Nuevamente Coco Alemano nos engalana con su pluma, nos exhibe sus dilemas, sus formas de leer el film de Von Trier. Esa postura narrativa nos obliga a verla, si nos atrevemos, para corroborar las distintas lecturas. A eso nos invita el texto siguiente. Von Trier dijo alguna vez: “el cine siempre ha consistido en emociones. Lo que percibo en los grandes directores que admiro es que, si me pones cinco minutos de una de sus películas, sé que son suyas. Y aunque la mayoría de mis films son muy distintos, creo que puedo reivindicar lo mismo, y creo que es la emoción lo que liga todo” (1). Resta preguntarnos si es un Von Trier original, si hay una esencia Von Trier más allá del Dogma 95. Seguramente la respuesta esté más en las temáticas o preocupaciones que en las posturas estéticas, aunque queda abierta la pregunta para otra intervención. (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

 

A Juan y Viqui

Una celestial escena abre la película a modo de “Prólogo”: las imágenes en blanco y negro y en cámara lenta de una pareja haciendo el amor, atemperadas por la lluvia de una ducha o la nieve que se mete por la ventana, mientras una voz soprano exhala el Déjame llorar / Déjame lamentarme de mi cruel destino / ¡Y qué suspire la libertad! del aria Lascia ch’io pianga; para luego sumergirnos en el último círculo del infierno -o su versión terrenal- de sanguijuelas, putrefacción, animales cornamentados, torturas, lobos que hablan y llantos que parecen venir del Más Allá. Es ése el periplo que, enmarcado en una estética impecable, nos hace recorrer Lars Von Trier en Anticristo.

No podía esperarse menos de quien ha hecho de la estética el mismísimo tema de su película en Las 5 obstrucciones. Abandonando completamente el Dogma, acudiendo a la teatralidad de Dogville, pero con algo del necro-ritualismo de Heart shaped box (y del culpogenismo de Until it sleeps para los memoriosos de los videos de Metallica), algunos simbolismos propios del surrealismo de Dalí y todos los recursos fílmicos que las buenas producciones y post-pro de hoy en día nos brindan. Actores: Ella, Charlotte Gaingsbourg (21 gramos, la nueva-actriz-fetiche-del-director como se dice en estos casos); Él, Willem Dafoe, uno de mis actores favoritos desde Basquiat y La sombra del vampiro. Como me dijo un amigo, Von Trier requiere de grandes interpretaciones para lograr darle forma a su visión de lo que el cine puede y debe ser.

Con todo, lo más impactante de esta película no fueron, para mí, sus actores o sus poderosos recursos estéticos. Fue el simple hecho de que hoy, seis meses después de haberla visto por primera y única vez, sigo rumiando las múltiples lecturas y mensajes que se pueden descubrir en ella. Es que la película aborda, sin que le quede grande créanme, el tema de la Condición Humana. Y lo hace desde los planos filosófico, histórico y psicológico. Existencialismo puro y duro.

El argumento: la pareja formada por Dafoe y Gaingsbourg ha perdido un hijo. Ella, transida por el dolor, es analizada por Él que encarna el Pensamiento Racional en esa situación clásica de angustia. ¿Cuáles son sus miedos? En primer lugar, la finca que ambos poseen fuera de la ciudad: Edén. En esa finca había empezado la disociación de la pareja cuando Ella escribiera su Tesis mientras convivía con su hijito sometiéndolo a pequeñas torturas cotidianas. La Culpa. El Edén no es el Paraíso, es el lugar de la Caída, y no hay nada más atrás. “La Naturaleza es la casa de Satanás”, dice. Pero una imagen de Ella volcada en el suelo mezclándose con el verde de la Naturaleza nos hace ver que son todo uno, Ella, Naturaleza, Edén. Su Tesis trataba sobre la caza de brujas, cuando cientos de Mujeres fueron quemadas vivas con el fin de matar el Anticristo que se había apoderado de sus almas. Pero, oh sorpresa, la tesista descubre que, en realidad, los inquisidores tenían razón en su feminicidio. ¿Es el Anticristo su máximo miedo? Queda desmentido cuando el analista anota en la cúspide de la pirámide de los miedos “Me” (Yo. ¿Pero Yo-Ella o Yo-Él?).

La mente es muy poderosa. En aquel momento el relato da un vuelco, como si el psicoanálisis hubiera penetrado en el fondo del Ello freudiano y de allí salieran todas las fantasías y miedos reprimidos, la “parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad”. Pulsiones de vida y de muerte, sexo y castración, quema de brujas son algunos de los motivos que transitan el resto de la película que se desenvuelve en la feroz persecución de Ella hacia Él. Él logra escapar de su Mujer (o de la suma de todos sus miedos) con un fuego purificador pero, a diferencia de los existencialistas del siglo XIX, aquí no hay Redención. Con algo del pesimismo posmo de Match Point, el Epílogo de esta estructura narrativa diseñada por capítulos muestra a cientos de mujeres con sus rostros borrosos subiendo hacia Él, mientras el exhorto a la libertad de Lascia ch’io pianga vuelve a sonar. ¿Señal de que, aunque se deshaga de la Mujer (o de cientos, como hicieran los inquisidores), la vida continúa? ¿o de que no hay escapatoria, de que aunque arremeta contra Ellas, el Anticristo está en Él, en su Naturaleza, es Él? Como ven, la sigo pensando.

María Eugenia Alemano –Columnista invitada

  

(1) Laurent Tirard, Lecciones de Cine. Entrevistas a cargo de Laurent Tirard. Clases magistrales de grandes directores explicadas por ellos mismos, Paidós, Buenos Aires, 2007, Pág. 193. 
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