El reciente turno electoral hizo más visible un fenómeno que, tras haber sufrido mala prensa en la década de los noventa del siglo pasado, parece haber ganado nueva notoriedad: la militancia. Tanto es así que ha merecido numerosas alusiones a lo largo de la corta vida de este modesto espacio digital. Ese vocablo, nuevamente de moda, suele ser utilizado para denominar a la actividad política vocacional y remite, la mayoría de las veces, a los jóvenes, haciéndose notoria la ausencia del adjetivo “juvenil” acompañando al sustantivo “militancia”. Esto nos lleva al sujeto de nuestro comentario, al agente de esta actividad, el individuo cuyo sentido vital está ligado a la identificación ideológica y a la práctica política: el militante.

En períodos como estos donde todos los ciudadanos por derecho – incluso los más apáticos – se convierten en electores por obligación, proliferan imágenes disímiles de lo que puede ser llamado militante. El votante circunstancial, el convencido, el adherente, el simpatizante y el fanático se entremezclan en una amalgama de actividades que anuncian la llegada de los tiempos electorales. El doble turno prescripto por la vigente ley electoral provocó que este clima se extendiera en el tiempo, con un raro interregno que preanunciaba un resultado cantado y la incertidumbre entre los colistas. La figura del militante político adopta distintas fisonomías en ese contexto, dependiendo de su adscripción partidaria, su compromiso con la causa y su dedicación.

¿Qué es ser militante? Esa pregunta adquiere una acepción en tiempos electorales distinta a la que tendría en otro contexto. Difícil equiparar en el mismo plano, para responderla, a los convencidos militantes que adornan todo con calcomanías y aprovechan cualquier hueco de su agenda para promocionar a su candidato, a esas personas que sin entusiasmo ni convencimiento, a cambio de una menuda paga, anunciaban, apenas el semáforo se los permitía, que Mar del Plata sería en el futuro “más feliz”. Más allá de que a los marplatenses le pareció que tener “más felicidad” era un gesto de desmesura, este tipo de militantes ocasionales proliferaron por toda la ciudad representando a otras fuerzas políticas, explicándoles a las personas el lugar donde debían emitir su sufragio o bien portando alguna curiosa vestimenta que aludía en su torso al candidato recomendado.

La militancia genuina parece ser un valor reivindicado, pero no pareciera ser transferible al sujeto que lo encarna. El militante, aún en los espacios donde abundan, suele ser concebido generalmente como un vago sin oficio, una persona que no está siguiendo el desarrollo natural que debiera, torciendo su destino irrevocable de transformarse en un pequeño-burgués. Muchas veces esto no tiene ningún correlato con la realidad: personas destacadas en sus fueros más íntimos exhiben una participación política exuberante y comprometida, aleccionan con su ejemplo a aquellos que por apatía o desinterés no dedican su tiempo a la actividad política. Otras tantas esto no ocurre, y es a ese sujeto, más un prototipo que un estereotipo, al que dedicaré lo que queda de esta semblanza a la militancia.

Por fortuna, la vida democrática concibe canales de lo más diversos para manifestarse y la participación política adopta formas múltiples para su ejercicio. Sin embargo, la actividad política con mayúsculas sigue siendo encarnada por políticos profesionales, militantes que pierden su componente vocacional en pos de hacer de esa actividad su vida. No quisiera abundar en la dirigencia política otrora odiada y hoy vuelta a amar, al menos en algunos segmentos del espectro político, sino en aquellos que proyectan serlo algún día, ese militante con mayúsculas que destina su tiempo vital a la política. No existen escuelas para políticos y es la propia actividad la que lleva a unos y no a otros a conformarse en buenos prospectos para una futura vida política pública.

El primer punto para destacar es que el militante al que nos estamos queriendo referir se auto-representa como tal. Se reconoce siempre como militante político, por encima de su situación personal, su inserción profesional o su identificación familiar. En segundo término, podemos reconocer algunos rasgos de su personalidad. Exhibe cierta superioridad sobre el resto, escoge con minuciosidad a sus interlocutores válidos -más aún si se trata de sus adversarios-, y los ensalza: nadie se convierte en héroe si lucha contra un enemigo enclenque y sin talento. Gusta de la polémica inútil, las versiones conspirativas y del reconocimiento de aquellos a los que les envidia algún capital personal al que aspiran. En tercer lugar, podemos identificar su hábitat natural: merodea en los “pasillos” y es un visitante asiduo de confiterías o cafés, donde cualquier encuentro casual se convierte automáticamente en una “reunión” o -y quizá sea su palabra favorita de la jerga-  una “rosca”. El militante político nunca descansa, cualquier oportunidad es buena para diagramar, planificar, arreglar y proyectar el futuro.

Lo curioso de este prototipo es que es un nombre sin pasado, es decir, su vida sin la política carecía de sentido o, mejor dicho, de Gloria. Debe quedar claro que nadie renuncia a su pasado por gusto, a menos que ese tiempo pretérito merezca ser absolutamente olvidado. El militante aborrece ese pasado terrenal carente de brillo, en parte porque no encaja en el relato mítico que todo hombre público merece tener. Así como las celebridades más insignes, el militante procura reconstruir su propio pasado en una clave cercana a la predestinación, todo encaja en una historia sin fisuras. Las manchas en el currículum son ocultas tras un manto de superación y redención, nada queda de ese adolescente nerd, pusilánime y asediado. Nadie con un pasado glorioso sustituiría sus medallas por un trabajoso ascenso en el mundillo de la política: el militante prototípico no tiene mucho que perder.

Dependiendo del sesgo político, el militante llevara algunos hábitos con sistematicidad, invocara siempre una causa mayor y predicará a los demás por cuál de todos los motivos que conoce están cometiendo un error: el militante siempre sabe mejor que uno lo que tenemos que hacer. Llega a vociferar cuando la situación amerita, pero por lo general prefiere los gestos ampulosos, arrastrando las palabras con un tono de manifiesto desdén. El militante nunca pierde una discusión, prefiere clausurarla con frases tales como “con vos no se puede hablar” o “para qué me voy a gastar con este pelotudo”, y aún ante la evidencia de una contundente derrota recrea nuevamente el relato con tal de darle visos de heroísmo que conjuguen con la imagen auto-construida. Interpreta la realidad de manera categórica y sin matices: hasta la más contundente prueba en su contra puede ser objetada, y la derrota más apabullante reinterpretada como una victoria incontrastable.

Concluyo aquí esta semblanza al buen militante, un ser conflictivo, presuntuoso, pero muy necesario. La participación política y la militancia son valores que deben ser defendidos a como dé lugar, dejando de lado todo sectarismo e intolerancia. El clima electoral va fraguando y las mayorías vuelven conformes a sus casas, el buen militante no descansa, sueña con un futuro glorioso personal y colectivo. Arrastrado por una ambición personal inconmovible y desproporcionada se rige, a la vez, por objetivos nobles, por causas trascendentales y sueños imposibles. Mezcla rara de pragmatismo instrumental y utopismo romántico, el militante es una especie que se reproduce en ambientes democráticos y que hay que celebrar cada día, aunque, y jamás lo reconocerá, no acordemos con él.

Fernando Suárez – De la redacción

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