Dedicada al “Moli” y al “Kq”

A veces las respuestas se demoran. Es necesario dejar reposar las ideas, y sumar argumentos para que la crítica no sea sólo un compendio de chicanas, falacias y provocaciones. Soy un amante de las polémicas y las discusiones, por lo que creo tienen un valor en sí mismo, no así el hecho de tener razón a como dé lugar. La muy visitada y comentada nota de mi amigo Alejandro Morea es una muestra ínfima de los muchos intercambios de ideas que tenemos en materia de política, por eso me parece un despropósito no pasar por escrito algunas de las objeciones y divergencias que tengo con él, quizá con el simple hecho de polemizar y que ambos sigamos con nuestras convicciones, pero enriquecidos por el intercambio y con ansias de menguar, y hablo a título personal, lo muy arbitrario de nuestra ignorancia y parcialidad.

La contundencia de la victoria del Frente Para la Victoria (en adelante FPV) en las elecciones primarias resultó un aliciente a los variopintos adherentes del “modelo” y un cimbronazo para los más o menos agoreros opositores que añoraban una peor performance de la presidenta (la simple posibilidad de una derrota de CFK estaba fuera de cualquier discusión razonable, de no mediar alguna distorsión significativa en la apreciación de las señales que brindaba el entorno). El triunfo fue celebrado con fervor, pero lo fue más la insalvable brecha en cantidad de sufragios que se estableció con sus más inmediatos perseguidores: no sólo el “modelo” fue plebiscitado, no hay a la vista ninguna alternativa que pueda poner en cuestión su vigencia y éxito del proyecto entre las mayorías del país.

Aquellos que celebran el triunfo son muchos y muy variados. Idénticamente a los componentes activos que integran en distintas instancias y posiciones las filas del FPV, “el gobierno” como se lo nombra en la cotidianeidad. Los “kirchneristas cool” descriptos por Alejandro son unos de los tantos que se sienten incluidos en el triunfo aplastante de CFK, a pesar de que su candidato, el ex intendente de Morón Martín Sabatella, apenas si alcanzó un 6% de los sufragios en la provincia de Buenos Aires, o sea una décima parte de los que obtuvo CFK y el candidato oficial Daniel Scioli. He aquí el primer punto, el vigor y la eficacia del “modelo” es incuestionado más allá de que este no sea implementado con suficiencia en el distrito electoral más grande del país, cosa que el electorado evidentemente no distingue. El kirchnerista cool se siente parte de la victoria de CFK (a pesar de la postergación visible de sus candidatos en las listas oficiales), pero no da cuenta de la contundente derrota que le han propinado en el distrito donde disputaba con sus propios candidatos. Disiento absolutamente con ese optimismo desmesurado con respecto a las posibilidades que muestra esta facción militantemente no peronista (el principal referente partidario de este sector es el Partido Comunista) dentro del kirchnerismo ante su futuro inmediato. Como dijo el polémico Jorge Asis: “El kirchnerismo sin el peronismo es muy poco”.

Siempre me resultaron curiosas las opinones de los no-peronistas kirchneristas frente a la cupula gubernamental y los distintos actores que conforman el FPV en los distintos niveles de la administración pública. Me parece absurda  la operación analítica que efectúan al identificar aquellos funcionarios que aprueba el kirchnerismo cool y aquéllos que no, como una forma de diagnosticar cuáles de ellos encarnan fehacientemente el “modelo” y se convertirán en los agentes privilegiados de la “profundización” (palabra muy utilizada cuya correspondencia práctica me resulta al menos opaca); y determinar cuáles suponen un mal necesario, un escollo a superar o un resabio del pasado. Sin embargo, y mal que les pese, si el tan celebrado “modelo” tiene una existencia empírica concreta esto es “gracias” y no “a pesar” de los individuos y grupos que lo llevan adelante, los buenos y los no tanto. Profesar una simpatía personal por algún miembro en particular no inhibe que los otros lleven a cabo, desde lugares de primacía (que para nada detentan los principales referentes de los “cool”, ya sea por su subordinación a otra figura y/o por la falta de bases propias dentro de la estructura partidaria), la puesta en práctica de las políticas públicas. La operación analítica de identificar aquellos elementos “aprobados” (Garré) de aquellos que no lo son tanto (Scioli) no puede ser correspondida con la realidad práctica cuya constitución es resultado de la interacción compleja de todos esos elementos. Es como decir: “Me gusta como juega el Barcelona, pero no me gustan ni Messi ni Iniesta”.

