Ser anfitrión no es una tarea fácil, sobre todo cuando llega a nuestra casa una persona que estábamos esperando. Intempestivamente  debemos poner las cosas en orden para que se sienta cómodo. Disponer del marco adecuado para que disfrute su estadía y, en el futuro, regrese. Sebastián Pillado entiende la visita  como los antiguos, él intentó por largo tiempo encontrar el marco adecuado a sus inspiraciones literarias. Hoy nos ofrece una reflexión foucaultiana acerca de la sujeción de los sujetos y el poder liberador del amor. Una nota que supera con creces la ironía y la sátira con la que se problematizan las relaciones sociales en esta sección. Aquí se abre una discusión acerca de lo normado de las relaciones afectivas que seguramente será contrastada por quienes mantienen una posición escéptica respecto de los vínculos que requieren algún compromiso con el otro. El derrotero de nuestros humores, estados de ánimo, encuentra en Albergue Transitorio otra vertiente para ser explorada (Juan Gerardi – Responsable de Sección). 

Me parece un buen momento para cumplir con esta vieja deuda personal (claramente incentivada por mis amigos que hoy escriben en Salieris) y finalmente esbozar unas escuetas líneas para este blog que hoy parece estar firmemente establecido. Tengo que admitir que en un primer momento quise forzar mi escritura intentando encontrar algún disparador en el fenomenal debate establecido entre Alejandro Morea y Fernando Suárez, también me parecía interesante continuar con las ideas propuestas por Juan Gerardi y su crítica a los individuos; incluso se me pasó por la cabeza hacer una sinopsis de alguna película o alguna crítica literaria; pero como ya lo admití, todas esas propuestas me hubiesen parecido un tanto forzadas y, en consecuencia, decidí tomar otro camino; uno que me pone muy incómodo por un lado y me llena de gratificación por el otro: el amor.

Los que me conocen sabrán que estoy pasando por un bello momento en mi vida. La realidad es que esto no siempre fue así y releyendo mi antigua novela cajoneada en los albores de mi computadora me di cuenta de cómo viejas nociones de este sentimiento han ido mutando en mi percepción y han tomado un rumbo muy lejano del que podía haber imaginado. Como es de entender, desde esta perspectiva extremadamente racionalista que tenemos la mayoría de los estudiantes de historia, no puedo dejar de objetivizar al amor y buscar los “por qué”. Espero que mi búsqueda les resulte interesante y que puedan pasar por alto mis ambigüedades.

No voy a descubrir nada al caracterizar a nuestra sociedad, como la “sociedad del fetiche” en donde las cosas se personifican y las personas se cosifican. Las relaciones sociales no están al margen de esta lógica y es allí donde se integran los sentimientos. Desde una perspectiva foucaultiana, “la estructura” podría ser, bajo toda su serie de sistemas y sub estructuras, la que desde el nacimiento ya deja su marca en el individuo, sometiéndolo a sus “normalizaciones” y lo impele a enamorarse, a formar una familia, a continuar eternamente con este ciclo de la vida humana. Tengo que aclarar que si bien es cierto que hay dudas sobre si Michel Foucault era o no estructuralista, yo parto de la interpretación de una estructura no tan estática como creemos, sino que cambia al mismo tiempo que la sociedad, actualizando sus medios de dominación (o si preferimos, sus “redes del poder”). Y es aquí donde, por un conjunto de prácticas, costumbres y creencias (en resumen, los componentes estructurales, sumado a la exaltación del fetichismo), nos enamoramos.

Siempre fue difícil para mí encontrar soluciones, pero poseo una habilidad innata a la hora de plantear problemas ¡y vaya si los hay en el amor! En otros tiempos, durante el trascurso de mi vida, mis pensamientos no estarían muy lejanos a esta lógica foucultiana, incluso podría haber planteado de manera “trági-cómica” toda una serie de complots internacionales que nos “mecanizan” y nos imponen sensaciones y sentimientos. No tengo dudas que hubiese luchado con todas mis fuerzas para diferenciarme en todos los aspectos posibles, incluso en el amor. ¿Pero por qué esa necesidad interna de diferenciarme? La única respuesta que viene a mi mente proviene de la simple intención personal de destacarme, de ser “el distinto”. Por otro lado, creo haber desarrollado una característica (que aún poseo) muy propia del ser humano desencajado, de aquellas personas que no se sienten conformes con su entorno y que, de alguna manera, poseen la intensa energía de ir en contra de lo establecido. Tal vez sea por mera rebeldía… No lo sé.

Lo cierto es que, en esta búsqueda incesante e innecesaria de sentido, en algún momento había olvidado lo más importante de todo: que estaba vivo. ¿Era verdaderamente necesario encontrarle un sentido a la vida? ¿Tenía que encontrar sentido en algo o en alguien? ¿En una causa o en un pequeño entorno? ¿Se podían hacer ambas? ¿Qué es lo que necesitaba? ¿Acaso era la absurda e interminable búsqueda de inmortalidad que aqueja al hombre desde los principios de la historia? ¿Sería inmortal legando mi vida en un hijo o en una vida ejemplar? Con ciertos matices siempre estuvo en mi mente la idea de que la felicidad la construía uno mismo ¿Por qué cambiar una idea tan lógica? Evidentemente siempre tuve una necesidad interna de compartir la vida o de sentirme, al menos, aceptado; y en algún momento de mi recorrido por este mundo, además, comencé a sentir un gran fervor por la trascendencia. La necesidad de construir una familia y la idea de tener a alguien con quien compartir mi presencia en la tierra se me hicieron totalmente necesarias. ¿Me había convertido en un ser funcional al sistema o sólo comencé a temerle a la soledad y a la muerte?

Es cierto que desde mi infancia, por cuestiones personales, fui muy consciente de la finiquitad de las cosas, de la vida misma. Pero recién hoy, luego de tantos cuestionamientos, de absurdas búsquedas, de explicaciones innecesarias, creo haber encontrado satisfacción en una simple práctica: dedicarme a disfrutar. Ahora creo entender de otra manera alguna de las frases que nos dejó Foucault y cito: “Porque somos más libres de lo que creemos, y no porque estemos menos determinados, sino porque hay muchas cosas con las que aún podemos romper -para hacer de la libertad un problema estratégico, para crear libertad. Para liberarnos de nosotros mismos”. Pues no me queda otra cosa que decir, gracias mi amor, me liberaste.

Sebastián Pillado – Columnista Invitado.

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