado como objeto de colección. Cabe destacar que, a diferencia de la otra gran obra de Seth: George SprottWimbledon Green no es un armatoste desproporcionado, imposible de ubicar en una biblioteca de tamaño normal, sino casi un libro de bolsillo.

                                                                       Alejandro Tolosana – Columnista invitado

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