Lucho y Fede habían armado una rampa de madera terciada.

Era un quarter: la mitad de un halfpipe: la mitad de la “mediatubería” que luego popularizarían los locutores latinos de los X Games de ESPN. La ubicábamos sobre Arenales en sentido contrario a la pendiente de la calle, hacia Juan B. Justo.

Tomábamos carrera desde Vieytes y encarábamos la bajada a la mayor velocidad posible: el objetivo de máxima era saltar, volar un poco, caer parado, y seguir andando sobre el skate hasta Azcuénaga; el de mínima, no dejar los dientes sobre el asfalto o sobre el terciado mismo.

Yo era –todos los decían, y yo lo sabía- el peor de todos: torpe, duro, miedoso. Pateaba el skate, le apuntaba a la entrada de la rampa aterrado y me encomendaba a la gravedad. Mi performance promedio daba pena: dos de cada tres intentos apenas llegaban a la velocidad adecuada; subía con lástima y el skate se trababa antes de llegar a la cima. De saltar, ni hablar: de volar, sólo de trompa, horizontal, directo al pavimento. Mis sueños de skateboard hero se derrumbaban con cada intento nuevo.

Habíamos ubicado la rampa en la puerta de la casa de Lucho, y de noche dormía atada a un caño de gas con un pitón para bicicletas.

        –    Che, hacemos un pizza que en casa no hay nadie- dijo una tarde Lucho.

        –    Hacemos –dijo Fede.

        –    Yo ahora voy- dije, y aproveché para seguir practicando sin riesgo de abucheos.

Un rato después, abandoné la sesión privada de saltos truncos y encadené la rampa a la cabina de gas, resignado.

Adentro, Lucho cocinaba –calentaba- una pizza. Él era más grande que nosotros, tenía 14 o 15. Yo estaba por entrar al industrial, y Fede no había terminado aun la primaria.

Lucho tampoco había terminado el colegio primario: se había pelado la cabeza y decía que era punk. Era, por escándalo, el que mejor patinaba; además, sabía cocinar pizza, y tocaba la guitarra. Creíamos nosotros, en realidad, que sabía tocar: improvisaba sesiones acústicas en el living, con arpegios rupestres con una sola falange: Pero para nosotros era Jimi Hendrix.

La pizza se cocinaba -se calentaba-, y Lucho puso un casete de los Gun´s:

        –     Escuchate ésta que dura diez minutos.

Después de un bombo que simulaba los latidos de un corazón durante unos segundos, por los parlantes del equipo de audio sonó “Coma”, el último tema de Use for Illusion I, el disco que los Gun´s habían editado hacía pocos meses para hacer mear a las adolescentes estadounidenses y para reventarles el miocardio a sus padres en tiempos de George Bush I.

       –     ¿Conocen esto?- lanzó de pronto Lucho en medio del tema.

       –     Nir-va-na… ¿Qué carajo es Nirvana?

       –     Es una banda nueva.

Lucho me pasó la caja, apretó el Stop; el equipo hizo crack.

Yo agarré la cajita y miré la foto de un bebito que buceaba en bolas en una pileta celeste tratando de alcanzar un billete de dólar.

Lucho sacó entonces el casete de los Gun´s y metió el otro, el de la “banda nueva”. “Es un poco más punk, pero no sé si es del todo punk”, dijo.

Después puso Play, y con Fede nos miramos como esperando algo que era apenas “una banda nueva”, y que debía sonar punk pero no tanto, aunque en realidad nosotros no teníamos mucha idea de cómo se suponía que debía sonar algo punk.

         -Shh…- dijo Lucho, aquella embrujada tarde marplatense de 1991.

Después se rió, y subió el volumen.

Y bardeó.

* * *

  Kurt Cobain contó alguna vez que mientras grababan Nevermind buscaban robarle algún riff veloz a los Pixies, la banda que había abierto la grieta sonora en la escena alternativa norteamericana.

Nirvana había lanzado en 1988 el disco debut Bleach, con un presupuesto de 606 dólares, en lo que fue un negocio redondo para el sello independiente Sub Pop. El guitarrista Jason Evermand había prestado parte de ese dinero y así se ganó un lugar en la tapa en blanco y negro del álbum, aunque ninguno de los acordes que se escucha es suyo: las guitarras rasgadas y las voces son todas de Cobain; el bajo, del grandote Krist Novoselic, y la batería, de Chad Channing. Channing se había sumado al grupo a través de un aviso clasificado que pintaba con claridad lo que los dos socios fundadores querían: “Banda de punk rock con influencias de Aerosmith, Led Zeppelin, Black Sabbath, Black Flag, Scratch Acid y Buthole Surfers busca baterista”.

