La historia de la vida privada permite adentrarse en los intersticios del poder, en lo micro. La decoración de una casa, un objeto suntuario, nos hablan de las personas que la habitaron. Su estudio complementa o completa los procesos políticos –públicos- y sociales de un espacio y una época determinados.

Visitarla Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo nacional, nos invita a hacer un ejercicio. El de mirar de cerca una casa donde transcurren y transcurrieron aspectos de la vida pública y privada, doméstica y protocolar, de los presidentes argentinos. Si “la vida cotidiana (…) transcurre de forma paralela a los acontecimientos irrepetibles, de carácter público y de trascendencia general” (1), bien vale la pena darse una vuelta por el recinto donde pasan y pasaron gran parte de su vida los mandatarios del país.

La Rosada no es la vivienda de la Presidenta Cristina Fernández, ni lo fue de la mayoría de los nombres que ocuparon el sillón de Rivadavia –que en la visita nos enteramos que es el de Roca. Sin embargo, sí fue la morada de Roque Sáenz Peña y su familia, quienes la habitaron durante el lapso de su mandato (1910-1914). De la estancia de la familia Sáenz Peña se conserva el buzón para cartas en la entrada de la “Galería Vitraux”, galería que hacía de sala de estar del presidente y los suyos, y desde donde puede observarse un patio de “líneas italianizantes” que invita a sentarse a leer al sol tranquilamente en pleno centro porteño.

El recorrido comienza en la planta baja. La espera de la guía se hace más amena porque transcurre en la Galería de los Patriotas Latinoamericanos del Bicentenario. Allí, una selección de cuadros recuerda a los héroes latinoamericanos más destacados: San Martín, Belgrano, Morelos, Miranda, Tiradentes, Artigas, Tupak Katari y O`Higgins (entre muchos otros). También se encuentran personalidades destacadas del siglo XX como Getulio Vargas, Perón, Evita, Cárdenas, el Che Guevara, Pancho Villa, Sandino o el Obispo Romero, entre otros.

La primera parada del itinerario es en el Salón Azul del primer subsuelo, por donde generalmente ingresan las visitas diplomáticas. Subiendo las escaleras, que vertebran la casa y son, en sí mismas un elemento decorativo con mucha historia, somos conducidos al Salón José Hernández. La sala está presidida por el mural “Martín Fierro” de Ricardo Carpani, conocido representante del muralismo en Argentina y artista muy presente en las paredes de Casa de Gobierno y del Museo del Bicentenario recientemente inaugurado. (2)

Más adelante accedemos al Salón de las Mujeres Argentinas del Bicentenario, y cruzando este espacio nos encontramos con la “vedette” de la visita: el despacho presidencial. Lo interesante de visitarlo es encontrarse con rastros de trabajo cotidiano. Fotos en el escritorio, papeles, lapiceras, todo da la pauta de ser un lugar dinámico, de tráfico constante y que, a la vez, tiene el sello propio de quien lo ocupa en este momento.

El Salón Blanco preside el edificio ubicado en el punto central de la construcción. Pisos de roble de Eslavonia, una escultura que representa a la República Argentina hecha por el artista italiano Ettore Ximenes, el escudo nacional en bronce y mármol sobre un frente ornamental en forma de chimenea, y protegiendo esta composición dos ángeles en madera patinada, nada es suficiente para el también denominado Salón de Recepciones donde se realiza el acto de asunción de cada Presidente.

Otro punto de referencia de la visita es el balcón presidencial, plagado de anécdotas y momentos históricos. Desde allí uno puede contemplar la Plaza de Mayo y trasladarse a momentos de la historia argentina que tanto hemos atestiguado frente al televisor. Para llegar ahí  hay que atravesar el “Salón Científicos del Bicentenario” que rinde homenaje a los hombres de ciencia argentinos más destacados.

El recorrido termina en el Salón de los Bustos. Allí un lujoso ascensor, regalo de la Infanta Isabel con motivo del Centenario, atestigua el lujo y las “referencias culturales” de otra época. En cuanto a los Bustos presidenciales, y a pesar de una normativa del 2006 que manda que sólo puedan exhibirse a los ex presidentes constitucionales, detrás de las columnas principales del hall todavía pueden encontrarse los bustos de José Félix Uriburu, Edelmiro Farrel y José María Guido.

La visita a este edificio histórico vale la pena no sólo porque forma parte de la cultura material del país sino porque ese acervo material “refuerza los contenidos y enriquece la visión de la cotidianidad a lo largo de la historia” (3).

María Laura Mazzoni -De la redacción

 

 (1) Escalante Gonzalbo, P. (coord.), Historia de la vida cotidiana en México, Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 2004, pg. 11.
 (2) Véase “Museo del Bicentenario” en la edición de Agosto de Palabras transitorias. https://salierishistoria.wordpress.com/2011/08/25/museo-del-bicentenario/
 (3) Ibíd., pg. 15.
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