 Una conclusión apresurada diría que el kirchnerista cool cree en el “modelo” como idea, como dogma, como un valor metafísico. Le gustan las intenciones que encarnan ciertas medidas, pero le desagradan sus principales ejecutantes. Y, en caso de no ser así, lo traduce en un personalismo por simpatía personal, CFK es incuestionada, y también lo son distintos personajes que, ya sea por ser ignotos o célebres desconocidos o por detentar trayectorias disociadas del tronco del PJ (Abal Medina, Bossio, Boudou), merecen la aprobación de estos simpatizantes que, desde un lugar absolutamente periférico, se sienten en condiciones de determinar en calidad de jueces quiénes de todos los funcionarios y políticos encarnan el “modelo” y cuáles representan escollos deformantes que serán en algún momento superados por el vigor de la “idea”. Es notable la capacidad que se tiene de disociar los fines alcanzados de los medios empleados para tal fin, y esto se replica en todas las instancias de la práctica política. El kirchnerista cool no da cuenta en esa disociación de la “realpolitik” de la que siempre hizo gala el peronismo, sino que trata de investir de instrumentalismo posibilista todas las decisiones que le resultan apáticas (caracterizadas como un mal necesario o como una desviación parcial que, en muchos casos, lleva 8 años de permanencia) en función de su noción acerca de lo que representa el “modelo”.

Para desgracia del purismo de los cool el modelo se sostiene en el poder, más allá de lo indiscutible de la figura de CFK, sobre los cimientos electorales que le brindan todos o la mayoría de aquellos sujetos que ellos desprecian como desviaciones necesarias en la concreción del tan añorado sueño o realidad (?) (me descoloca la oscilación entre el fervor celebratorio de la concreción del “modelo” y del posibilismo de “falta mucho por hacer”). Todos aquellos dirigentes, punteros, y demás ejecutores que garantizaron el éxito en la contienda electoral del FPV son desplazados a un segundo plano por los kirchneristas cool. A diferencia de la jactancia del peronista, que celebra provocativamente su irrespeto a las formas, el kirchnerista cool se siente culposo de los métodos que hacen posible la continuidad del modelo, y enfatiza el cariz carismático de la elección para salvar ese malestar que le provocan esos actores impuros que componen el “proyecto nacional”. El kirchnerista cool, adherente antes que militante, se siente en condiciones no sólo de poner en cuestión a estos componentes sino que además se considera un agente válido para ir paulatinamente desplazándolos del centro de la escena, a pesar de su rol externo a la fuerza política gobernante y absolutamente periférico en la definición y ejecución de políticas públicas.

La enumeración de nombres “aprobados” por los cool representa un ejercicio de selectividad caprichoso, además de un gesto de soberbia política. El nombre de Carlos Cheppi es citado en el artículo de Alejandro como un bálsamo frente a Pulti, que por otro lado reclama para sí las veleidades del “modelo”, aunque esto se sostenga sin dar cuenta en que entre los partidarios de esta candidatura se encuentren dirigentes poco aptos para el paladar cool como Daniel Rodríguez o Adela Segarra (por no citar algunos amigos de la comunidad universitaria). Acá es donde el grado de desconocimiento de un candidato se transforma automáticamente en una virtud para el kirchnerista cool, más allá de la capacidad que tengan para enumerar virtudes políticas, propuestas atractivas o candidatos ejemplares. A pesar de lo caprichoso de sus adhesiones, el kirchnerista cool prefiere a toda costa racionalizar sus decisiones, pero no en clave pragmática sino invocando al “modelo” y cuestionando sus desviaciones.