Bleach recibió buenas críticas y ubicó a Nirvana como unas de las bandas soportes de Sonic Youth, el grupo encabezado por Thurston Moore y la bella Kim Gordon, dos ídolos de Cobain que se animaron a deformar las afinaciones y que le comunicaron a la juventud norteamericana que con los 80 moría también su sonido plástico, sus pelos batidos y sus ropas de vinilo vintage.

Nirvana logró de ese modo que su nombre comenzara a sonar fuerte en la escena indy. El eco llegó también a los oídos del magnate de la música David Geffen, que ya había fichado a Sonic Youth, y a muchas de las bandas que emergían.

El cambio de firma incluyó la partida de Channing, y el fichaje de Dave Grohl como nuevo baterista. Cobain y Novoselic lo habían visto tocar en la banda de hardcore Scream, y rezaron para que ese grupo se disolviera; sus plegarias fueron atendidas, y en cuestión de semanas el muchachito pelilargo y trompudo se sumó a los dos pendejos que habían escapado del aburrido pueblo de Aberdeen. Así quedó conformada la simpática tríada nihilista que hace veinte años se encerraría junto al productor Butch Vig en un estudio de California para salir de él seis meses después –24 de septiembre de 1991- con un álbum bajo el brazo que le patearía los dientes a la década del 90.

 * * *

La bomba de relojería había comenzado a armarse en abril.

Allá, y acá.

Allá, cuenta la historia, los tres pelilargos medio rotosos entraron en el estudio con paredes cubiertas con paneles de sonido y empezaron a zapar algunos riffs chillones en Fa Menor.

Acá, Domingo Cavallo se peinó las cejas y puso cara de nada para grabar su obituario más célebre: el Austral ha muerto, y ha nacido el Peso-Dolar, señores. El mensaje fue transmitido por cadena nacional, y entonces ya nadie tuvo dudas de que Dios era argentino.

Allá, Cobain, Novoselic y Grohl apretaron el botón REC y durante los siguientes seis meses armaron un cóctel molotov de 42 minutos y 38 segundos en el que chorreaban acordes pop, distorsiones como para desenconar cualquier amplificador, estribillos a los gritos capaces de espantar a una jauría, y letras y frases y bellas estrofas en las que abundaban palabras como amor, arma, tristeza, odio, escape..

Acá, la adolescencia con tardes soleadas de skate amateur y días de bodyboarding en la Popular se llenó de nubes grises, mientras escuchábamos que un peso valía un dólar, que la historia estaba por llegar a su fin, y que había que correr al shopping porque allí estaba la fuente de la vida aunque el puerto, el barrio, la ciudad avanzaran ante nosotros hacia una quiebra inexorable.

Allá, tres chicos de menos de 25 años gritaron y aullaron lo suficientemente fuerte como para ponerle una cortina de furia a aquello que empezaba a pasarnos.

Y así fue que escuchamos de pronto, acá, sobre aquello que pasaba allá. Y entonces pudimos respirar, y quisimos saber de qué se trataba eso del grunge, qué era aquella ola que parecía imparable y que traía riffs rabiosos, poesías cargadas de oscuridad y amplificadores acoplados; una ola que haría lo que ya tantas veces se dijo que hizo: barrer al gran Michael Jackson de la cima de los rankings, decirle a Madonna que se hiciera a un costado, vender discos por millones en todo el mundo, y parir otras joyas de rock de garaje como Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains, Smashing Pumpkins, Dinosaur Jr, Stone Temple Pilots.

La bomba había comenzado a armase en abril, y le estalló en la cara al mundo aquel 24 de septiembre demasiado famoso en el que se alinearon todos los planetas para que tres pendejos cantaran “loud up on guns and bring your friends”, con acordes en Fa menor, en Si menor; con acordes que no conocíamos y palabras en inglés y sensaciones que tampoco conocíamos.

Nevermind fue apenas eso: un aullido de salvación para todo aquel que quisiera escuchar.

A Cobain le gustaba caminar por el centro de Seattle mientras sonaban las japonesitas de Shonen Knife por sus auriculares, y pensaba que al resto de la gente le explotaría el cerebro si escuchaba lo que él oía en ese momento. No podía saber que con los alaridos de Nevermind llevaría a la práctica de algún modo ese experimento.

Nadie podía imaginar que nacía una obra maestra: doce temas y un bonus oculto no apto para cardíacos; todo lo necesario para convertirse en la banda de sonido de una generación, y también de un grupo de pibitos inocentes que sólo querían patear el skate en bajada por la calle Arenales, encarar con una mueca desafiante una inofensiva rampa de madera terciada, y saltar.

Y no terminar de caer nunca.

  Alfredo Ves Losada – De la Redacción

Anuncios