Una temporada en el silencio

¿Vale la pena entonces,

emprender tan largo viaje para ir de un extremo

a otro del silencio?

“París, Texas”, la vista, Claudia Masin

Para vivir hablando uno debe haber pasado por la muerte de vivir sin hablar.

Tableau XI: diálogo entre Naná y el filósofo, Vivre sa vie, Jean Luc Godard

 Ayer me preguntaba si era necesario hablar todo el tiempo, constantemente. Si acaso exteriorizar pensamientos o sentimientos o simplemente participar o atender a una conversación no es un arma prepotente frente al miedo de verse a uno mismo, a dejarse ir en nuestro interior. Pensaba que deberíamos introducir en el calendario una temporada del silencio, en el silencio. Perder el idioma, me dije, es como vivir en una habitación de hotel: a pesar de ser todo nuevo y lindo, pareciera imposible lograr sentirse como en casa. Y ausentes miramos por la ventana a esa nueva ciudad, mientras intentamos recrear diálogos ya extranjeros.

Lecturas

James Joyce ha escrito su mirada en el exilio de dos de los protagonistas de sus primeros libros (Richard Rowan en Exiles y Stephen Dedalus en A portrait of the artist as a young man) mientras que Franz Kafka ha hecho lo mismo en la comunidad que expulsa a ese sexto insistente por entrar (en “Comunidad” precisamente). Los que a primera vista parecieran ser dos términos opuestos (la comunidad y el exilio) no son sino el anverso y el reverso de una idea sobre el sujeto: un irlandés de Dublín y un judío checo(1) nos traen con el diario de ayer una visión maldita y alucinada de la Europa en tránsito perpetuo.

Dentro de toda comunidad existe la posibilidad de su disolución, de su transformación: la delación, la traición, el olvido, la muerte. Porque toda comunidad es autosuficiente, cerrada y hostil hacia el elemento extraño, exterior. Porque todo integrante de una comunidad (y el integrante es la comunidad) se construye a sí y al resto (el otro, el extranjero, el exiliado) desde la paranoia y sus relatos justificativos: toda comunidad necesariamente se asienta para su continuidad en un relato defensivo, definiendo de modo claro y estricto sus fronteras tanto interiores (complicidad, amistad, la ciudadanía) como exteriores (figura del extraño, las fronteras, la amenaza(2)).

Para ser un ciudadano europeo(3) se necesitan ciertos códigos, hábitos y maneras de actuar que fui viendo de a poco y lentamente comprendiendo. Porque acabo de llegar y soy un extraño: en el baño del aeropuerto de Frankfurt había cuatro rollos de papel higiénico: uno para el uso inmediato y los otros tres atrás de la mochila del baño, apilados al alcance de la mano para su pronta reposición personal; raras veces pasa arriba del tren el “compostador” de tickets para verificar si hemos fichado el nuestro en las máquinas, sin lo cual podemos utilizar varias veces el mismo boleto o sencillamente subir sin tener uno. Si bien las figuras del Gobierno se encuentran, a primera vista, casi ausentes(4), la presencia del Estado es muy fuerte, tanto que ha ido construyendo una configuración del ciudadano según sus propios deseos. La responsabilidad y la obediencia parecen ser entonces las cualidades de todos estos europeos del desarrollo, cuando no son si no las marcas que sobre ellos ha escrito el poder -y sobre las cuales da por descontada una confianza y defensa que parece ascender al empíreo de “lo nacional-europeo” para el mismo ciudadano- para ocuparse tranquilamente de sus propios  asuntos.

Acá no pueden decir mi nombre, no les sale fonéticamente y lo adaptan. En el banco me inscribieron como “Joachim”. No pueden decir mi nombre, entonces lo transforman, tratan de asimilarlo, como todo elemento nuevo, como toda noticia desagradable. Eso es el ser extranjero: perder la identidad, verla transformada. Soy un extraño que habla su propia lengua y trata de hacerse entender en otra(5). Tengo la cultura europea entera a mi disposición y sin embargo no sé hablar su idioma. Por suerte.

Voltaire o el azúcar europeo

Viajo en tren hasta Mulhouse para ir a la oficina de la CAF(6) en busca  de una ayuda económica para el alojamiento. Mucha gente espera en distintas salas, donde puede leerse en un gran afiche “La République se vit à visage découverte” y pienso inmediatamente en el foulard. Un volante amplía la información: en todos los lugares públicos queda prohibido por ley portar cualquier cosa que impida ver un rostro. “La policía y la gendarmería nacional tienen por misión velar por la seguridad y la paz pública. Y esto consiste en el cuidado de las leyes y en la prevención de problemas en el orden y la tranquilidad públicos. Ellos deben poder verificar la identidad de todas las personas”. ¿Vinculación del islamismo con el terrorismo? ¿Creencia y tolerancia en la diversidad? En otro de los puntos se enumeran las sanciones (entre los 15 y los 60000 euros y hasta 2 años de prisión), regidas por el principio de la igualdad de 1789: todo aquel que obligue a una mujer o a un niño a tapar parte de su rostro está atentando no sólo contra la igualdad sino también contra la dignidad humana. Y es la misma Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano la citada para negar que todo esto sea en contra de la libertad de culto.

