Siempre que uno se topa con un libro de historia, con algún artículo publicado en algunas de las miles de revistas específicas que pululan por ahí, espera que el autor lo ilustre, le muestre, le explique, o le permita redondear  conocimientos sobre algún tema general o específico. Si la solidez en los temas abordados es una cuestión central no lo es menos la forma en la que está escrito. Uno alberga la esperanza de que el historiador tenga el suficiente talento literario para hacer llevadera la lectura, que posea la capacidad de lograr la empatía del lector con los temas tratados, con los personajes que aparecen.

Igualmente existen distintas varas para medir esto. Esta preocupación del lector se manifiesta de forma más patente según la temática que se aborde. Uno es consciente de que aquel historiador que se dedica a estudiar la evolución del comercio exterior de la Argentina en el siglo XX tiene mayores limitaciones para hacer atractivos sus escritos que sus colegas dedicados a la historia social o política. No somos necios. El solo hecho de tener que hablar de números, de tener que recurrir a gráficos para mostrar resultados o ilustrar hipótesis hace que sea complicado que el texto nos atrape, literariamente hablando. Es quizás esto lo que hace que uno se relaje (o se resigne) ante la aridez de este tipo de textos y que, por el contrario, se ponga muy exigente con aquellos que nos cuentan otro tipo de cosas.

Esto me pasa muchas veces con los estudios sobre los sectores subalternos, sobre el bajo pueblo, sobre la plebe, con los trabajos sobre aquellos que han dejado pocos rastros escritos sobre su paso por este mundo pero que fueron sin duda grandes protagonistas de la Historia.Claro que hay grandes excepciones. George Rudé, Pierre Vilar, o Raúl Fradkin, a nivel local, tienen la rara capacidad de hacernos olvidar que estamos leyendo un texto de Historia y que debemos asumir una actitud crítica hacia él y no dejarnos convencer tan fácil por las hipótesis y conclusiones de los autores. No sólo logran transportarnos a ese mundo que están reconstruyendo sino que consiguen que disfrutemos de estar ahí. Esto mismo esperaba de Un día de Cólera la novela de Arturo Pérez- Reverte donde se aborda lo ocurrido el 2 de mayo de 1808 en Madrid cuando los habitantes de esa ciudad protagonizaron una rebelión contra la ocupación francesa y el encarcelamiento de Carlos IV y Fernando VII.

Debo confesar que mi descubrimiento de este español ha sido muy reciente y se debe a la insistente recomendación de un integrante de Salieris, quien resaltó lo logradas y entretenidas que eran sus novelas y las bondades de sus escritos periodísticos. Y la verdad es que tiene razón. El pintor de Batallas debe ser una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. La profundidad de los dos personajes principales, la lograda atmósfera de melancolía y tristeza que los rodea y que permite que se entable entre ellos un fuerte vínculo emocional que atrapa al lector, el ida y vuelta en el tiempo y los puentes trazados entre el presente de la obra y la historia del hombre son inigualables. Sin embargo, en Un día de cólera el autor no logró que me termine de enganchar con la historia que estaba contando. Y esto no ocurre porque  Pérez- Reverte no haya demostrado con la saga del capitán Alatriste su capacidad para contar historias de acción y aventuras. Tiene mano para eso y ha recuperado ese género, si es que lo es, (esta discusión se la dejo a mis amigos de letras) que parecía un poco desplazado por las modas literarias que nos han llevado por otro caminos. Entonces, ¿cuál es el problema con Un día de cólera?

Creo que la respuesta está en las primeras páginas del libro. El autor señala que este relato no es ni una ficción ni un libro de Historia. Es la reunión de una serie de historias colectivas existentes en los archivos y libros, unidas por la pluma del autor que, con ciertas licencias literarias, pretende devolverle la vida a una serie de personajes anónimos. Creo que acá radica el problema. Mi insatisfacción no proviene de los “fallos” de Pérez- Reverte como historiador, sino como escritor.

Yo no quería leer un ensayo historiográfico sobre lo ocurrido el 2 de mayo de 1808 en Madrid, sino una buena novela que tuviera como fondo esos sucesos históricos. El sinfín de personajes que desfilan por la novela, que entran y salen, con sólo unas pocas líneas sobre la acción de cada uno ese día y algunas notas sobre su vida, hace que uno no logre terminar de identificarse con ellos y que la lectura de la novela se torne un poco pesada y monótona por la reiteración de actores con actuaciones similares sin que esta acumulación resulte beneficiosa para la novela.

No llego a esta conclusión por contraste con otras novelas del autor, sino por la placentera lectura de los capítulos dedicados a los capitanes Pedro Velarde o Luis Daoiz, grandes protagonistas de la novela, donde Pérez-Reverte recupera toda la fuerza y elegancia de su pluma para darles vida. Son estos oasis de buena literatura los que nos hacen desear que, en vez de tratar de recuperar la voz de cientos de aquellos personajes olvidados por los historiadores, se hubiera centrado en sólo algunos de ellos. No sólo hubiera logrado esa acción de reivindicación histórica que parece estar llevando a cabo, sino una novela mucho más interesante y entretenida de principio a fin como ha demostrado en otras oportunidades.

    Alejandro Morea- De la redacción

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