Soy Rambo, señores.

En esta mañana nublada de octubre, en esta ciudad gris y enorme, nada puede conmigo.

Soy inmortal: soy Homero Simpson a punto de cruzar mi propio precipicio en skate como por accidente y convertirme en el rey del mundo.

Acabo de superar el kilómetro 32 y estoy entero.

Me duelen la rodilla izquierda y un poco los gemelos. Me pesan los brazos y los pies, me molesta un poco el dedo gordo del pie derecho, y no sé si tengo calor o frío, pero todo está dentro de lo esperable. Cuando crucé la salida con Diego bien temprano no imaginaba llegar así a este punto.

Pero los acordes podridos de Teenage Riot, himno garage de Sonic Youth, retumban en los auriculares mientras dejo atrás el edificio del Correo viejo en Retiro, y me siento gigante. Llevo tres horas corriendo y estoy de pie, tranquilo, confiado, y no pierdo las esperanzas de bajar las cuatro horas cuando llegue por primera vez en mi vida al km 42.

Ya no tengo dudas: voy a cruzar la meta.

– Faltan diez kilómetros aun- me digo.

– Lo sé – me digo también.

Es una hora más, pienso.

– Una vida- pienso también.

Cómo será, me pregunto.

– ¿Será?

Está por llover, pronostico, como para distraerme. Hace tres horas que pienso que está por llover, y no llueve.

Ya no sé en qué pensar para despejarme: si me ofrecen agua, agarro agua; si me ofrecen Gatorade, agarro Gatorade; si me alcanzan unas rodajas de banana desde los puestos de hidratación, las acepto, no tanto por sus efectos anticalambres sino más bien para ocupar el tiempo en algo.

La cabeza, la mente, he leído y escuchado tantas veces, es, a esta altura de la carrera, el peor enemigo.

Avanzo bastante rodeado: un flaco parecido a mí me pasa como a un poste, una señorona de cincuentipico me da pelea pero la dejo atrás. Le apunto a dos chilenas que deben pesar juntas 50 kilos y las tomo como referencia; cuando me quiero dar cuenta estoy por pasarlas.

Veo el Aeroparque a un costado, el circuito KDT en el otro. Miro la Costanera sin autos, y el Río algo lejos, marrón como un billete gastado y tan distante de esta ciudad por la que, como escribió Rodolfo Walsh, muchas veces resulta tan difícil sentir algo de amor. Vuelvo a observar a la pareja de corredoras chilenas: parecen frescas y divertidas. Acelero un poco.

– Uy la puta madre –pienso de pronto.

Las chilenas me miran y se ríen; advierto que no lo pensé sino que lo dije en voz alta.

Delante nuestro está el viaducto de la avenida Sarmiento: es una pendiente en curva descendente de unos cien metros de largo y al llegar abajo está el kilómetro 33. El detalle es que después hay que recorrer una pendiente similar, pero para arriba. Veo a un flaco tirado en el piso, con la cadera apoyada sobre cordón de la vereda y las piernas extendidas hacia arriba contra la pared del túnel. Puedo imaginar que lo que viene será duro.

Puedo ver que casi todos salen de ese túnel endemoniado caminando.

– Yo no, señores –pienso, y me dejo llevar confiado.

*                     *                     *

Un cartel aparece como un espejismo luego de otra media hora a paso regular en un estado de trance introspectivo: kilómetro 38.

Denme un chumbo y me bajo acá nomás.

Faltan cuatro kilómetros, pienso, y lo repito como un mantra para que me suene a poco; pero cuatro kilómetros, en esta mañana encapotada, en esta ciudad deforme, caótica y caníbal, sólo pueden sonar a mucho, a muchísimo.

Ahora soy Rambo, pero después de pelear mano a mano contra todo el Vietcong.

– Me tiro en el lago de Palermo –pienso–. Qué sea lo que Dios quiera, que me coman los pescados.

Mi transpiración es sólida: una especie de arcilla salitrosa que cae por la sien. Tengo la piel de la cara dura.