La calle no es de los franceses: muchos musulmanes (en su mayoría turcos) caminan sus pañuelos allá afuera, entre croatas, austriacos y polacos. Pero los lugares de comida, la limpieza, los deberes menores, las tareas sucias tampoco son de los franceses. O mejor dicho: sí, son de los franceses y porque quieren demostrar su poder bajo la máscara de la plurietnicidad las dejan ejercer a los otros, exigiéndoles a cambio el “s´il vous plâit” y el “vous” jerárquico como lustre de zapato en la vía pública.

            En Cándido, Voltaire había escrito:

No se nos da más ropa que un par de calzones de lona cada seis meses; si trabajamos en los trapiches, y la muela nos aplasta un dedo, nos cortan la mano; si nos queremos escapar, nos cortan una pierna; en ambos casos me he visto yo; y todo esto para que ustedes coman azúcar en Europa.

Pero ahora no hace falta cruzar ningún mar, atravesar las fronteras o viajar demasiado lejos para darse cuenta las condiciones que hacen posible el consumo de azúcar en Europa.

Responsabilidades

Creo en el compromiso y en las responsabilidades, lo que implica un replanteamiento directo de por qué estoy acá: me pregunto a quién le hago bien con este viaje, si acaso no es una decisión sumamente egoísta estar en un lugar donde mis expectativas de poder cambiar algo son casi nulas. La única respuesta posible que encuentro es decirme que el crecimiento y conocimiento personal   pueden beneficiar a los otros y a mi entorno. En un recital Drexler le responde a Lisandro Aristimuño: “la melancolía es apátrida, vive en todos los rincones del mundo”, pero puedo asegurar que no, que la melancolía no vive en todos los rincones del mundo, que yo he visto en los ojos de los chicos del barrio hambre y carencia, y que siento culpa, ahora, por ser parte del consumo del azúcar.

Los abrazos rotos

Olvida tu título de marqués, todas las grandezas del mundo no valen un buen amigo.

Juanillo y Perico, Voltaire

Y lentamente fuimos haciendo de ésta nuestra casa. Tratamos de habitar el espacio en el tiempo, disponiendo nuestra presencia en pequeños objetos, ídolos de otros lugares, de otras personas. El recuerdo vivo es la imitación, así, de pronto, de una modulación, un giro habitual o un movimiento de otra persona. Intempestivamente nos damos cuenta de que algo nos falta, que -como un sábado a la noche frente a una película aburrida- extrañamos a alguien.

Sobre el final de su vida, Borges solía repetir en las entrevistas que toda su obra no valía demasiado porque aún no había podido escribir un texto sobre la amistad, sobre los amigos. Lo que estoy buscando entre estas compañías gélidas -más desabridas que galletas de arroz sin sal-, comparo y pienso, no es tanto el idioma español sino el idioma personal, el de los sentimientos, los abrazos. Si los lugares son habitables a partir del nacimiento del amor, no hay otra identidad posible si no allí donde (se) suceden los abrazos.

Joaquín Correa – De la redacción

*Estos breves apuntes, podría pensarse, deberían ir en “Desde la metrópoli”, pero publicarlos allí me pareció desubicado: el hilo que va dibujando los contornos de la reflexión está constituido por los excéntricos Franz y James, además de que si me pongo en estricto tan solo se podría decir que todo esto fue escrito desde la metrópoli en un pobre sentido geográfico cuando ideológicamente reivindico la idea de la periferia y un Borges vía Piglia.
1. Es difícil entender la posibilidad de la escritura de un texto tan argentino como “El escritor argentino y la tradición” sin la estadía europea de su autor, Jorge Luis Borges. Aunque es mucho más importante participar de la política humana planteada allí: aceptarnos como ciudadanos del mundo sin olvidar nuestra condición de marginales habitantes de la periferia, gracias a la cual somos los poseedores de una mirada desenfadada y sumamente subversiva.
2. Los mayores peligros que se lee en los diarios son las bolsas, los atentados terroristas: los otros, siempre los otros.
3. No me refiero a los papeles, claro. Sino a algo más “esencial”, “subjetivo”.
4. Salió recientemente un libro similar a Buscando a Wally, pero con la gran diferencia de que el personaje a encontrar por los distintos escenarios históricos o geográficos propuestos era el mismísimo presidente de la República, Nicolás Sarkozy.
5. Facebook, en este sentido, funcionaría como una comunidad de personas situadas en no-lugares alrededor del mundo, una cartografía virtual de exiliados (de la realidad, en primer término).
6. Caisse d´Allocations Familiales
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