Un libro

Saco varios libros de la biblioteca para leer durante este mes. Entre ellos, un libro de tapas floridas, con hojas sueltas y el lomo un tanto abierto. Signos del paso del tiempo, del uso intenso, de los sucesivos lectores. Son las Rimas de Bécquer. En la primera hoja, con letra fina, trabajada, estilizada y hasta un poco “amanerada” por lo que de pose tienen esos firuletes y las mayúsculas, hay una dedicatoria:

Leeré, entonces, dos libros. A partir de ahora, mi lectura no se podrá concentrar tan solo en las Rimas sino que buscará los indicios de esas otras lecturas, que el tiempo y el paso del amor me han traído.

Los nombres escritos sobre las páginas son varios y la sucesión de ellos está atravesada por el sexo, una genealogía acumulativa de apellidos, y el incesto, la endogamia clasista: Silvia Inés Monserrat Llan de Rozas, Mucha y J. M., Felicitas Silvia Roza Llan de Rozas Oliver Merlo, Nedda y Alberto (el día de la primavera de 1948 y un “Para ti” al costado del verso inicial), Graciella y Ernesto, una F. encerrada en un corazón con otra letra borroneada, la dedicatoria original de la rima LXXXIV “A Casta” tachada y corregida: “Gladys”. En muchos de los poemas, arriba de la numeración que les sirve de orden y título, aparecen varias líneas o cruces -tímidas las más de las veces, remarcadas en otros casos-, una, dos o tres cruces, como si a través de ellas, intuyo, los lectores hubiesen ido marcando una escala de preferencias e identificaciones o tal vez un código personal y secreto, que les fuera propio y que sólo a ellos les perteneciera, ajeno al resto del mundo, los otros, los profanos. En alguna de las rimas, líneas curvas marcan las sílabas y con ello el ritmo y métrica de los versos: poemas que han sido memorizados, que han sido dichos al oído. Hay tachaduras sobre ciertos adjetivos recurrentes: así, los ojos ya no serán azules, sino negros y bellos como los del amado. Al final de un verso (“Y sonó un beso”), el deseo se hizo incontenible y con lapicera azul, baja una flecha que dice “¡hay!” (sic). Un beso inesperado, que dolió, o que era la imagen realizada de lo no dicho, y que ahora, se esconde en el libro.

Y yo también, arrastrado por esos otros lectores del amor, escribo sobre el libro, sobre el mismo libro de esos amantes: parece imposible no inscribir las palabras del amor en un libro de Gustavo Adolfo Bécquer.

Dedicatorias

Busco, inmediatamente, mis libros dedicados. Recorrer la biblioteca, hurgar en ella, es otra forma de hacer hablar a mis cadáveres, aquellas relaciones escondidas, olvidadas o apretadas entre los anaqueles. Expectantes de la angustia o el aburrimiento de una segunda lectura.

En El pasado de Alan Pauls encuentro sobre la primera página la letra de Majo:

Las dedicatorias no se borran, se cortan: el misterio de  gran parte de los libros usados es saber qué decía esa primera hoja arrancada. Lo escribió con lápiz para, justamente, hacerse imborrable o repudiar el posible gesto futuro. La psicopateada se disfrazaba así de un acto tierno, y hasta considerado para con el otro y sus propiedades: la dedicatoria no niega la desvalorización, pérdida o venta del libro, como si dijera “el libro ya es tuyo, te va a gustar, en todo caso lo que vos querrás borrar y se perderá es esto, el acto inicial, la entrega, el amor entre ambos”.

Sigo revolviendo y empiezo a pensar que los problemas de la gente de letras con el lenguaje llegan a ser tales que mandan mails sin sentido aparente y hasta se sacrifican en el acto heroico de regalar libros para poder escribir (jamás “decir”), al final, “te quiero”. Por suerte, antes de seguir maquinándome, encuentro otro de mis libros: La vista de Claudia Masin:

(F. ya preveía esto y ella misma adelgazó su nombre hasta la inicial. Qué bueno).