Finalmente debemos hablar de la estrategia electoral del kircherismo cool o sabatellismo. Para mi se trata de un error basado en la soberbia política fruto de las debilidades. La debilidad principal es que al conformar una agrupación de origen local y de dimensiones escuetas le resulta inviable presentar candidato presidencial, entonces por qué no apoyar a CFK. Sin embargo, en lugar de un acompañamiento crítico u oposición (“constructiva” la adjetivan algunos) apelaron a una estrategia con reminiscencias setentistas como el “entrismo” con antecendentes recientes más que nefastos para los partidos chicos. Articularse al PJ representa una garantía inequívoca de desaparición, y muestra de ello han dado partidos tales como el Intransigente, el MID o la Ucedé, todos ellos considerablemente más extendidos territorialmente e institucionalmente constituidos que el ignoto Nuevo Encuentro. Aunque la osadía profundizadora del sabatellismo tuvo sus límites, no se atrevió a participar de las primarias dentro del FPV, y prefirió esa actitud vacilante que le permite seguir interpretando una inequívoca derrota como un triunfo a medias.

Para concluir espero que el tono provocativo no ofenda a nadie y menos aún a mi amigo Ale que ya me ha escuchado vociferar mis argumentos cientos de veces. Admito que fui un votante de Sabatella en 2009 y que adhiero con muchas de las medidas que enumera Alejandro como positivas, y en consecuencia el partido en el que milito apoyó con su voto en el parlamento la mayoría de ellas. Sin embargo, la encarnadura dirigencial del FPV me sigue resultando cuanto menos incordiosa en muchos de sus miembros, algunas cuentas pendientes del “modelo” me resultan lo suficientemente urgentes como para urgirme un desacuerdo en cuanto a que hayan sido postergadas durante ocho años de gestión. Al mismo tiempo, creo que la pugna interna propia de un movimiento tan amplio entre derechas e izquierdas no augura para nada una primacía de los sectores o personas que tanto simpatizan a mi amigo (más allá de que acuerde o no con su análisis). Por ello sigo creyendo en que es válido el disenso y descreo de las posiciones hegemónicas en momentos de ascenso de la ola, dado que el peronismo, incluso en su versión actual, ha dado muestras de sobra de lo turbulento de sus dispersiones en momentos de baja.

Espero haber dado cuenta con claridad de mis argumentos y, a la vez, haber sido respetuoso de los ajenos. Espero que las decisiones del gobierno nacional sigan conduciéndose por una senda progresista a la que me gustaría adherir y pueda, además, ir desplazando a los sectores y dirigentes que representan aquellas prácticas y posiciones ideológicas con las que disiento. Con todo, sigo siendo menos optimista que Alejandro y los kirchneristas cool en cuanto a ese destino glorioso, me parece que los puntos opacos del modelo son todavía muchos como para sucumbir a una adhesión tan incontrovertible. Las divergencias y de las identidades políticas siguen siendo importantes y me parece una simplificación hablar en base a las dicotomías tales como gobierno-oposición o peronista (kirchnerista)-gorila. Y si el “modelo” goza de tan buena salud como se dice, necesitará menos de un adherente suspicaz o pretencioso que de un celoso opositor que apoye aquellas iniciativas que sin duda conducen a una sociedad más justa y representan el ideario progresista. Deseo fervorosamente que los cool ganen la batalla contra los demonios del pasado pejotista del kirchnerismo, pero la ceguera, la soberbia y la impericia pueden ser malos consejeros en una disputa a todas luces desigual.

Fernando M. Suárez – De la redacción

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