Aprovechando que dentro de poco comienza la segunda temporada de su adaptación televisiva, vamos a hablar un poco de uno de los grandes fenómenos del cómic estadounidense de la última década: The Walking Dead (Robert Kirkman y Tony Moore, 2003).

Por un lado es imposible despegar el éxito que esta saga tuvo del renacimiento de la temática “zombie” en distintos medios gracias al auge del culto al cine “gore” o clase B (imperdible el homenaje del trío británico Pegg- Right- Frost en la fenomenal Shaun of the Dead, 2004), a videojuegos como el maravilloso Left4Dead o a la entretenidísima obra de Max Brooks (autor del libro Zombie Survival Guide e hijo -todos de pie- del genial Mel Brooks). Pero por otro lado, es complicado atar una historieta realista, poseedora de una trama de desarrollo extremadamente lenta, e impresa en un sobrio blanco y negro al resto de las ya mencionadas coloridas y fantasiosa expresiones de la “cultura Z”.

Tal vez la más notable de las características que separan a The Walking Dead de obras como las mencionadas con anterioridad, sea que constituye el primer ejemplo de obra de ficción que trata los hechos acontecidos durante un “apocalipsis zombie” en un periodo extremadamente prolongado de tiempo. Esto es gracias, en buena medida, a que lleva publicándose desde el año 2003 (88 números y contando). Pero también es cierto que nunca nadie analizó las consecuencias de una epidemia de muertos vivientes pululando sobre la tierra en una sociedad realista, al menos desde el tríptico original de George Romero. Y el resultado no podría ser mejor. El universo de la historieta moldeándose en base a la desolación, al peligro constante y a las consecuencias que realmente tendrían, de existir, las inabarcables hordas de “no-muertos”.

Sin embargo, y aunque en un principio no parece despegarse de las obras “regulares” del género, Walking Dead comienza a tomar vuelo propio, y a desarrollar una estructura y serie de problemáticas que la emparentan más con la obra del filósofo político Thomas Hobbes que con la del patriarca Romero. En primer lugar, se trata de un cómic en el que rige la ley del “cualquiera puede morir en cualquier momento”, al mejor estilo Game of Thrones (otra serie en boga de la que ya nos habló Emmanuel Juan en la edición de Junio). En base a la atmósfera por esto generada con el transcurrir del tiempo, es imposible que el lector no se sumerja en el ambiente de peligro constante en el que viven los protagonistas. No sólo en base a la plaga de muertos vivientes que se arrastran por el mundo, sino aún más por el resto de los sobrevivientes que los personajes van encontrando a lo largo de la historia. El verdadero peligro no está en los zombies, absolutamente predecibles y por lo tanto no más que piezas de escenografía mortal, sino en aquellos humanos que, como el grupo que sigue el cómic, intentan sobrevivir, recrear la antigua sociedad, forjar un nuevo mundo o simplemente dar rienda suelta a un racimo de instintos que suelen ocultarse de forma peligrosamente eficiente en nuestro mundo.

Mientras los números comienzan a sucederse, uno entiende que el problema en el universo en el que habitan los personajes no son los caníbales “no muertos”, sino la falta de un ente que controle a los seres que aún son dueños de sus acciones. El caos, la verdadera locura, es transmitida por la amenaza que representan el resto de los humanos, no los zombies. En su punto más explícito (y por ende no precisamente el mejor), uno de los protagonistas enuncia que “los muertos caminantes (The Walking Dead) somos, en realidad, nosotros”. Cada vez que  la cosa parece estabilizarse, uno recuerda que allá fuera también hay seres humanos. Y que ésa es la verdadera pesadilla. “El horror, el horror…”

De este genialmente compuesto “estado de la naturaleza” emergen algunos de los mejores villanos que la historieta norteamericana nos haya legado en los últimos años. Tal vez el caso más emblemático sea el de The Governor, líder de una de las sociedades post apocalípticas de mejor salud que se encuentran en el universo de la tira (y que ha suscitado un interés tal que ya tiene su propia novela, un spin off literario de la historieta titulado The Walking Dead: Rise of The Governor).

A partir de esto empieza a mostrarse al personaje principal, Rick (un policía de la sureña ciudad de Atlanta, Georgia) como el individuo en el que el resto del grupo deposita rápidamente las tareas de guía, liderazgo y ejecutor. No sólo se lavan las manos a la hora de elegir qué hacer, sino que prefieren que éste se encargue, de forma racional o irracional, no importa, de los castigos, de impartir las penas y de todo lo que sea necesario hacer con el objetivo de mantener al grupo sano y salvo. De esta forma todos pueden conservar un dejo de humanidad, un leve resabio de cordura en ese violento mundo. Todos menos Rick, que número a número carga con un bagaje cada vez mayor, al ocuparse del riesgoso oficio de discernir entre sus propias motivaciones y el bien mayor.

Nada hace de Rick un individuo especialmente confiable, más allá de ser un ex policía. Los demás simplemente deciden ubicarlo en esa posición y él se mantiene en ella, aprovechando que se le ha dado la misión de protegerlos (y por eso siempre es el primero en armarse). A pesar de los tibios intentos, al final, nadie discute, nadie intenta razonar. Todos saben dónde está el peligro. Hobbes estaría orgulloso de Kirkman y Moore. Porque como todos saben, los contractualistas alucinan con los zombies. ¡Es vox populi, viejo!.

                                               David Fernández Vinitzky – De la redacción

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