Es lindo leer un libro durante un viaje y así acordarse de la otra persona (fue un lindo gesto el de F.). Pero una vez me salió mal: le pedí a M. que eligiera un libro para un viaje por el noreste. La conocía y pensaba que agarraría El túnel. Pero no. Su odio encubierto llegó a tanto que eligió Sobre héroes y tumbas; tragué saliva, puse el bodoque en la mochila y cuando ya no me quedaba nada por hacer, en un pequeño pueblito del Chaco con cuarenta y dos grados a la sombra, leí a Sabato en un acto de ascesis involuntaria y enamorado masoquismo. F., sin duda, me quería mucho y por eso me regaló un pequeño libro de poemas y no aquel enjambre de tediosa escritura.

V. me regaló -como si se tratara de un agradecimiento o, mejor dicho, de una retribución- El grado cero de la escritura, porque fui yo quien le habló incansablemente de Barthes (el duelo, la madre, la muerte y el amor: en ese orden). Pero V. no me dedicó el libro porque, me dijo, no le gusta hacerlo, porque siente que los arruina si los marca, como si hiciera “extraña” a la palabra misma del texto. Le dije que era justamente eso: meterse en el texto, quedarse ahí para la otra persona, seguir hablándole en susurros, levemente, antes de que se vaya a dormir o recordándole, simplemente, que no me olvide. Le dije que no entendía nada, pero que igual, bueno, gracias.

Sin embargo nunca leí este libro, ni aquel, ni este otro. No puedo leer mis libros dedicados. Los agarro, los abro, pero me detengo en la dedicatoria y, tildado, los vuelvo a dejar en mi biblioteca, ese lugar donde los fantasmas habitan cómodos e inquietos.

Diarios

Unos cuadernos (mis diarios) estuvieron yendo de acá para allá durante todo el año y yo que quería poner en orden mi vida. Me decidí a releerlos y pasar aquellos tramos que mi yo de hoy considerara significativos o meramente dignos de reescritura. El cuaderno que cubría la etapa idílica de mi primer noviazgo era una jalea intragable, con el sabor propio de los remedios de la infancia, que tan sólo abrirlo exhumaba cursilerías. El que le seguía, el de la ruptura y el desengaño, era un gran folletín que se escribía todos los días, y los estados de ánimos que reflejaba eran sumamente variables y entretenidos. Leí mi vida como mi propia novela: un culebrón naif.

Me preguntaba, después de tanto revuelto interno, dónde estaba el amor, a qué cuaderno le tenía que creer. Tuve para mí que lo cursi no era el amor en sí, si no nuestro acercamiento a él, el intento por expresarlo ante otros, ante nosotros mismos (cuando uno le cuenta a otro una historia de amor siempre lleva todo a los núcleos básicos que, como tales, son siempre los mismos, casi tópicos de una narración: en los detalles, en lo mínimo, estuvo el todo, la relación, el amor, el pasado, la unión). Y entonces, ahí, debajo de esa escritura empalagosa estaría la certeza de que hubo algo, un gran sentimiento, y lo cursi sirve al menos, ya no como alta expresión literaria, sino como el rastro o el resto de un amor. Como si tuviéramos que prestar atención a una retórica que se mueve entre esos textos, entre las profundidades de esos textos: una retórica del silencio, de lo no dicho, de las pequeñas anécdotas de la vida juntos, ésas que por nimias nunca escribiremos conscientemente. Aunque ellas sean las estructuras del recuerdo, los puntos de fuga de la melancolía.

Experimento

Todos aquellos que hayan escrito alguna vez “quiero estar con vos y estaría dispuesto a cambiar cualquier cosa”, todos aquellos que han sido testigos y partícipes del amor verdadero, todos aquellos que piensan que han amado alguna vez en su vida, serán apartados de sus casas y llevados a una isla lejos de todo. Se les hará saber que si expresan su amor, si susurran siquiera “te extraño”, serán asesinados de un modo inhumano, terrible y cruel para ejemplo de los demás. Así y todo, el último de ellos, por más que se muerda los labios y resista, encontrará a alguien dentro suyo y dirá inexorablemente las palabras de amor. Y entonces, su cuerpo se perderá entre las cadenas y los látigos, la sangre y sus gritos de clemencia.

Joaquín Correa – De la Redacción

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