Quiero pensar en la llegada, en saber si me voy a emocionar, si lloraré. Quiero pensar en lo que sea para tratar de entender por qué estoy en esta situación. Cómo fue que llegamos a esto. De qué nos reíamos anoche con Diego como si estuviéramos por salir de viaje de egresados. Me pongo filosófico, profundo: no me duele nada, porque me duele todo.

Esquivo a una pareja de paramédicos que asisten a un hombre que respira agitado rendido sobre el asfalto.

– Dónde está el cartel del 39, la puta madre. ¿Quién diseño este circuito?

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué; quién dijo semejante idiotez.

El pavimento que surca los bosques de Palermo es una lija esmeril. A esta altura debo calzar dos talles más: marchen dos empanadas de humita con ampollas.

-Dónde está el 39, será posible. ¿No vamos a retomar nunca? Es para el otro lado hijos de puta.

A esta altura yo esperaba ver ya el arco de llegada y sólo veo que vamos en sentido contrario a quienes, a cincuenta metros nuestro hacia un costado, sí avanzan hacia la meta.

No tengo consuelo. Sé que voy a terminar porque, como mucho, puedo caminar los tres kilómetros que quedan, pero como sé al mismo tiempo que voy a hacer lo imposible por no caminar, los tres mil y pico de metros que quedan van a ser, indefectiblemente, un parto de trillizos sin peridural.

Veo el retome. Después de él, pienso, sí: el tranco final.

-¿Tranco?

Tres mil metros.

-¿Tranco?, ¿qué te pasa, qué decís?

Digo tranco, digo tres kilómetros, digo lo tengo, digo ya está. Digo la pierna.

-La pierna, la pierna.

La pierna izquierda; el cuádriceps es un garrote cuando intento llevarme un talón a la cola como para desentumecer las rodillas. Mi cara se retuerce por unos segundos: ya no siento ni vergüenza. Rechino los dientes; no puedo ocultar que las piernas me pesan como si fueran de cemento portland.

Un flaco me mira; me alienta. “Dale, dale que ya está”, me dice. “Un fierro”, pienso: “Qué dale ni dale, dame un fierro por el amor de Dios y me meto un corchazo acá mismo”.

Qué pasó con la música, me pregunto. Estuve dos semanas armando la lista especial para la carrera pero los temas que hubiera necesitado para ganar fuerza no aparecen nunca: es cierto que los primeros 22 kilómetros fuimos hablando tranquilos con Diego, pero después la cortina que yo suponía perfecta no fue tal cosa. Quizás lo mejor fue Comfortably numb de Pink Floyd cuando iba por Puerto Madero. Pero ahora estoy acá y no sé si estoy sordo o qué pero si empezara a sonar Arjona, Elvis Crespo o incluso Calamaro, creo que ya no podrían hacerme más daño.

Saco cuentas. No voy a bajar las cuatro horas.

-¿Qué estoy haciendo acá, por favor?

Hago más cálculos: soy como un bondi de la línea 152, pienso; de Belgrano a Retiro, de Retiro a La Boca, ida y vuelta.

-¿Quién escondió la llegada hermano?

Veo algo que creo que es la llegada.

-La llegada, es la llegada.

Pero es una estación de servicio.

-Es una joda, decime que es una joda.

No es una joda: es una YPF.

Bajo la cabeza, roto. Desahuciado.

Cuento mis pasos: de diez en diez.

Cuento también las vallas que voy pasando, las rayas blancas del pavimento, las horas que llevo corriendo, los meses que llevo entrenando, los años que vengo pensando si sería capaz de hacerlo. Y cuando ya no se me ocurre qué más contar veo que sólo me resta contar hasta uno, dos, hasta diez u once, y cruzar de una vez la meta.

Y mientras dejo de correr y pienso cuánto costará una cadera ortopédica escucho que Lau me grita desde un costado.

Nos reímos.

Esto está pasando, pienso.  Acabo de cruzar la ciudad de punta a punta ida y vuelta al trote.

– ¿Y por qué lo hice? ¿Por qué lo hará Diego? Y cada uno de los 7000 mutantes que siguen llegando, ¿por qué lo harán?

Me lo he preguntado tanto.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

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